CARTA A PEDRO
Se acabaron los fastos, las multitudes, los
aplausos, los discursos. Y justo al terminar llega
el domingo XXI con el siguiente evangelio:
MATEO 16: 13-20
Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo
esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los
hombres que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron:
«Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías,
otros, que Jeremías o uno de los profetas » Díceles
él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón
Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios
vivo.» Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado
eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado
esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está
en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres
Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y
las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.
A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y
lo que ates en la tierra quedará atado en los
cielos, y lo que desates en la tierra quedará
desatado en los cielos.» Entonces mandó a sus
discípulos que no dijesen a nadie que él era el
Cristo.
Este evangelio tiene
truco, porque el episodio se narra también en los
otros evangelistas (Marcos y Lucas), pero no es lo
mismo. Copio a Marcos:
MARCOS 8: 27-33
Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de
Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta
pregunta a sus discípulos: « ¿Quién dicen los
hombres que soy yo? » Ellos le dijeron: « Unos, que
Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno
de los profetas. » Y él les preguntaba: « Y
vosotros, ¿quién decís que soy yo? » Pedro le
contesta: « Tú eres el Cristo. » Y les mandó
enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él. Y
comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía
sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los
sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y
resucitar a los tres días. Hablaba de esto
abiertamente. Tomándole aparte, Pedro, se puso a
reprenderle. Pero él, volviéndose y mirando a sus
discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Quítate
de mi vista, Satanás! porque no piensas como Dios,
sino como los hombres. »
O sea
que, sobre un mismo suceso, Mateo se fija sobre todo
en las llaves dadas a Pedro, y Marcos en la bronca
de Jesus a Pedro, llamándole Satanás, que no piensa
como Dios. Pensando en todo eso, me he atrevido a
escribir una carta a Pedro; supongo que
existirá un Internet angélico que se la haga llegar:
Querido Simón hijo de Jonás,
rebautizado por Jesús como “Pedro, la Roca”:
Tú,
Pedro, siempre me has admirado: generoso, atrevido,
incondicional de Jesús (“mi vida daría por ti”),
seguro de tu fe en Jesús (“aunque todos te
abandonen, yo nunca te abandonaré”) verde como una
castaña pilonga en tu fe, excesivamente seguro de ti
mismo (lo que te costará llorar amargamente tras
negar a Jesús en la noche fatídica del jueves). Todo
un tipo.
Jesús
pregunta quién creéis que es Él mismo. Y le quitas
la palabra a todos: “Tú eres el Mesías”. Sabías muy
bien lo que decías: el Mesías, el nuevo Rey David,
el que devolvería a Israel la Realeza, el que haría
que el mundo entero viniera a adorar a Dios en su
santo templo (“su” significa “de Israel”, aunque
Israel pensaba que significaba “de Dios”).
Déjame imaginar tus sueños: tenía que llegar un día
en el que Jesús fuera aclamado a la entrada de cada
ciudad, tenía que llegar el día en que entrase
triunfalmente en Jerusalén, recibido a las puertas
del Templo por Pilatos y Herodes, transportado por
la ciudad en una carroza tirada por blancos caballos
engualdrapados, vestido él mismo de blanca seda
carísima, con rojas sandalias diseñadas por el
primer zapatero del emperador de Roma, recibido a
las puertas del Templo por Caifás y toda la corte de
sacerdotes, engalanados de púrpuras regias y tiaras
cuajadas de oro y pedrería, y así, en procesión
espléndida, accedería al Santuario para ofrecer al
Altísimo Todopoderoso un sacrificio sangriento de
cientos y cientos de bueyes y corderos, y el humo
del sacrificio se elevaría hasta los cielos
aplacando la ira de Dios por todos los pecados.
Magnífico sueño, Pedro, en el que tú y los Zebedeos
estaríais sentados, a la derecha y la izquierda del
Mesías, constituidos jefes de Israel y del mundo. Y
además, y por supuesto, el pueblo, todo el pueblo,
miles y aun millones, que cumpliría entusiasmado su
papel, su único papel: aplaudir.
Todo
esto se empezó a desmoronar ya desde el principio,
cuando Jesús se distanció de los teólogos y los
santos, trataba con pecadores, no tenía remilgos con
las mujeres, les gustaba más a los pobres que a los
ricos, se mostraba menos preocupado de las leyes que
de curar leprosos (¿qué tal te llevabas con Leví, el
publicano impuro, tu compañero entre los doce
preferidos de Jesús?).
Hubo
un momento de inflexión, a la entrada de Jericó,
cuado Jesús estropeó la entrada triunfal (me
sospecho que vosotros los doce la habíais preparado
un poco, como hicisteis cuando Jesús dio de comer a
los cinco mil y la gente estaba dispuesta a
proclamarle rey, y Jesús os metió a empujones en la
barca, despidió a toda la muchedumbre entusiasmada y
se fue al monte a orar, él solo) porque se salió de
la comitiva que aplaudía a rabiar para atender a un
ciego mendigo (¡cómo estropean los éxitos los
mendigos! Pero es que Jesús iba por las calles
despacio, atendiendo a la gente, y se le revolvían
las tripas cuando veía una desgracia y entonces se
acababan los vítores y Jesús se dedicaba a lo suyo,
a curar) y peor aún cuando se invitó descaradamente
a casa del más despreciado pecador, un rico
recaudador de impuestos, el más odiado de Israel.
El
balance del episodio de Jericó podría juzgarse desde
dos ángulos; seguro que para muchos fue un fracaso:
desfile triunfal interrumpido, alojamiento en casa
nada conveniente… mal balance para un mesianismo
aparatoso: pero estoy seguro de que Jesus durmió
aquella noche feliz: en ciego mendigo curado y un
pecador recuperado, estupendo anuncio de El Reino.
Más
tarde pasará lo mismo a lo grande a la entrada de
Jerusalén. Esta vez sí que lo habíais preparado todo
y muy bien: avisasteis a los galileos que habían
subido a la Pascua, para que acudieran a aplaudir al
Mesías, disteis la consigna de echar al suelo los
mantos y alfombrarlo con ramas verdes, dirigisteis
los Hosannas al Hijo de David…
Se os
escapó el detalle de la cabalgadura, no pudisteis
conseguir más que un burro, pobre bestia campesina
que en todas las culturas ha acarreado con los
peores trabajos y sufrido palos inmisericordes. Nada
que ver con carrozas regias o al menos caballos
brillantemente enjaezados, pero en fin, nunca se
puede llegar a todo.
Y os
falló Jesús, que en medio de todo aquel espectáculo,
iba llorando, y acabó estropeando el espectáculo al
entrar al templo y liarse a latigazos con los
mercaderes, provocando el desastre y la definitiva y
mortal hostilidad de los sacerdotes.
Así
que ahora, en Cesarea, tú lo proclamas Mesías Hijo
de David, Rey de Israel… y te llevas la bronca del
siglo: “Satanás” “me sirves de tentación”, “no
piensas como Dios”. Pobre Pedro, incondicional y
sincero, roca sobre la que se construirá la Iglesia,
Satanás, que no piensas como Dios.
Y
todo porque Jesús ha dicho que tendrá que sufrir
mucho y al final lo crucificarán los jefes de
Israel.
¿Cómo
puede pasarle eso al Mesías de Dios, al Rey de
Israel? Estoy completamente seguro de que te pasaste
días y semanas hecho un lío.
Más
aún, estoy completamente seguro de que cuando al pie
de la cruz (seguro no andabas muy lejos) oíste a los
sacerdotes reírse de Jesús y decirle “si eres el
hijo de Dios, baja de la cruz y creeremos en ti”,
seguro que miraste a la cruz para verle bajar,
triunfante, y apabullar a todos en un éxito final.
Pero no bajó de la cruz, y murió, vencido y
desprestigiado. ¿Qué pasó entonces con tu fe?
Lo
sabemos: nos lo dijiste tu mismo, según lo cuenta
Lucas, en tos discursos, poco tiempo después.
HECHOS 2, 22…
Israelitas, escuchad estas palabras: A Jesús, el
Nazoreo, hombre acreditado por Dios entre vosotros
con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por
su medio entre vosotros, como vosotros mismos
sabéis, a éste, que fue entregado según el
determinado designio y previo conocimiento de Dios,
vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano
de los impíos; a éste, pues, Dios le resucitó
librándole de los dolores del Hades, pues no era
posible que quedase bajo su dominio. Sepa, pues,
con certeza toda la casa de Israel que Dios ha
constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien
vosotros habéis crucificado.
Y
un poco después, en Cesarea, en casa del centurión
pagano:
HECHOS 9, 37…
Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea,
comenzando por Galilea, después que Juan predicó el
bautismo; cómo a Jesús de Nazaret le ungió Dios con
el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó
haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por
el Diablo, porque Dios estaba con él.
Es
decir, que tiraste por la ventana el Mesías Rey y
creíste en el Crucificado. Acabaste pensando “como
Dios”, aceptaste el estilo de Jesús, como estilo de
Dios. Aceptaste el éxito tal como Jesús lo entendía.
Y
formaste parte de una iglesia pequeña, perseguida,
admirada por el pueblo y odiada por los reyes y los
sacerdotes, iglesia de gente sin poder, en la que no
había pobres porque todos se encargaban de que no
los hubiera, una iglesia sin obispos, sin
sacerdotes, sin templos, en la que, a pesar del
enorme prestigio del que gozabas ante todos, tú
mismo no mandabas nada y no decidías nada sino que
remitías las decisiones a la asamblea. Fue entrar en
casa de un centurión pagano y bautizarle y se armó
la gorda y tuviste que dar explicaciones a los
hermanos judíos que se escandalizaron y te pidieron
cuentas…
¿Dónde habías dejado las llaves, se te habían
perdido entre tantas novedades? ¿Y por qué
aguantaste las críticas de Pablo en Antioquia cuando
te cantó las cuarenta, “porque eras reprensible”?
¿por qué no sacaste las llaves del bolsillo y le
hiciste callar, a él que no era nadie comparado
contigo, la Roca, el elegido de Cristo?
Déjame que termine esta carta agradeciendo a Dios
que te murieras pronto, y así no vieras que esas
modestas iglesias iban a tener éxito (el que tú
esperabas en Cesarea), que se iban a bautizar
millares (la mayoría no por conversión a Jesús sino
por muchos otros motivos sociales); que se irían
construyendo imponentes templos mientras moría la
Cena del Señor por las casas; que ser obispo iría
resultando apetitoso porque significaría poder,
riqueza, prestigio social; que las mujeres serían
expulsadas y dejaría de haber diaconisas, profetisas
y mujeres apóstoles; que los grandes sabios
hablarían menos de Jesús de Nazaret que del Logos
eterno; que sus parábolas serían sustituidas por
poderosos discursos metafísicos para que los
sencillos, los normales, la gente, no pudieran
entender nada…
Menos
mal que te habías muerto ya para entonces, menos mal
que no llegaste a ver el éxito de la Iglesia, ese
éxito que tú deseabas en Cesarea, ese éxito que te
costó la mayor bronca de Jesús, comparable a las que
echó a los fariseos y a los ricos sin entrañas,
cuando Jesús, al oírte hablar de esos éxitos te
llamó Satanàs, y te dijo que no pensabas como Dios.
José
Enrique Galarreta