Lc 1,
26-38
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para leer evangelio)
DIOS NO HABITA EN CASAS DE PIEDRA.
El relato de la
Anunciación es, quizá, el más conocido de
todos los textos evangélicos; no necesita
especial comentario. Frente a nuestra
interrogación sobre el "qué sucedió" (qué
pudieron ver los ojos) debe predominar la
aceptación del mensaje: una especialísima
acción de Dios que hace posible la presencia
en el mundo de "el hombre lleno del
Espíritu", "el Hijo".
La forma literaria del
relato, por otra parte, es del género
"anunciaciones", con exactamente el mismo
esquema que la anunciación a Zacarías del
capítulo anterior.
La intención de Lucas
es clara: se anuncia a Jesús como
cumplimiento de La Promesa y la absoluta
superación de la Promesa al manifestar quién
es ese que viene: Santo, Hijo del Altísimo,
heredero del trono de David su Padre, su
reino no tendrá fin... Todo esto queda
encerrado en el nombre: Jesús = Dios
Salvador. Y todo, por la fuerza del
Altísimo, por la acción del Espíritu.
Es evidente que se coloca aquí por dos
razones. En primer lugar, porque estamos ya
a pocos días de la Navidad: va a nacer
Jesús, hijo de María, y es lógico colocar en
este lugar este evangelio en el que aparece
el anuncio a María de su condición de Madre
de Jesús, y la aceptación por parte de María
de esa misión.
En segundo lugar, porque en las palabras del
ángel se revela la condición de Jesús. El
evangelio enlaza directamente con la primera
lectura. Se presenta a Jesús como el
esperado, el cumplimiento definitivo de la
promesa. Pero el cumplimiento de la promesa
es mil veces superior a lo esperado... y es
sorprendente. Se muestra igualmente que no
habíamos esperado bien. Jesús no tiene nada
que ver con un rey. Viene el Reino, pero no
es de este mundo.
La Navidad es celebración de "Dios con
nosotros", y para eso nos prepara el
Adviento, para "ir al encuentro del Señor".
Pero ni "Dios con nosotros" ni "ir a su
encuentro" tiene nada que ver con
asentamiento en lugares físicos ni con
peregrinaciones exteriores. Este es el paso
fundamental de Jesús y uno de los pasos que
el creyente en Jesús tiene que dar si quiere
pasar del Antiguo testamento al Evangelio.
El tema de la presencia de Dios y el
posterior de la residencia de Dios en medio
de su pueblo, es de larga tradición en todos
los pueblos y también en Israel. Las
primeras "presencias de Dios" son
verdaderamente primitivas, de una
religiosidad prehistórica. Recordemos las
expresiones de Jacob, cuando despierta del
sueño de la escala:
"Realmente, está el
Señor en este lugar y yo no lo sabía" - Y
añadió, aterrorizado: "Este lugar es
terrible, es la morada de Dios y la puerta
del Cielo" (GÉNESIS 24,16)
Texto antiquísimo que muestra la fe en un
"lugar de poder", un recinto material en el
que reside la divinidad, la cual produce
terror. Esta misma mentalidad asoma en el
episodio del Éxodo en que Moisés encuentra a
Dios en la Zarza ardiente. (EXODO 3,5)
El Éxodo sin embargo da un paso
significativo. Dios va a morar en una tienda
de campaña porque el pueblo habita en
tiendas de campaña, y Él se mueve con el
pueblo.
No está en un lugar a donde el pueblo va,
sino que va con el pueblo. En el fondo, se
está ya diciendo que el verdadero templo no
es una casa, sino el pueblo, las personas:
ahí reside Dios.
La construcción del Templo será un arma de
doble filo. Por un lado es la Morada de Dios
entre los hombres, signo de la presencia y
la protección del Señor. Pero es también un
peligroso tranquilizador. "¡Este es el
Templo del Señor, el Templo del Señor, el
Templo del Señor!", es una expresión que
indica bien tanto la devoción como el
orgullo de "poseer a Dios", en un Templo, el
único lugar de toda la tierra en que Dios
puede ser adorado...
No es extraño que el texto del libro de
Samuel sea muy reticente con la construcción
de un Templo, y que se sustituya la
construcción de una casa física por la
promesa de estar con "la casa de David". No
es Dios de un espacio físico, sino del
tiempo: no presencia en un lugar al que hay
que acudir para encontrarle, sino
acompañante en el camino de la humanidad.
Y así se presenta a Jesús, como morada
definitiva de Dios entre los hombres y
revelación de la verdadera presencia de
Dios. Este es el misterio a que se refiere
Pablo, escondido por los siglos a la mirada
de los hombres, revelado ahora en Jesús.
Que "Dios con nosotros" no es un templo sino
una persona, Jesús. Y que nosotros también
somos así: que Dios no está afuera ni
arriba, sino dentro, en el fondo, como
fuerza vital más íntima. Se está hablando de
"El Espíritu", insuflado en las narices del
muñeco de barro (Génesis 2) para que fuera
un ser viviente; porque el ser humano es
barro, pero está animado por el Espíritu de
Dios.
Esta es la fe que se manifiesta en el relato
de Lucas: "Dios está con nosotros". Esto es
Jesús: hemos visto que Dios está con
nosotros. Pero antes, "Dios con nosotros"
significó que por él ganábamos batallas, que
por su presencia en el templo nuestra
capital era inexpugnable.
El Rey David entiende a Dios como aliado,
pero no entiende a Dios. El profeta le
muestra el futuro: ni templo, ni arca, ni
reinado... Jesús, que es mucho más. Me
parece importante reflexionar en el cambio
profundo de sensibilidad religiosa que
supone todo esto. Podríamos mostrarlo con la
siguiente oposición:
DE DÓNDE VENIMOS
Dios protege nuestra nación
Dios está “arriba”, "fuera" y "lejos"
Dios es lo "extraordinario"
A Jesús se le notaba la divinidad
Dios aparecía de vez en cuando
Encontramos a Dios en el templo
Temo a Dios Juez.
A DÓNDE VAMOS
Dios es el Salvador de todos
Dios es lo más íntimo de todo
Es el sentido de todo
En Jesús había que creer
Todo es revelación de Dios
"Conmigo lo hicisteis"
Qué alivio, mi Juez es Abbá.
En resumen,
descubrir a Dios en Jesús-Hombre
y servir a Dios en los hombres.
Misterio mantenido en secreto durante siglos:
Pablo es consciente de que hasta que Dios no lo
ha dicho, nadie ha podido sospecharlo. Dios ha
sido siempre para los hombres lejano,
excepcional, dueño, juez... Y a Dios se le ha
servido sobre todo en su santo Templo...
Solo la Palabra hecha hombre ha sido capaz de
hacernos entender que Dios es el alma de lo
cotidiano, íntimo, libertador... Abbá, y que
solamente en sus hijos le podemos servir.
De nuevo una buena, una estupenda noticia. Esto
no va de templos suntuosos, de apariciones
deslumbrantes. Esto va de reconocer lo divino en
las personas, y de reconocer en ellas su
espíritu divino. Esto va de ver a Dios en un
hombre, el hijo de María, y de reconocer en
todos los humanos a los hijos de Dios.
Y no es sencillo ni intrascendente. Por esto,
por no querer ser el Mesías hijo de David rey
terreno, por no dar importancia al Templo, por
esas cosas mataron a Jesús. Y este asesinato fue
un suicidio: con él murió el viejo Templo y el
viejo mesías rey de un pueblo.
Y nació, resucitó, el Reino, la fe en Dios desde
la conciencia, la fe en Dios creador de vida, la
fe en la reunión de los hermanos que trabajan
por ese reino que es la dignidad de todos los
hijos… Esto es otro Dios, otra religión.
Esto es lo que se nos ofrece, en esto hay que
creer. María tuvo que creer en su hijo, tuvo que
abandonar el templo y cambiarlo por la fracción
del pan en las casas. Creer en la Encarnación no
es tragarse una anomalía biológica inexplicable:
es cambiar de Dios y recuperar la fe en la
dignidad humana.
En vísperas ya de Navidad se nos enfrenta a la
necesidad de hacer un acto de fe en Jesús: Dios
es como Jesús lo muestra, no como lo mostraba el
Templo; el ser humano es como aparece en Jesús,
hijo seguro y responsable, no un esclavo ni un
asalariado. La Navidad va a ser una oferta y un
desafío: aceptar o rechazar a Dios y al ser
humano como se muestran en Jesús.
Finalmente, María
dijo “sí” a la propuesta de Dios. No fue fácil
para Maria aceptar a su hijo como aquel
Mesías
que nadie esperaba. Quizá sea nuestra misma
situación: aceptar a Jesús como es, a Dios como
es, no inventar dioses ni ‘jesuses’ a nuestra
medida.
DEL EVANGELIO Y LAS CARTAS DE JUAN.
Tomamos las palabras de Juan pera hacer una
profesión de fe en Dios que se revela en Jesús.
Lo que existía desde el principio,
lo que hemos oído, lo que hemos visto con
nuestros ojos,
lo que contemplamos y tocaron nuestras manos
acerca de la Palabra de vida,
lo que hemos visto y oído,
os lo anunciamos,
para que también vosotros estéis en comunión con
nosotros.
Mirad qué amor nos ha tenido el Padre
para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!.
Ahora somos hijos de Dios
y aún no se ha manifestado lo que seremos.
Sabemos que, cuando se manifieste,
seremos semejantes a él,
porque le veremos tal cual es.
En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene;
en que Dios envió al mundo a su Hijo único
para que vivamos por medio de él.
En esto consiste el amor:
no en que nosotros hayamos amado a Dios,
sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo
A Dios nadie le ha visto nunca. El Hijo nos lo
ha dado a conocer.
Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos
tiene,
y hemos creído en él.
Dios es Amor y quien permanece en el amor
permanece en Dios y Dios en él.
No hay temor en el amor;
quien teme no ha llegado a la plenitud en el
amor.
Nosotros amemos, porque él nos amó primero.
José Enrique
Galarreta