RENUNCIA POR ALGO MEJOR
En esa amplia recopilación de parábolas que
es el capítulo 13 se nos ofrecen hoy cuatro:
el mensaje de las dos primeras es idéntico.
La parábola de la red hace relación al fin
de los tiempos. La parábola del arca de
donde se saca lo nuevo y lo viejo hace
referencia a la predicación misma de Jesús,
y nos recuerda sus expresiones sobre el vino
nuevo en odres viejos.
Y, una vez más y con la misma indignación de
siempre, cuatro parábolas para rellenar el
espacio y porque no se sabe (¿no se quiere?)
saborear cada una. Es explicable que se
pongan las dos primeras, porque son
“parábolas dobles”, dos imágenes para un
mismo mensaje. Pero no más, de ninguna
manera.
Por otra parte, la de la red ha sido
deformada ya desde el principio, por un
redactor que disfruta con que haya gente
condenada eternamente. Y eso no es de Jesús.
Para la tercera parábola, la de la red, nos
remitimos al comentario de Mt 25,46, que
hacemos a propósito de la fiesta de Cristo
Rey. Nos detenemos en las parábolas
simétricas del tesoro y el mercader de
perlas.
Ante todo, son parábolas sobre
comportamientos paradójicos, que la gente
tendría por demenciales y que, sin embargo,
son perfectamente lógicos para quien esté
bien informado. Un hombre que empieza a
vender todo lo que tiene, un mercader de
perlas que se deshace de todas sus joyas...
¿se han vuelto locos?
Pero no se han vuelto locos; son muy
inteligentes. Están vendiendo todo porque
han descubierto algo muchísimo más valioso.
Este tipo de planteamientos es absolutamente
característico de Jesús. A Jesús le gusta
mantener la atención del auditorio por medio
de la sorpresa, de la paradoja, de la
exageración, y vemos estos recursos en
parábolas tan paradójicas como la del
administrador infiel, los viñadores de la
hora undécima, el padre del hijo pródigo, la
expresión del camello y el ojo de la aguja,
y tantas otras.
El genio de Jesús se muestra en estos
recursos oratorios, sencillos y eficaces,
que le convierten en el mejor orador de la
historia, el que fascinaba a las multitudes,
del que sus mismos enemigos tenían que
confesar: "Jamás ha hablado nadie como ese
hombre" (Jn 7,46).
Pero estas dos parábolas muestran un aspecto
del Reino que define claramente los motivos
del seguimiento de Jesús. El hombre que
descubre el tesoro en un campo y el mercader
que descubre una perla extraordinaria venden
lo que tienen sin ningún pesar. Renuncian a
algunas cosas, porque han encontrado otras
mucho mejores. Y están felices, porque han
descubierto un tesoro, una perla
maravillosa. Es el modelo profundo del
seguimiento de Jesús.
No se trata de que tengamos que hacer
sacrificios costosos, no se trata de
renunciar con tristeza. No partimos de ahí:
partimos de que hemos descubierto el tesoro
y ante eso todo lo demás parece basura.
Ninguna renuncia se justifica por sí misma,
por mérito, por obediencia. Se trata de
tirar la casa por la ventana, por la alegría
de haber encontrado un tesoro.
El secreto del que sigue a Jesús es una
inversión de valores, por la conciencia
sentida de que tira lo que vale poco para
quedarse con lo que vale más. Es una
preferencia: se desprecian satisfacciones
que parecen bastar a muchos, porque se han
experimentado satisfacciones mucho más
profundas. Si se ha experimentado la vida
conforme a los criterios y valores de Jesús,
eso ya no se cambia por nada.
No podemos, no debemos prescindir del
componente de "fiesta" que tiene el Reino.
Ya con su mismo nombre, Jesús está indicando
una plenitud. Reinar es lo opuesto a ser
esclavo. Vivir como un rey, sentirse el
rey... son expresiones corrientes que
debemos recuperar para nuestra religiosidad,
para nuestro seguimiento de Jesús.
El Rey, reinar, el Reino, es lo máximo a que
se puede aspirar, incluso por satisfacción.
Y debe ser objeto de la catequesis y de la
educación "que descubran el Reino". La
conversión puede nacer del desencanto de
esta vida, del miedo, de muchas fuentes.
Pero su fuente más válida será siempre
"descubrir el tesoro", entusiasmarse,
sentirse bien, no cambiar el Reino por
ninguna otra cosa.
Descubrir el Reino es, fundamentalmente,
descubrir a Jesús: Jesús es el Reino
viviente, visible, evidente, fascinante.
Jesús está en el Reino, lejos de toda
esclavitud. Jesús es el Hijo del Rey, que
vive en las cosas de su Padre el Rey. Jesús
ha descubierto el tesoro y lo ha vendido
todo por conseguirlo. Toda catequesis debe
girar en torno al conocimiento de Jesús,
para que llegue a fascinar, para que
arrastre a seguirle y a imitarle.
El Reino se parece a un banquete, a unas
bodas, como las de Caná, en las que gracias
a Jesús se bebió el mejor vino de la
historia. El Reino es la luz, es la comida
sabrosa, con sal, con vino. El Reino, el
Reino es masa que era sosa hasta que se hace
rica y esponjosa fermentada por la
levadura.
El Reino es conocimiento: ante todo de Abbá,
que termina con todos nuestros miedos, nos
proporciona todos los estímulos y no nos
permite conformarnos con nada, con lo que el
Reino se hace conocimiento de la dignidad y
destino del ser humano.
El Reino son criterios y valores, los de las
bienaventuranzas. El Reino es fraternidad,
compromiso, confianza, perdón, esfuerzo,
dignidad, sencillez, austeridad....
Y el que ha probado estos valores, esta
manera de vivir, ni se siente tentado por
otras maneras de vivir que tanto fascinan a
las personas. El que ha probado estos
valores renuncia a muchos otros porque dejan
de atraerle. Ni siquiera busca ya la
felicidad, ese señuelo utópico que ofrecen
todos los ídolos, sino que siente desde
dentro una satisfacción íntima que no
cambiará por nada.
El Reino es un tesoro descubierto que no se
cambia por nada, ante el cual cualquier otra
cosa es inferior, insatisfactoria, de menos
valor. Descubrirlo es SABIDURÍA. Porque la
verdadera sabiduría consiste en SABER VIVIR.
Miremos a Jesús; él sabía, supo vivir.
Nuestra Sabiduría consiste en alcanzar SU
SABIDURÍA. Seguirle, imitarle, es de sabios.
José Enrique Galarreta