IGLESIA PLURAL, UNA IGLESIA
Me da la sensación de que ha perdido fuelle la labor
en pos de la unidad de las iglesias cristianas. O al
menos, me parece que el tema ha pasado a segundo
plano por la actualidad de otros acuciantes
problemas en la Iglesia católica.
Es verdad que se siguen rezando los octavarios por
la unión, y que las relaciones entre las diferentes
confesiones cristianas no están enconadas como en
otros tiempos, aunque no sé si vienen
suficientemente acompañadas del esfuerzo humano
necesario para lograr una sola iglesia de Cristo.
Quizá este noble objetivo esté experimentando una
mutación hacia la consecución de otro logro de
calado no menor al anterior, al menos por una parte
significativa de católicos: conseguir que el mayor
número de sensibilidades eclesiales -no confundir
con eclesiásticas- estén presentes en las
principales decisiones de nuestra iglesia.
Quizá así, pensarán algunos, es más fácil convivir
en Cristo desde una cierta diversidad, como ya le
tocó en su tiempo a san Pablo, cada vez que viajaba
por sus comunidades mediterráneas. Porque a la
dificultad que tuvo para construir el Reino en
culturas tan diferentes a la que existía en Israel
sin romper con sus hermanos en la fe, se encontró en
su camino con un caleidoscopio de ciudades lo
suficientemente diferentes entre sí como para que el
mensaje del anuncio de Jesús tuviera que ceñirse
sobremanera a lo esencial: al amor de Cristo a
todos, un amor que nos acompaña siempre y que da
sentido a la vida y a la muerte.
Y digo yo si este y no aquél debería ser el
planteamiento estratégico eclesial en este difícil
tiempo posmoderno. Más que pretender una uniformidad
que se nos antoja poco menos que imposible; más que
luchar por aunar sensibilidades en aras a un frágil
equilibrio tantas veces equidistante (por tanto,
contrario a la actitud que nos transmitió el
Maestro), a lo mejor lo que el Espíritu espera de
nosotros es que nos juntemos para reforzar lo que
nos une. Posiblemente es menos que lo que nos
separa, pero es lo suficientemente esencial como
para mantenernos unidos de por vida en nuestra
apuesta por el Evangelio.
Si leemos las actuaciones de Jesús de Nazaret a lo
largo de su vida pública, también podemos observar
que su mensaje es muy nuclear, que cabe en muy pocas
líneas para después impregnarlo todo con dicho
mensaje. Si la ley de Dios entregada a Moisés se
condensaba solo en diez preceptos básicos, Jesús los
resume en dos revolucionando la interpretación de la
Escritura: amar a Dios y amar al prójimo como a uno
mismo. Y san Pablo los focaliza todavía más en uno
solo: el amor, en hechos de amor, como el distintivo
más genuinamente del seguidor de Cristo que se
siente primeramente amado por Él y responde a su
amor amando.
Me parece bien rezar por la unidad de las Iglesias y
me parece bien el difícil esfuerzo por integrar las
diversas sensibilidades que siempre existirán en el
seno de nuestra Iglesia, dirigida por el Espíritu
pero tripulada por hombres y mujeres de barro.
Pero creo que si el esfuerzo estuviera dirigido a lo
esencial, si nos reuniésemos para reforzarnos en
nuestro sentimiento de estar unidos por el amor de
Dios y por la vocación de querer ser ejemplo de amor
por encima de todo con los demás, de crear ese Reino
de solidaridad, misericordia y justicia, la iglesia
iría detrás del Evangelio y no al revés como pasa
frecuentemente.
Posiblemente la Iglesia seguiría siendo muy diversa,
incluso entre nosotros, y algunos se desengancharían
del proyecto como ya le ocurrió al mismo Jesús (Jn
6, 66). Pero se demostraría más genuina iglesia de
Cristo y su impacto en los preferidos del evangelio
sería mucho más evidente. Eso sí, seguro que también
florecerían mártires entre nosotros.
Y toda esta reflexión ha surgido mientras le daba
vueltas a la palabra conversión, como la principal
llamada que recibimos en la Cuaresma.
Gabriel Mª Otalora