Por si no nos quedamos tranquilos con los resúmenes
de prensa, reproducimos lo que dijo realmente el Papa….
Homilía de Benedicto
XVI
en la clausura de la JMJ 2011
Queridos jóvenes:
Con la celebración de la Eucaristía llegamos al
momento culminante de esta Jornada Mundial de la
Juventud. Al veros aquí, venidos en gran número de
todas partes, mi corazón se llena de gozo pensando
en el afecto especial con el que Jesús os mira. Sí,
el Señor os quiere y os llama amigos suyos
(Jn15,15). Él viene a vuestro encuentro y desea
acompañaros en vuestro camino, para abriros las
puertas de una vida plena, y haceros partícipes de
su relación íntima con el Padre.
Nosotros, por nuestra parte, conscientes de la
grandeza de su amor, deseamos corresponder con toda
generosidad a esta muestra de predilección con el
propósito de compartir también con los demás la
alegría que hemos recibido.
Ciertamente, son muchos en la actualidad los que se
sienten atraídos por la figura de Cristo y desean
conocerlo mejor. Perciben que Él es la respuesta a
muchas de sus inquietudes personales. Pero, ¿quién
es Él realmente? ¿Cómo es posible que alguien que ha
vivido sobre la tierra hace tantos años tenga algo
que ver conmigo hoy?
En el evangelio que hemos escuchado (Mt 16,13-20),
vemos representados como dos modos distintos de
conocer a Cristo.
El primero consistiría en un conocimiento externo,
caracterizado por la opinión corriente. A la
pregunta de Jesús: «¿Quién dice la gente que es el
Hijo del hombre?», los discípulos responden: «Unos
que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que
Jeremías o uno de los profetas». Es decir, se
considera a Cristo como un personaje religioso más
de los ya conocidos.
Después, dirigiéndose personalmente a los
discípulos, Jesús les pregunta: «Y vosotros, ¿quién
decís que soy yo?». Pedro responde con lo que es la
primera confesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo
del Dios vivo».
La fe va más allá de los simples datos empíricos o
históricos, y es capaz de captar el misterio de la
persona de Cristo en su profundidad.
Pero la fe no es fruto del esfuerzo humano, de su
razón, sino que es un don de Dios: «¡Dichoso tú,
Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha
revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que
está en los cielos». Tiene su origen en la
iniciativa de Dios, que nos desvela su intimidad y
nos invita a participar de su misma vida divina.
La fe no proporciona solo alguna información sobre
la identidad de Cristo, sino que supone una relación
personal con Él, la adhesión de toda la persona, con
su inteligencia, voluntad y sentimientos, a la
manifestación que Dios hace de sí mismo.
Así, la pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís
que soy yo?», en el fondo está impulsando a los
discípulos a tomar una decisión personal en relación
a Él. Fe y seguimiento de Cristo están estrechamente
relacionados.
Y, puesto que supone seguir al Maestro, la fe tiene
que consolidarse y crecer, hacerse más profunda y
madura, a medida que se intensifica y fortalece la
relación con Jesús, la intimidad con Él. También
Pedro y los demás apóstoles tuvieron que avanzar por
este camino, hasta que el encuentro con el Señor
resucitado les abrió los ojos a una fe plena.
Queridos jóvenes, también hoy Cristo se dirige a
vosotros con la misma pregunta que hizo a los
apóstoles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Respondedle con generosidad y valentía, como
corresponde a un corazón joven como el vuestro.
Decidle: Jesús, yo sé que Tú eres el Hijo de Dios
que has dado tu vida por mí. Quiero seguirte con
fidelidad y dejarme guiar por tu palabra. Tú me
conoces y me amas. Yo me fío de ti y pongo mi vida
entera en tus manos. Quiero que seas la fuerza que
me sostenga, la alegría que nunca me abandone.
En su respuesta a la confesión de Pedro, Jesús habla
de la Iglesia: «Y yo a mi vez te digo que tú eres
Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».
¿Qué significa esto? Jesús construye la Iglesia
sobre la roca de la fe de Pedro, que confiesa la
divinidad de Cristo. Sí, la Iglesia no es una simple
institución humana, como otra cualquiera, sino que
está estrechamente unida a Dios. El mismo Cristo se
refiere a ella como «su» Iglesia.
No se puede separar a Cristo de la Iglesia, como no
se puede separar la cabeza del cuerpo (1Co,12,12).
La Iglesia no vive de sí misma, sino del Señor. Él
está presente en medio de ella, y le da vida,
alimento y fortaleza.
Queridos jóvenes, permitidme que, como Sucesor de
Pedro, os invite a fortalecer esta fe que se nos ha
transmitido desde los Apóstoles, a poner a Cristo,
el Hijo de Dios, en el centro de vuestra vida.
Pero permitidme también que os recuerde que seguir a
Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de
la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario.
Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de
vivir la fe según la mentalidad individualista, que
predomina en la sociedad, corre el riesgo de no
encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo
una imagen falsa de Él.
Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y que
tu fe sirva igualmente de apoyo para la de otros.
Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia,
que os ha engendrado en la fe, que os ha ayudado a
conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la
belleza de su amor.
Para el crecimiento de vuestra amistad con Cristo es
fundamental reconocer la importancia de vuestra
gozosa inserción en las parroquias, comunidades y
movimientos, así como la participación en la
Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente
del sacramento del perdón, y el cultivo de la
oración y meditación de la Palabra de Dios.
De esta amistad con Jesús nacerá también el impulso
que lleva a dar testimonio de la fe en los más
diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o
indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no
darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os
guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a
los demás la alegría de vuestra fe. El mundo
necesita el testimonio de vuestra fe, necesita
ciertamente a Dios.
Pienso que vuestra presencia aquí, jóvenes venidos
de los cinco continentes, es una maravillosa prueba
de la fecundidad del mandato de Cristo a la Iglesia:
«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda
la creación» (Mc,16,15).
También a vosotros os incumbe la extraordinaria
tarea de ser discípulos y misioneros de Cristo en
otras tierras y países donde hay multitud de jóvenes
que aspiran a cosas más grandes y, vislumbrando en
sus corazones la posibilidad de valores más
auténticos, no se dejan seducir por las falsas
promesas de un estilo de vida sin Dios.
Queridos jóvenes, rezo por vosotros con todo el
afecto de mi corazón. Os encomiendo a la Virgen
María, para que ella os acompañe siempre con su
intercesión maternal y os enseñe la fidelidad a la
Palabra de Dios.
Os pido también que recéis por el Papa, para que,
como Sucesor de Pedro, pueda seguir confirmando a
sus hermanos en la fe.
Que todos en la Iglesia, pastores y fieles, nos
acerquemos cada día más al Señor, para que crezcamos
en santidad de vida y demos así un testimonio eficaz
de que Jesucristo es verdaderamente el Hijo de Dios,
el Salvador de todos los hombres y la fuente viva de
su esperanza. Amén.
www.ZENIT.org
Homilía pronunciada por el Papa el domingo 21.08.11
durante la Misa de clausura de la JMJ, en el
aeródromo de Cuatro Vientos de Madrid.