Jn 03, 16-18
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MADRE, PALABRA Y VIENTO
El cuarto evangelio presenta a Jesús como
manifestación definitiva del Padre. Todo lo
anterior ha sido un largo ascenso hasta la
plenitud. La plenitud es Jesús. En él conocemos
el rostro de Dios. A Dios nadie le ha visto
jamás, pero en Jesús lo hemos visto, lo hemos
tocado. Y el texto presenta a Jesús como
manifestación del amor del Padre; el Padre es
salvador, no condenador; esta es la salvación:
creer en Jesús.
Hoy la Iglesia universal celebramos la Fiesta de
la Santísima Trinidad. Parece que celebramos
algo extraño y lejano, que no va con nosotros.
No es así. Celebramos que CONOCEMOS A DIOS, ni
más ni menos.
Nosotros, hombrecillos sin importancia, pequeños
vivientes que pululamos en la superficie de este
insignificante planeta, conocemos a Dios.
¿Nos importa mucho conocer a Dios?. ¿Va a
cambiar esto nuestra vida? Porque conocemos a
Dios, ¿vamos a vivir más cómodamente, vamos a
ganar más dinero, se nos van a solucionar los
problemas de todos los días?. No es eso, es algo
mucho mejor: porque conocemos a Dios sabemos
quiénes somos, sabemos vivir, sabemos el modo de
no echar a perder nuestra vida. Y eso es lo más
importante.
¿Cómo conocemos a Dios? Alguien podría pensar
que lo conocemos por un esfuerzo de nuestra
mente, de nuestra razón, que podemos demostrar
su existencia, describir sus cualidades.... No
es verdad.
Nuestra mente puede quizá sospecharlo,
adivinarlo, intuirlo, desearlo... También puede
negarlo. No, ese camino no es bueno. Conocemos a
Dios PORQUE DIOS SE NOS HA DADO A CONOCER.
Durante siglos, los seres humanos, admirados de
las fuerzas misteriosas y terribles del mundo,
les llamaron dioses. Algo era, muy poquito, muy
lejano. Luego fueron comprendiendo que Dios era
demasiado grande para que hubiera muchos,
pensaron en que el Universo tenía que tener un
origen... llegaron al Dios Creador y Amo, que
podía dar leyes y castigar la desobediencia.
Israel llegó a detectar que lo más íntimo de
Dios era la misericordia, “lento a la ira y rico
en piedad”. Era un poquito más, bastante más.
Y luego llegó Jesús, La Palabra de Dios hecha
hombre. Nosotros los cristianos conocemos a Dios
porque lo hemos visto actuar en Jesús. Y en
Jesús hemos conocido que Dios es Médico, Pastor,
Agua, Luz, que nosotros los humanos somos hijos
peregrinos pecadores. Hijos, no esclavos;
peregrinos, porque ésta no es nuestra casa;
pecadores, que nos equivocamos muchas veces,
pero podemos seguir adelante porque contamos con
la ayuda y el amor de nuestra Madre Dios.
Esto es lo que conocemos de Dios y de nosotros,
porque lo hemos aprendido en Jesús de Nazaret, y
éste es el centro de nuestra fe. Nosotros
creemos en el Dios de Jesús y sólo en él.
Y ¿qué significa, entre todas estas cosas, la
Santísima Trinidad?. Alguno de ustedes piensa:
Es muy sencillo; Dios es Padre, Hijo y Espíritu
Santo. El Padre creador que está en los cielos;
el Hijo, Dios hecho carne, Jesucristo; El
Espíritu Santo, representado como una paloma,
que es fuente de todas las gracias. No, esto no
nos basta.
Esto parece como si creyéramos en tres, en tres
dioses. Nuestra fe es mucho más bella y más
fácil de entender. Creemos en Dios, nuestra
Madre, nuestro Médico, nuestro Aliento, un sólo
Dios. A Dios nadie le ha visto jamás, nuestros
ojos no pueden sentirlo, pero en el mundo, en la
vida de los humanos, se nota su presencia, como
un viento que no se ve y está ahí, dobla los
árboles y levanta las olas, y hincha las velas
de los barcos.
Lo sentimos soplar en el mundo, en el amor de
las madres, en el trabajo sacrificado de los
padres, en la bondad, en la ayuda, en la
ciencia, en la inteligencia, en la compasión...
Sentimos la presencia del Viento de Dios, que
hincha las velas de nuestras barcas y las lleva
hacia buen puerto. Y, más íntimamente, el Viento
de Dios es Aliento, lo que hace respirar, lo que
quita el des-aliento, lo que anima, nos hace
vivir con ánimo. Le hemos llamado "el Espíritu",
el Viento de Dios. Y en un hombre concreto, en
Jesús de Nazaret, hemos visto soplar el Viento
de Dios como en ninguno.
También en nuestras velas sopla, pero en la suya
sopla como un huracán. También a nosotros nos
hace hijos, pero a él le hace tan hijo que le
hemos llamado "El Hijo", "El Primogénito", hasta
“el Unigénito”, para marcar su filiación de modo
especial. Así, decimos de él que es "el hombre
lleno del Espíritu". También en nosotros está
Dios, pero en él decimos que "reside toda la
plenitud e la divinidad".
Y así, creemos en un solo Dios, el
Padre-Madre-Médico-Luz-Pan-Agua-Palabra-Aliento,
principio y origen y destino y sentido de todas
las cosas y de todas nuestras vidas.
Creemos en su presencia en el mundo, en su
acción, en su fuerza, en su viento, en su
Espíritu que está presente y sopla
constantemente en el mundo. Creemos en Jesús, el
hombre lleno del Espíritu, tan lleno que en Él
vemos cómo es Dios y cómo podemos y debemos ser
nosotros.
No lo olvidemos. En la Sagrada Escritura, en los
Evangelios, no se nos dicen nunca curiosidades
para entretenernos. No se nos dice cómo es Dios
por dentro para que presumamos de sabiduría. Se
nos dice cómo es Dios para nosotros, y cómo
podemos y debemos ser nosotros.
No es necesario inventar otras mediaciones, no
es bueno fiarse de nuestro cerebro para alcanzar
el conocimiento de Dios. No es bueno quedarse
tan tranquilo definiendo a Dios Uno y Trino. Es
bueno, justo, necesario, es nuestro deber y
nuestra salvación conocer a Dios en Jesús, y
creer sólo en Él.
En Jesús hemos visto que Dios nos quiere como
las madres quieren a sus hijos, más cuanto más
las necesitan. En Jesús hemos visto que Dios se
siembra como semilla, que es Palabra
constantemente derramada. En Jesús hemos visto
que Dios es un viento poderoso que es capaz de
elevar nuestra materia hasta los cielos y hacer
de nosotros nada menos que Hijos.
Esto cambia nuestra vida entera. La llena de
máxima confianza, de máxima dignidad, de máximo
compromiso. Estaremos en las cosas de nuestro
Padre, su Palabra será nuestra sabiduría, nos
dejaremos llenar de su viento, seremos creadores
para terminar su obra.
Jesús nos ha mostrado cómo es Dios y qué es ser
hombre. Y se nos llena el corazón de gratitud. Y
damos gracias a Dios por Jesucristo, porque por
Él sabemos cómo es Dios y quiénes somos.
Pero, una vez más, debemos refrescar algo muy
íntimo de la Religión, del concepto mismo de Fe.
La Fe no consiste en una serie de mensajes que
hay que aceptar intelectualmente porque Dios los
dice y por tanto nos los creemos. Tampoco
consiste en que nuestra curiosidad sobre el
Infinito se ve saciada por la revelación.
La Fe es recibir y responder al conocimiento de
Dios. Dios Salvador se pone en contacto con el
hombre, y la vida del hombre le responde. Se nos
revela lo que nos hace falta para vivir.
Vivir es lo que importa, y por eso importa
conocer, porque el conocimiento transforma la
vida. Eso es la Fe, cambiar la vida porque
conocemos algo de Dios. No en vano, las fórmulas
trinitarias se incluyen en los evangelios en las
fórmulas de la Misión, que incluyen siempre "En
el nombre de la Trinidad - id por todo el mundo
- anunciad el perdón de los pecados - Dios está
con vosotros ".
Lo que nos importa de veras de todo esto
no es satisfacer una curiosidad sobre la esencia
del Desconocido sino aceptar esta Buena
Noticia, que Dios es el Padre y el Aliento
de vida, que eso lo hemos visto en el Hijo, que
somos hijos por la fuerza de su Espíritu que
está en nosotros, que ese Espíritu trabaja por
la salvación de todos sus hijos, y que para eso
cuenta con nosotros, los hijos, que "estamos en
las cosas de nuestro Padre".
PROFESIÓN DE FE
Creo que Dios es mi Padre,
mi médico, mi libertador
el que lo crea todo para bien,
el que trabaja sin descanso por sus hijos.
Creo más que a mi ojos a su Palabra,
Jesús, el Hombre lleno del Espíritu,
en quien reside la divinidad plenamente ,
que puso su tienda entre nosotros
y es luz, camino y verdad,
que es agua, pan y vino,
nacido de María,
muerto y resucitado,
vivo para siempre junto a Dios,
primogénito de todos sus hermanos.
Creo en el Viento de Dios,
porque lo he visto brillar en Jesús
y lo sigo viendo en la Iglesia.
Por Jesús y por su Espíritu
creo en el perdón, creo en la humanidad,
creo que en la Iglesia está el Espíritu,
creo que la vida es eterna,
y la espero para mí y para todos,
por el poder y la bondad del Padre
manifestada en Jesús, nuestro Señor.
José Enrique Galarreta