LOS QUE SABEN AMAR COMO DIOS
Esta noche brilla una luna llena preciosa que se refleja
en el espacio abierto del mar como un milagro.
Contemplarla, sobrecoge. Una puede sentir que todo está
habitado por el Misterio de Dios, por la Presencia que
recoge el final de nuestro día y el cansancio de toda la
semana dándole sentido y sosiego a todo.
Es cierto que la naturaleza es Palabra de Dios que se
deja oír en el silencio, como en esta noche tibia de
otoño. Pero hay palabras de Dios especialmente vivas,
tan intensas que toman carne y se hacen hombre o mujer;
rostro del mismo Dios.
Cuando nos encontramos ante ellas, sabemos que Dios
mismo nos está hablando. Si tenemos la suerte de ver de
cerca esas vidas, hechas Vida, sabemos que también
nosotros estamos llamados a ser lo mismo y encontramos
con claridad nuestro más auténtico sentido final:
responsabilizarnos de la humanidad. La humanidad es mi
trabajo, y mi meta, ser más humana.
Me llegó la noticia, para difundirla, que se estrenaba
un documental sobre los enfermos mentales en África,
“Los olvidados de los olvidados”, y que la recaudación
de las ventas irían destinadas a esa causa (os animo a
que no os perdáis el documental cuando lo estrenen en
vuestras ciudades)
Difícilmente queremos acercarnos a la realidad europea
de los enfermos mentales, también aquí son olvidados y
recluidos. No me costaba imaginar qué suerte corrían en
África. Tuve que ir sola al cine porque nadie tuvo
ganas de encarar desgracias.
Si conocer de primera mano la realidad de los enfermos
mentales en África fue impresionante, lo superó el
testimonio de Grégoire Ahongbonon, un hombre de 59 años,
reparador de neumáticos, casado, con hijos y nietos. Un
cristiano que ante una fuerte crisis personal, se
acercó nuevamente a la iglesia de la que vivía
distanciado y le impacta una homilía donde se habló cómo
cada uno debe poner su grano de arena para construir la
Iglesia.
Le obsesionó poner su grano de arena y por ese motivo
empezó a ir rezar con los enfermos de un hospital; muy
pronto descubrió las salas de los abandonados por no
poder pagar las medicinas. Así inició lo que Jesús
llamaba, hacer presente el Reino de Dios.
Grégoire dice sin rodeos que dar respuesta a su fe le
llevó primero con los desahuciados del hospital y
enseguida se acercó a la prisión donde las condiciones
de vida aún eran peores. Poco después empezó a asistir
a los enfermos
mentales de las calles.
“Vi a uno desnudo buscando comida en la basura. Los
había visto muchas veces, pero ese día me detuve y
decidí, con mi mujer, repartirles comida y agua fresca
por las noches”
Ahí se inicia su andadura recogiendo, liberando,
regenerando y dignificando a los enfermos y enfermas
mentales
de la crueldad de una sociedad que encadena, recluye y
somete a todo tipo de ayunos y castigos físicos porque
los considera endemoniados, una vergüenza familiar y
social. Él supo verles como seres humanos enfermos,
necesitados como todos de amor y cuidado, de atención
médica y ayuda personal; así recuperaban la salud.
Desde entonces se ha dedicado, junto con su esposa y sus
hijos, con su dinero personal, sin ninguna ayuda
gubernamental, a
crear 15
centros en Costa de Marfil, Benín y Burkina Faso, para
rehabilitar a enfermos mentales, enseñarles un oficio y
entonces,
solo
entonces, devolvérselos a sus familias para que lleven
una vida digna.
Cuando le preguntan de dónde saca las fuerzas para lo
que hace, qué don especial tiene, contesta:
“yo soy un hombre como cualquier otro, consciente de
que Dios habita en todos y que dejar a un enfermo a su
suerte es abandonar a Dios.
Lo que yo hago es más fuerte que yo. Si Dios ha
permitido que una persona como yo, sin estudios, que no
vale nada, se ocupe de estas personas, es para que todos
podamos abrir los ojos y cambiemos la forma de ver a
estos enfermos.”
Así de simple lo dice: Dios habita en todos y
necesita nuestros cuidados. Ya nos había dicho
Jesús: lo que hagáis a los más pequeños, esto es, a los
últimos, a mí me lo hacéis. Y así de claro: si yo he
podido abrir los ojos, también vosotros podéis. ¿Quién
se tomará en serio sus palabras?
Un hombre sencillo de un pobre país, Benín, que yo ni
sabía dónde colocar en la gran África, ha sabido
perfectamente entender y hacer realidad, sin vanaglorias
ni medallas, que abandonar al ser humano es abandonar a
Dios. Ésa es su religión y su fe.
Salí del cine sobrecogida y sigo estándolo. He querido
escribir estas letras agradecidas a
Grégoire y a tantas y tantos que cambian la humanidad
haciéndola avanzar, haciendo dar un paso cualitativo a
nuestra especie en su lento y largo camino de
crecimiento y adaptación a la vida. Tengo la seguridad
de que ellos logran que la especie humana sea mejor y
que se den pasos que ya no pueden nunca volver atrás.
Son los que nadie pone en entredicho su fe, más bien,
esa fe que le lleva a actuar de tal modo, cuestiona a
muchos. Su religión merece el mayor de los respetos.
Sé que el testimonio de Grégoire puede hacer que también
nosotros queramos ser mejores, cuidar nuestro pequeño
metro cuadrado de la parcela de la humanidad con todo
nuestro esmero y con toda humildad. Abrir bien los ojos
para ver quién necesita nuestra ayuda. Si él quiso poner
su granito de arena, también nosotros tenemos que ver
la manera de poner el nuestro.
Si él sabe ver a Dios que habita en el enfermo, también
nosotros debemos ver a Dios, no sólo en la naturaleza
bella de esta noche de luna llena, sino en todo ser
humano herido o necesitado. Quizás entonces nuestra fe
sea más convincente.
Matilde Gastalver Martín