Mt
22,
1-14
(pinchar cita
para leer evangelio)
COMER CON JESÚS
La Parábola del Tesoro, la Parábola de la Perla,
la Red repleta, los milagros de curaciones, las
multiplicaciones de panes y peces, las bodas de
Caná... El Evangelio está lleno de expresiones
que nos conducen a la idea de Fiesta, de
Abundancia, de Vida plena.
Y los evangelios se llaman así porque ofrecen EL
EVANGELIO, La Buena Noticia, la Gran Noticia de
Jesús.
Así, la invitación es al Evangelio, a vivir en
el Reino, no en las tinieblas, no el juicio, no
en el temor, no en el Sinaí sino en el Monte de
las Bienaventuranzas.
Y es un tema ESENCIAL en la espiritualidad
cristiana y en la presencia de la Iglesia en el
mundo. Servir a Dios es reinar = "vivir como un
rey". El Reino es una fiesta, un tesoro que, una
vez conocido, hace despreciar todo lo demás.
El reino de Dios es vivir por encima de la
envidia, la codicia, la corrupción... porque se
ha descubierto que la austeridad, el
desprendimiento, la concordia... dan
satisfacciones mucho más profundas y duraderas.
El Reino de Dios es también vivir por encima de
la riqueza o pobreza, salud o enfermedad, vida
larga o corta, porque se ha descubierto una
dimensión trascendente de la vida que hace de
todo eso solamente medios para caminar, no fines
para disfrutar.
El Reino de Dios es, sobre todo, libertad, que
nace del conocimiento de Dios. Dios no es el
juez que lleva severas cuentas: Dios es la
fuerza para escapar de la esclavitud del pecado,
del sin-sentido de la vida.
Así, el Reino no es sólo una fiesta final, un
éxito de la aventura personal y colectiva de la
humanidad, prometido para el futuro, sino
también un "estado de fiesta" aquí y ahora, una
"fiesta interior", en la que ninguna de las
adversidades de la vida pueden cambiar ese
estado anímico de equilibrio, de saber dónde
estoy y a dónde voy, dónde y cómo acaba esto,
qué valor tienen las cosas... que se manifiesta,
aun en medio de cualquier perturbación, en la
paz del espíritu, la confianza en Dios, el
estado habitual de agradecimiento y de
disponibilidad.
Pero además, y quizá sobre todo, el Reino es un
banquete con Jesús. Y los banquetes, las
comidas, las cenas de Jesús fueron a la vez
revelación y escándalo, fiesta para unos y
rechazo para otros; hasta se ha llegado a decir
que a Jesús lo mataron por sus comidas con
pecadores.
Es característico de Jesús, ante todo que no es
un asceta a lo Juan Bautista; es una persona de
costumbres normales: vive con y como los demás.
Come con y como los demás: no guarda ayunos y
purificaciones rituales, como los demás
galileos… Y estos no son los signos que se deben
esperar de un Profeta. “Este no es Profeta,
porque no guarda el Sábado”. “¿Es que vuestro
maestro come con pecadores?” …
Las comidas de Jesús con pecadores inauguran el
Reino: Jesús con todos, porque todos le
necesitan; en eso conocemos que Dios está con
todos, porque todos le necesitamos.
Pero ni los puros fariseos ni los sabios
doctores se dejaron invitar. Y se quedaron fuera
del Reino, porque se creían diferentes a los
demás. El Reino no es cosa de sabios, de puros,
de ricos: el Reino es para la gente.
Los publicanos y pecadores que se veían comiendo
a la mesa del Profeta se sentían redimidos: en
el mundo en que Jesús se movía hay pocas cosas
más importantes que la honra, y ninguna tan
desastrosa como la deshonra. El pecador está
deshonrado, es un paria: y la mayor parte de los
pecadores de la época no tienen salvación
posible, ni manera alguna de rehabilitarse.
Pero Jesús los acepta a su mesa, y compartir
mesa es ser amigos, supone un grado intenso de
mutua acogida. La frase de los enemigos es
significativa: “Acoge a los pecadores y hasta
come con ellos”.
Es la rehabilitación de la gente pecadora, de la
gente. Muchas religiones, y la de Israel entre
ellas, caen el pecado de la reverencia a los
poderosos. Los importantes son los que conocen
los misterios, los que ofician el culto, los
ricos, los prestigiosos… Para Jesús es
importante la gente, más importantes los niños,
más importantes los enfermos y más importantes
los más pecadores.
Hay en los evangelios tres tipos de comidas de
Jesús:
v
Las comidas con la gente, con los pecadores, con
todos, que son signo vivo del Reino y muestran
cómo es Dios para nosotros. Las dos más
significativas son la de casa de Leví y la de
Casa de Zaqueo: y en las dos, la conversión es
resultado de la iniciativa de Jesús. Dios es el
que invita, el que aprecia a todos, el que está
interesado sobre todo por el más pecador.
Descubrir que Dios es así es una poderosa
llamada a la conversión, a aceptar el Reino.
v
Las comidas con los importantes, especialmente
las dos en casa de fariseos. Jesús acepta la
invitación, pero terminan mal, Jesús acaba
echándoles en cara su torcida religión, no son
comidas de comunión, sino de ruptura.
v
Las comidas íntimas con sus amigos, de las que
la última marcó a los discípulos en el futuro y
nos sigue marcado a nosotros. La Eucaristía es,
antes que ninguna otra cosa, la comida de Jesús
con los pecadores.
La Eucaristía: un banquete, una fiesta nacida de
la comunión con Jesús.
En la eucaristía nos sentimos bien ante todo
porque se nos admite como somos, pecadores que
deseamos el Reino: por eso nos reconocemos
pecadores al entrar: no hace falta pedir perdón
(a pesar de que las fórmulas litúrgicas insisten
en ello); venimos porque nos llaman, porque el
perdón está ofrecido de antemano.
En la Eucaristía nuestro espíritu vuelve a
arder con la palabra, renovamos nuestra unión
con Jesús en la comunidad de creyentes... y
soñamos con el Banquete Definitivo en la gran
Casa de Nuestro Padre.
Todo eso hace de nuestra celebración una ACCIÓN
DE GRACIAS, todo eso hace que nos despidamos con
la bendición, por la que se nos envía a la
Misión, a anunciar tanta Buena Noticia con
nuestro modo de vivir.
Es urgente que los cristianos recuperemos el
talante festivo de nuestra fe, que produzca
envidia nuestra manera de vivir, que sea
atrayente nuestro modo de proceder y nuestro
estado de ánimo. Me atrevería a decir que sólo
así anunciaremos verdaderamente la Buena
Noticia.
Pero no pocas veces nos parecemos a los
invitados: recibimos la invitación y nos vamos a
nuestras cosas, a ganar dinero, a competir, a
comprarnos cosas, a adorar dioses-jueces... a
todo menos al Banquete al que Dios nos invita.
Y en todas esas cosas, por más que nos resulten
agradables, no hay más que tinieblas.
José Enrique
Galarreta