UN BONITO
CADÁVER
Amy Winehouse cumplió su
destino: vivir deprisa, morir joven y dejar un bonito
cadáver. Otros muertos no tienen tanta suerte. En
Somalia, por ejemplo.
"Vivir deprisa, morir joven y
dejar un bonito cadáver" era la máxima aspiración del
apolíneo delincuente Nick "Pretty Boy" Romano, en
Llamad a cualquier puerta (1949, dirigida por
Nicholas Ray y protagonizada por Humphrey Bogart); una
frase, y una sentencia, que ha trascendido al tiempo y
al cine inmortalizada, por cierto, por el actor John
Derek.
Esta sentencia, que
cumplieron puntualmente bellos cadáveres como James
Dean (24), Sid Vicious (22), Joaquim
Phoenix (23), Jimi Hendrix (27), Janis
Joplin (27), Jim Morrison (27), Heath
Ledger (28), Antonio Flores (33) o John
Belushi (33, aunque no era tan joven ni tan hermoso,
pero sí genuinamente genial), ha sido cumplida hace unos
días por la última muñeca rota del star system, Amy
Winehouse.
Cada cual con sus variantes,
todos padecieron y murieron de la misma enfermedad:
exceso de vida. Unos se la bebieron, otros se la
fumaron, o se la inyectaron o la esnifaron o todo a la
vez; todos la tiraron directamente por el retrete en un
injusto, egoísta, caprichoso, débil, irresponsable y
suicida deambular por el lado oscuro; ellos, que lo
tenían todo (el talento, el público, el dinero, la
gloria), despreciaron y desperdiciaron su privilegiado
escenario universal para hacerse y hacer el bien;
dijeron ´sí´ al don que les fue concedido, pero ´no´ a
la responsabilidad que conllevaba.
Se lo dijo su madre al niño Johnny Cash cuando le
oyó cantar en los campos de algodón: "Hijo mío, tienes
un don; pero ese don no es tuyo, sólo la responsabilidad
de utilizarlo lo mejor que sepas". Y vaya si lo hizo. El
gran Cash fue, por cierto, uno de los que prefirió
desacelerar, cambiar de rumbo y dejar un cadáver
arrugado pero feliz; y una vida absolutamente ejemplar,
caídas incluidas.
Tal vez suene duro, pero no me entristece la muerte de
Amy Winehouse.
No, porque no me alegró su
vida. Me pareció una vida vacía, egoísta, desagradecida
y absurda. Injustamente desaprovechada. Y mal elegida.
Sí, porque ella siempre tuvo
la capacidad de elegir y siempre optó por la peor
opción. Lo tenía todo y lo despreció todo: su música, su
talento, su público, su responsabilidad…
Por eso, cuando leo en los
diarios las condolencias dedicadas a la efímera diva del
soul, no puedo evitar pensar en la pequeña noticia que
hay más abajo (un poco más abajo, más… más… ahí), casi
una reseña, que nos habla de otras personas que mueren,
a miles, y sin posibilidad alguna de elegir su suerte;
ellas han tenido la desgracia de no nacer en Londres,
sino en Darfur; y no han nacido con un don, sino con una
cruel desgracia enquistada al cuerpo y al alma llamada
hambruna; y no se han bebido la vida en vasos de vino,
porque apenas tienen agua que beber
Amy Winehouse ha decidido
matarse a los 27 años, miles de niños somalíes mueren
antes de cumplir los 3, sin capacidad de decisión
alguna. Ellos, al contrario que Amy no mueren de exceso
de vida, sólo de exceso de hambre. No mueren por vivir
deprisa, y no hacen, ciertamente, un bonito cadáver.
Me contaba Javier Colomo, un donostiarra generoso y
valiente que ayuda a mantener y financiar un colegio
para disminuidos físicos y psíquicos en Kitgum, Uganda,
que en esa paupérrima región no tienen preocupaciones,
porque cuando tu única preocupación es encontrar comida
para hoy, no puede existir ninguna otra. Eso, claro, no
te asegura siquiera que comas hoy; de hecho, lo suelen
hacer cada dos o tres días, los que tienen suerte. Sólo
los alumnos del colegio comen todos los días, gracias a
los donativos, a razón de 1,5 euros por mes y niño (www.nucbacd.org ).
Los niños de Somalia, como
los de Uganda o los de Etiopía o los del 90% de África,
están muriendo cada día de exceso de miseria, y de
exceso de fanatismo (islamista, en este caso), y de
exceso de guerras, y de exceso de avaricia, y de exceso
de inhumanidad, y de exceso de egoísmo del "primer
mundo", que prefiere desviar la mirada, ensordecer sus
oídos con el "no, no, no" de la malograda Amy y rascarse
el bolsillo para ver cuánto le ha robado el último
impuesto-capricho de su democrático estado.
Quizá, sólo quizá, el tintinear de las monedas les
recuerde que con un poco de esa calderilla pueden salvar
las vidas de muchos niños y adultos que no quieren vivir
deprisa, ni morir jóvenes ni dejar bonitos cadáveres.
Pepe
Álvarez de las Asturias
EL MALECÓN