Jn 10, 1-16
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JESÚS, PUERTA DE DIOS
Agotados los relatos de la resurrección del
cuarto evangelio, leeremos en adelante otros
fragmentos del mismo. Este domingo parece
centrar el mensaje en la oposición a Jesús, y la
consiguiente oposición a la Iglesia.
El fragmento que hoy leemos se sitúa entre dos
grandes signos de Jesús, que hemos considerado
en los domingos 4º y 5º de Cuaresma: el ciego de
nacimiento y la resurrección de Lázaro.
Entre ellos, el capítulo 10 de Juan es una
profesión de fe en quién es Jesús, mediante un
discurso puesto en boca del mismo Jesús en el
contexto de la polémica con los fariseos.
La imagen central de esta profesión de fe es la
de "El Buen Pastor", pero el fragmento de hoy se
centra en una pequeña expresión parabólica: "Yo
soy la puerta", dice Jesús, el acceso a Dios, de
entrada y salida.
El cuarto evangelio prescinde prácticamente por
entero de las parábolas de Jesús. Nos resulta
muy sorprendente que hubiera tenido tal
atrevimiento, pero así es: el autor "enmendó la
plana" a Jesús y se atrevió a omitir un género
que fue tan característico del Maestro.
Pero aún aparecen en este evangelio algunos
restos de parábolas. El texto de hoy nos ofrece
uno de ellos, y marcado con la impronta
característica de Jesús: la observación de la
vida cotidiana, el conocimiento del
comportamiento de las ovejas y los pastores, y
la elevación de Jesús, capaz de comprender el
actuar de Dios y la misma vida humana a la luz
de esos acontecimientos cotidianos.
DIOS, PASTOR DE ISRAEL
En la Escritura no se define a Dios, no se hace
teología intelectual, aplicando a Dios conceptos
tomados de la filosofía, sino que se aplican a
Dios comparaciones tomadas de la vida natural y
de la vida humana. Recordemos, la luz, la sal,
el agua, el médico...El tema de Dios Pastor de
Israel es de gran raigambre en todo el AT.
La profesión de pastor
es la de los elegidos. Abel es pastor, lo son
los patriarcas. Moisés es pastor durante su
destierro. Entre varios hermanos, el elegido, la
figura de Cristo, es pastor (José, David)
El pueblo, cuando se aparta de Dios, es "como
ovejas sin pastor".
Números 27, 1 Reyes 22, 2 Crónicas 18, Judit 11,
Ezequiel 34, Joel 1, Zacarías 10.
Tema que culmina en Mateo 23 y Marcos 6: a
Jesús, la gente le daba pena porque andaban
"como ovejas sin pastor".
Dios se presenta como pastor de Israel.
Génesis 48 y 49, Salmos 22 y 79, Sirácida 18.
Isaías 40 y 63, Jeremías 31 y 43, Ezequiel 34,
Amós 3. Esta es la línea que culmina en el
capítulo 10 de Juan, y se desarrolla después en
Hebreos 10 y 1ª Pedro 2.
Los primeros cristianos representaban a Jesús no
reproduciendo pretendidos retratos suyos, sino
bajo la imagen del Buen Pastor.
Es tan fuerte esta línea de pensamiento que
extraña que los evangelistas no hayan presentado
a Jesús practicando esta profesión (lo cual, de
paso, es un buen aval para la historicidad de la
profesión de Jesús, "carpintero", de tan poca
tradición ni significado simbólico en la
tradición bíblica)
JESÚS, PUERTA DE DIOS
Pero, dentro de esta manera de simbolizar a
Dios, Jesús es presentado como "LA PUERTA" del
aprisco. El rebaño entra y sale por ella: para
ir a pastar y para protegerse por la noche. Y el
pastor verdadero entra por ella, mientras los
ladrones saltan la cerca.
En la intención de Jesús, y en el contexto
evangélico en que esto se sitúa, los ladrones y
salteadores son sin duda los legistas, los
fariseos y los sacerdotes. Jesús está
proponiendo al pueblo un dilema: "éstos o yo". Y
les está acusando de ser salteadores, que no
quieren el bien del rebaño sino su propio
provecho.
Al definirse como "puerta", Jesús dice que todo
Israel debe pasar por él, y excluye a los otros.
Esta interpretación, y el hecho de que los
interlocutores sean precisamente los fariseos,
nos muestra la situación de las comunidades en
que se escribió este evangelio, ya en absoluta
ruptura con el judaísmo, (exclusivamente fariseo
desde la caída de Jerusalén).
Pero esta reflexión histórica nos lleva a otra
mucho más inmediata. Jesús es nuestra puerta de
acceso al Padre, y así se presenta él mismo.
En la esencia misma de nuestra fe está "quién es
para nosotros Jesús". Y Jesús es, para nosotros,
el hombre en el cual conocemos a Dios, porque
está lleno del Espíritu.
En el mundo inaccesible de la divinidad, se ha
abierto una puerta. El Dios-enteramente-Otro, el
completamente trascendente, ha hecho una
asombrosa aproximación.
Resuenan en estos textos las palabras
definitivas de Juan: “A Dios nadie le ha
visto jamás, el hijo nos lo ha dado a conocer.”
Es muy importante a este respecto interpretar
correctamente los relatos de tipo parabólico. De
esta imagen podríamos sacar la conclusión de que
Dios sólo se manifiesta por Jesús, que todas las
demás religiones son ladrones y salteadores etc.
No es así.
Nunca debemos interpretar una parábola más allá
de lo que quiso decir su autor. Y el autor quiso
decir aquí que Jesús es puerta y los fariseos
no. Nada más. Otras conclusiones podrán ser muy
tentadoras, pero son elucubraciones nuestras,
por muy verosímiles que nos puedan parecer.
Pero también nosotros estamos tentados de abrir
otras puertas para acceder a Dios. La curiosidad
intelectual, el orgullo de la mente humana,
capaz de preguntar más de lo que puede
comprender, son admirables.
Pero deben reconocer sus límites. Por
honestidad. La divinidad está más allá de estos
límites. Reconocerlo no empequeñece al ser
humano, sino que lo define, lo sitúa en su
verdad.
Cuando se quebrantan estos límites, y se
pretende aplicar a Dios el resultado de nuestros
razonamientos, nos adentramos en un mar
peligroso, lleno de tentaciones: la principal es
la idolatría, hacernos dioses a nuestra imagen y
semejanza.
"Muéstrame tu rostro" decía Moisés en la Tienda
del Encuentro. Y Dios lo ha hecho ya: Jesús,
rostro de Dios, rostro visible de Dios, imagen
perfecta.
Debemos dar rienda suelta a nuestro
agradecimiento y a nuestra admiración. Podemos
conocer a Dios. Hay una Puerta de acceso a la
divinidad: Jesús, el de Nazaret, el hijo de
María.
ENTRAR POR LA PUERTA
Es muy característico de nuestra religiosidad
quedarnos contentos y satisfechos con "saber".
Sabemos que Jesús es la puerta, el acceso a
Dios; ya está. Creemos fielmente que eso es así:
somos plenamente ortodoxos; ya está. Pues no,
nada está.
Una puerta es para entrar; saber que hay una
puerta, saber cuál es la puerta, no sirve para
nada si no entramos. La más perfecta ortodoxia y
el más atinado conocimiento de Dios no valen
para nada. Todo eso es una invitación: lo que
importa es aceptar la invitación.
Resuena aquí la parábola de los invitados a la
boda (Mt 22,9 - Lc 14,23). La invitación queda
sin respuesta, ha sido en vano.
Entrar por la puerta de Jesús: ¿a dónde?. Al
Padre, es decir, saberse hijo, aceptar la
dignidad, el compromiso y la confianza del hijo.
Y renunciar a otros dioses.
Jesús es la puerta del Reino. Saberlo no sirve
para nada si no entramos en el Reino.
Más aún, en la historia de la muerte de Jesús
que hemos considerado hace tan pocas semanas,
encontramos el terrible ejemplo de los jefes de
Israel que se dieron cuenta perfectamente de que
Jesús era la puerta de un reino que para ellos
no fue Buena, sino malísima Noticia: era el
final de su religión, de su templo y de su
poder. Y no sólo no entraron por la puerta, sino
que quisieron destruirla.
Nosotros no somos tan consecuentes como aquellos
sacerdotes; reconocemos que Jesús es la puerta y
adornamos la puerta con nuestra ortodoxia y
nuestro culto. Entrar ya es otra canción.
Y es normal, porque entrar en el Reino es
cambiar de criterios y de valores, y no nos
apetece nada. Es normal no entrar en el Reino:
como el joven rico que no quiso seguir a Jesús
porque le costaba demasiado dejar todo lo que
tenía, nosotros tampoco seguimos a Jesús: nos
costaría demasiados cambios.
Todo esto es normal; en consecuencia de esto,
nos reconocemos ante Dios cobardes e
inconsecuentes, nos ponemos en la última fila,
sabemos que somos últimos en el Reino... Lo que
no es de recibo es que no reconozcamos esa
realidad, que nos creamos algo simplemente
porque estamos bien informados.
Hay una pequeña y terrible expresión parabólica
de Jesús contra los escribas, que se refiere al
tema de la puerta:
"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos
hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino
de los cielos; vosotros ciertamente no entráis,
y a los que están entrando no les dejáis entrar"
En la medida en que nuestra vida de cristianos
produzca en otros este efecto, se nos pueden
aplicar las palabras de Jesús.
Salmo 22
EL SEÑOR ES MI PASTOR
El Señor es mi pastor, nada me falta,
pero tengo enfermedades, la vejez me acecha, me
pasan desgracias.
El Señor es Pastor de todos, pero en el rebaño
hay infinitas calamidades, no hay más que mirar
al mundo, encender la TV... ¿Dónde está el
pastor?
El Señor es mi pastor, pero yo soy oveja que
descarría, que oye la voz del pastor y no
acude....
Y sin embargo, solemos rezar este salmo porque
creemos firmemente que el Señor es Pastor, que
no es insensible a los males del rebaño, ni a
los míos. Y porque queremos seguirle. Lo
recitamos como un acto de fe.
El Señor es mi pastor,
nada me falta;
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.
Me guía por el sendero justo
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras
nada temo, porque tú vas conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas una mesa ante mí
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume
y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.
José Enrique Galarreta