JESÚS, VINO NUEVO
Es el relato inmediatamente posterior al
nacimiento. Se plantea ya en él,
protagonizada por María, la pregunta básica
del evangelio y de todo hombre: ¿quién es
éste niño, de apariencia normal?
La segunda parte del texto muestra la
circuncisión de Jesús. La circuncisión es la
señal del pueblo, la señal de la Alianza, y
expresa el sometimiento a la Ley.
La gran polémica que sostendrá Pablo en los
primeros años de la Iglesia se centrará
precisamente en la circuncisión: ¿hay que
seguir circuncidándose para seguir a Jesús?
No se trata de algo exterior, de un mero
rito. La circuncisión simboliza la
pertenencia al pueblo elegido y por tanto la
aceptación de toda la ley judaica. Pero
Pablo vio bien, mejor que nadie, que Jesús
no es simplemente la plenitud de Israel, y
que la Ley de Israel se ha quedado atrás,
absolutamente superada por Jesús.
En el día de hoy, primero de Enero y del
año, se mezclan difícilmente dos
celebraciones. La celebración religiosa, en
que la Iglesia sigue reflexionando sobre
Jesús y sobre su madre, y la celebración
profana, el primer día de nuestro año, que
nada tiene que ver con la Navidad.
En la fiesta religiosa se ha alternado
históricamente entre tres celebraciones: la
circuncisión de Jesús, porque hace ocho días
que nació el niño, y es el día de
circuncidarlo; el nombre de Jesús, porque en
la ceremonia de la circuncisión se incluía
la imposición del nombre; y María madre de
Dios, que es lo que la Iglesia celebra en la
actualidad.
La fiesta civil es el Año Nuevo, que no
coincide con el año litúrgico (que empieza
como sabemos en el primer domingo de
Adviento), pero que es una de las fiestas
más celebradas, con su necesario antecedente
de la Nochevieja, fiesta para desearnos
todos que el nuevo año esté lleno de
felicidades.
Contrariamente a lo que sucede con muchas
otras fiestas de la Iglesia, parece que en
esta lo religioso y lo civil van cada vez
más en desacuerdo. En otras celebraciones,
la Iglesia se ha preocupado de “bautizar”
una fiesta popular, ofreciendo motivaciones
religiosas para la celebración. La misma
fiesta de Navidad fue situada en estas
fechas no porque en ellas naciera Jesús (no
sabemos cuándo nació) sino para apropiarse
de la fiesta de la luz en el solsticio de
invierno y pasó luego a ser un pretexto para
celebrar “la fiesta de la familia”. El año
nuevo sin embargo pasa desapercibido a los
ojos de la celebración religiosa, que se
fija solamente en sus propios temas.
Y sin embargo sería fácil dar sentido
religioso a la palabra “nuevo” desde Jesús,
y desde el nombre de Jesús, e incluso desde
la circuncisión. La circuncisión es la vieja
ley. Jesús nace sometido a la vieja Ley,
pero la romperá desde dentro, como el vino
nuevo que rompe los odres viejos, como el
paño nuevo que rasga el vestido viejo. Y su
propio nombre “Dios salvador” muestra un
“Dios nuevo”, que destruye al viejo ídolo
que todos tendemos a venerar, el amo/juez
que inspira temor.
Este es un tema históricamente real. La
primera Iglesia tuvo que hacer esa
conversión, y se nos ha entregado un
documento espléndido de esta transición: los
Hechos de los Apóstoles, en los que se da fe
de la fortísima tensión que el problema
supuso en las primeras comunidades.
A veces se ha afirmado, con bastante
ligereza, que el verdadero “fundador” de la
Iglesia no es Jesús sino Pablo. Es
evidentemente falso, pero sí es verdad que
debemos a Pablo el enorme esfuerzo para
separar a la Iglesia de la vieja Ley. Que
los cristianos no tuvieran que pasar por la
circuncisión significa que lo de Jesús no es
simplemente la plenitud de la vieja Ley, y
que ésta sólo puede aspirar a la categoría
de “prehistoria” de lo de Jesús, que es
mucho más que su cumplimiento.
Jesús, su figura y su nombre, sus acciones y
su “Abbá” son verdaderamente “nuevos”. Por
esta razón, sería magnífico que en el día
del Año Nuevo nuestra consideración se
dirigiese mejor a la Buena Nueva, al Vino
Nuevo de Jesús, a la Vida Nueva a que Jesús
invita. La novedad de Jesús se concreta en
nuevos valores, en nuevos criterios, nuevas
maneras de ver el mundo y la vida.
En la misma línea, hoy suele ser día de
deseos de felicidad. “Feliz Año Nuevo” es la
frase que más repetiremos. Y también aquí
sería oportuno pensar en los nuevos
criterios de felicidad que ofrece Jesús.
Pienso que el evangelio más apropiado para
hoy sería el de las Bienaventuranzas, el
“código de felicidad” de Jesús. Dichosos los
pobres, los no violentos, los que sufren,
los que perdonan, los limpios de corazón,
los que luchan y sufren por la justicia.
Oponer estos criterios de felicidad a
nuestros deseos de salud, dinero, y amor es
absolutamente oportuno en un día de buenos
deseos como hoy.
Año Nuevo, Vida Nueva, es un buen eslogan.
Eso es lo que ofrece Jesús, una Vida Nueva,
completamente nueva. Hoy es el día para
recordarla y deseárnosla.
En otro orden de cosas, el título de “Madre
de Dios” que la fiesta de hoy otorga a María
nos propone un auténtico desafío. La
Teología y la devoción popular pueden estar
aquí un tanto enfrentadas. La Teología sabe
bien lo que dice con esta expresión, pero la
piedad popular se ha visto empujada más de
una vez a interpretarlo de modo poco
correcto.
Es evidente que para la Teología “Madre de
Dios” no significa madre de Dios Padre, ni
madre del Verbo antes de su encarnación, ni
madre del Espíritu Santo. Es la madre de
Jesús, en quien hemos reconocido al “hombre
lleno del Espíritu”, de quien decimos que
“todo lo hizo bien porque Dios estaba con
él”.
En definitiva, el título de “Madre de Dios”
mal entendido es una negación de la
Encarnación. En Jesús reconocemos a Dios
hecho hombre, no a Dios con apariencia
humana. De ese Dios hecho hombre es
madre María, no de una apariencia humana de
Dios, no de un Dios que no sea real y
verdaderamente hombre.
José Enrique
Galarreta