LA BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II
Benedicto XVI acaba de beatificar a su predecesor
Juan Pablo II.
Desde su anuncio, esta beatificación ha causado
malestar y sorpresa en importantes sectores de la
Iglesia católica. Entiendo el malestar, ya que no
pocas de las actuaciones de Juan Pablo II fueron
todo menos ejemplares e imitables como se espera de
una persona a quien se eleva a los altares y se
presenta como modelo de virtudes para los
cristianos.
Me refiero a su manera autoritaria de conducir la
Iglesia, a su rigorismo moral, el trato represivo
dado a los teólogos y las teólogas que disentían del
Magisterio eclesiástico -muchos de los cuales fueron
expulsados de sus cátedras y sus obras sometidas a
censura-, al silencio e incluso la complicidad que
demostró en los casos de pederastia, especialmente
con el fundador de los Legionarios de Cristo,
Marcial Maciel, a quien dio siempre un trato
privilegiado con el beneplácito del cardenal
Ratzinger, su brazo derecho, etcétera.
Lo que no encuentro justificada es la sorpresa. Con
esta beatificación, Benedicto XVI no ha hecho otra
cosa que poner en práctica el viejo refrán: es de
bien nacidos ser agradecidos.
La elevación de Karol Wojtyla al grado de beato es
la mejor muestra de agradecimiento que podía rendir
a su predecesor, que le nombró presidente de la
Congregación para la Doctrina de la Fe y le concedió
un poder omnímodo en cuestiones doctrinales, morales
y administrativas.
Más aún, fue Juan Pablo II quien le allanó el camino
nombrándolo sucesor in pectore. ¿Cómo el Papa actual
no iba a beatificar al autor de tamaño ascenso en el
escalafón eclesiástico?
Si no hubiera sido por Juan Pablo II, Joseph
Ratzinger sería hoy un arzobispo emérito sin
relevancia alguna. Pero quiso el destino que el papa
polaco llamara al arzobispo alemán a su lado y le
nombrara Inquisidor de la Fe, para que la vida del
cardenal Ratzinger diera un giro copernicano.
Durante casi un cuarto de siglo fue el funcionario
más poderoso de la curia romana por cuyas manos
pasaban los asuntos más importantes del orbe
católico, desde el control de la doctrina hasta los
casos de pederastia sobre los que decretó el más
absoluto secreto, imponiendo a víctimas y verdugos
un silencio que le convirtieron en cómplice y
encubridor de delitos horrendos contra personas
indefensas.
Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger vivieron un
idilio durante casi cinco lustros con un reparto de
papeles que siempre respetaron.
El primero, con vocación de actor desde su juventud,
ejerció esa función a la perfección, se convirtió en
uno de los grandes actores del siglo XX y recibió
los aplausos de millones de espectadores de todo el
mundo desde su elección papal hasta su entierro.
El segundo ejerció el papel para el que estaba
especialmente capacitado, el de ideólogo y guionista
de la obra que le tocaba representar al papa y que
puso por escrito en el libro-entrevista Informe
sobre la fe, cuya idea central era la
restauración de la Iglesia católica.
El guión incluía la revisión del concilio Vaticano
II y el cambio de rumbo de la Iglesia católica, el
restablecimiento de la autoridad papal, devaluada en
la etapa posconciliar, la afirmación del dogma
católico, la nueva evangelización, la
recristianización de Europa, la vuelta a la
tradición, el freno a la reforma litúrgica, la
confesionalidad de la política y de la cultura, la
defensa de la moral tradicional en toda su rigidez
en materias que hasta entonces eran objeto de un
amplio debate dentro y fuera del catolicismo, como
la familia, el matrimonio, la sexualidad, el
comienzo y el final de la vida, etcétera.
El panorama eclesial descrito por el cardenal
Ratzinger en la entrevista con Vittorio Messori,
publicada luego como libro bajo el título antes
citado Informe sobre la fe, no podía ser más
sombrío:
"Resulta incontestable que los últimos 20 años han
sido decisivamente desfavorables para la Iglesia
católica. Los resultados que han seguido al Concilio
parecen oponerse cruelmente a las esperanzas de
todos, comenzando por las del papa Juan XXIII y,
después, las de Pablo VI.
Los cristianos son, de nuevo, minoría, más que en
ninguna otra época desde finales de la antigüedad.
Los papas y los padres conciliares esperaban una
nueva unidad católica y ha sobrevenido una división
tal que -en palabras de Pablo VI- se ha pasado de la
autocrítica a la autodestrucción.
Se esperaba un nuevo entusiasmo, y se ha terminado
con demasiada frecuencia en el hastío y en el
desaliento.
Esperábamos un salto hacia adelante, y nos hemos
encontrado ante un proceso progresivo de decadencia
que se ha desarrollado en buena medida bajo el signo
del presunto espíritu del Concilio, provocando de
este modo su descrédito".
Dentro del guión entraba el cambio en la política de
nombramiento de obispos, sin la cual no podía
llevarse a cabo la restauración eclesial diseñada al
unísono por Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger.
Poco a poco fueron sustituidos los obispos
conciliares por prelados preconciliares, los obispos
comprometidos con el pueblo dieron paso a obispos
cuya preocupación principal era la ortodoxia, los
obispos vinculados a la teología de la liberación
dieron paso a los obedientes a Roma. De esa manera
se garantizaba el éxito de la nueva estrategia
neoconservadora.
Wojtyla y Ratzinger se conocían desde la época del
concilio Vaticano II, en el que ambos participaron,
el primero como obispo, el segundo como asesor
teológico del cardenal Joseph Frings, arzobispo de
Colonia. Wojtyla se alineó con el sector
conservador. Ratzinger estuvo del lado del grupo
moderadamente reformista. Ambos dieron su apoyo a
los documentos conciliares.
Se esperaba por ello que, ubicados posteriormente en
los puestos de la máxima responsabilidad
eclesiástica, llevaran a la práctica las reformas
aprobadas por el Vaticano II en los diferentes
campos del quehacer eclesial: vida y organización de
la Iglesia, teología, liturgia, recurso a los
métodos histórico-críticos en el estudio de los
textos sagrados, diálogo con el mundo moderno,
presencia de la Iglesia en la sociedad y, sobre
todo, la creación de la "Iglesia de los pobres",
propuesta estrella de Juan XXIII.
No fue ese, sin embargo, el camino seguido por Juan
Pablo II y Benedicto XVI. Cuando accedieron al
papado fueron desmontando poco a poco el edificio
construido por los padres conciliares entre 1962 y
1965 y alejándose del proyecto de Iglesia diseñado
cuidadosamente en las cuatro Constituciones, los
nueve Decretos y las tres Declaraciones que
conforman el Magisterio conciliar.
El giro no podía ser más notorio, se pasó…
Ø
de la Iglesia pueblo de Dios y comunidad de
creyentes a la Iglesia jerárquico-piramidal,
Ø
de la corresponsabilidad al gobierno autoritario,
Ø
del pensamiento crítico al pensamiento único,
Ø
de la autonomía de las realidades temporales a su
sacralización,
Ø
de la secularización al retorno de las religiones,
Ø
de la autonomía de la Iglesia local a su control,
Ø
de la jerarquía como servicio a la jerarquía como
ejercicio de poder,
Ø
de la teología como inteligencia de la fe en diálogo
con otros saberes a la teología como glosa del
Magisterio eclesiástico,
Ø
de la ética de la responsabilidad al rigorismo
moral,
Ø
del diálogo multilateral al anatema.
La beatificación de Juan Pablo II constituye, a mi
juicio, una muestra más del paso que Benedicto XVI
ha dado desde el neoconservadurismo al integrismo.
Juan José Tamayo