IGLESIA      

                             
                              

 

                            

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ESTA VISITA DEL PAPA

 

 

Benedicto XVI afirma en su encíclica Amor en verdad (2009) el principio sobre el que gira la doctrina social de la Iglesia: el amor, pero en forma de acción porque no se queda reducido a criterios orientadores morales. Y se refiere de manera especial al compromiso de la justicia y el bien común.

 

Y aunque la caridad cristiana va más allá de la justicia, porque amar es ofrecer de lo mío al otro, nunca debe olvidar que lo primero es dar al prójimo lo que es suyo y le corresponde en virtud de su dignidad humana. Por tanto, es preciso trabajar por los mínimos de justicia como algo exigible para todos antes de ofrecer el plus de amor y felicidad de Buena Nueva cristiana.

 

En la misma dirección, Pablo VI afirmó que la justicia es “inseparable de la caridad” como algo intrínseca a ella; es su “medida mínima” y parte integrante de ese amor. Y Benedicto XVI lo completa así: “La iglesia no puede ni debe quedarse al margen de la lucha por la justicia” (Encíclica Dios es amor, 2006). 

 

Lo católico, pues, exige trabajar por una justicia de mínimos y por el reconocimiento y respeto de los legítimos derechos de las personas y los pueblos, y el amor “la supera y la completa siguiendo la lógica de la entrega y el perdón.” (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz. 2002).

 

Con estos mimbres inspirados en las enseñanzas y el ejemplo de Cristo, se celebra en Madrid, a partir del 16 de agosto, la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) siendo necesario preguntarse por el tipo de visita, los contenidos y fines que se anuncian.

 

Al contrario de todo lo anterior, el Papa viene investido de potestad y boato, cual príncipe de la Iglesia que, no obstante, representa a Cristo, aquél que entró en Jerusalén montado en un borrico en lugar de en un caballo, signo de poder; le aclamaron los pobres y sencillos enfureciendo al poder religioso y político judío, que maquinó su muerte sin más demora.

 

A su vicario actual, veintiún siglos después, las fuerzas vivas políticas y financieras están encantadas de recibirle y pagan parte del viaje. El Papa sigue ostentando la jefatura de un Estado, mantiene el derecho a la inmunidad y rango diplomático, además de disponer de embajadores (nuncios, el rango más elevado del cuerpo diplomático) en muchos países del mundo.

 

A pesar de todo esto, él y su curia afirman que la Iglesia católica no debe entrar en política. Con la que está cayendo, tampoco. No obstante, en temas como la defensa del nasciturus o la educación religiosa, suelen salirse de su propio tiesto, presionando a los representantes políticos sin desdeñar las excomuniones desde el entorno del cardenal Rouco Varela. 

 

El Maestro de Nazaret “hizo política”, entendida en el mejor sentido del término (bien personal y bien común) implicándose con los excluidos por amor, cosa que no se puede decir de muchos de sus sucesores; y fue político también en el sentido más clásico del término (Zóon politikon), acuñado por Aristóteles.

 

En aquel pueblo judío teocrático en el que se mezclaba lo religioso, lo social y lo político, Jesús puso justicia amorosa a raudales para humanizar la Ley, aunque tuvo que hacer frente a unas normas que asfixiaban a la mayoría en nombre de Dios.

 

Anunció la Buena Nueva con palabras y hechos de amor que liberaban en lugar de oprimir, sin que disminuyesen con las calumnias ni la sentencia de muerte en la cruz como un vulgar malhechor. Murió por amar “a pesar de todo” transformando vidas y corazones frente al poder que sobre las conciencias tenían aquellos dirigentes religiosos.

 

¿Qué ofrece esta visita papal? Mucha ilusión para no pocos cristianos pero escasas esperanzas para los desnortados y quienes sufren esta crisis injusta tan característica del séptimo y el décimo mandamiento. Frente a tanto materialismo excluyente, no existe una valiente denuncia profética de la jerarquía católica, atrincherada tras los muros de un Vaticano trasnochado y poco evangélico que escandaliza a no pocos.

 

Alguien ha  resumido  esta visita de Benedicto XVI como de “Entusiasmo y orgullo sin límites; enfado y desencanto crecientes”, ante la generosa complicidad, sobre todo de poderosos grupos empresariales y financieros ¡causantes directos de la crisis! en la espectacular muestra de poder que ha preparado la curia española, obviando la propuesta de Jesús en la última Cena: servir a los demás, sobre todo a los más necesitados.

 

A pesar de todo, desde el Vaticano se afirma que solo es una visita pastoral. Todavía peor, pues qué pinta en el evento una compañía de la Legión, con banda de música y escuadra para desfilar junto al Papa en el viacrucis por el centro de Madrid.

 

“Así no queremos que vengas”, le dicen al Papa los católicos de Redes Cristianas (147 agrupaciones) y el Foro de Curas, entre otros grupos, que prefieren utilizar los más de cincuenta millones de euros que cuesta la visita, en ayudas sociales como signo vivo del amor cristiano y de la presencia del Dios, luz y consuelo entre tanta desesperanza.

 

No es este mi modelo de visita pastoral en el que la institución parece actuar como alguien más importante que Jesús y su evangelio. No reconozco a Jesús el Cristo en semejante despliegue, aunque me alegro de que a algunos les reconforte en su fe, sean comunidades sectarias como los “kikos”, que controlan y pagan otra parte de este evento, o jóvenes con espíritu ignaciano (magis) que tratan de vivir , desde Loiola, como Jesús antes de acudir a Madrid.

 

Gabriel Mª Otalora