JESÚS NO QUIERE DISCÍPULOS A MILLONES
Jesús tiene un proyecto: inaugurar en toda la tierra un
“mundo para todos y para todas”. Por cierto, ese
proyecto, al que le pone el nombre de “Reino”,
transciende ampliamente lo político-social, pero lo
abarca en el más alto grado.
Para realizar su proyecto, Jesús, que sin duda ama
entrañablemente a su pueblo, desconfía mucho de algunas
de sus inclinaciones, -que muchos otros pueblos de la
tierra comparten con él- como el odio a los enemigos, la
costumbre de hacer de la venganza un deber sagrado, una
obsesión por llegar a ser la nación más importante del
mundo y una fascinación obcecada por los líderes
carismáticos, por la magia, los milagros, las soluciones
fáciles y la ilusión de un paraíso instantáneo.
Él cree que su proyecto es posible sólo poniéndole el
hombro, mediante una fe inquebrantable en Dios, sin
odios, sin fanatismos, sin lavado de cerebro, sin
esperar éxitos inmediatos y sin pretender jamás lograr
el bien por medio del mal.
Quiere discípulos para esto y no para otra cosa. Por eso
no se deja obsesionar por la idea de que todos le sigan.
A veces hasta parece hacer lo posible para desanimar a
muchos de aquellos que se le acercan con la buena
intención de sumarse a su grupito de discípulos.
A Jesús no le interesan las estadísticas ni las grandes
cantidades. A los que insisten en tomarlo como gurú les
aclara lo que podrá sucederles. Nada menos que despertar
la cólera de quienes manejan el país en su propio
beneficio y que no van a permitir que se les quite un
pedacito de sus privilegios. En otras palabras, no les
espera la paz sino la guerra y, finalmente, la cruz. En
esto Jesús es muy claro y, por eso, muchos abandonan la
idea de seguirlo. Jesús no llora por eso.
Porque él no aflojará. Su país y el mundo serán “para
todos y para todas” o no serán para nadie. Él no se
quedará esperando que papá y mamá estén de acuerdo con
el plan, que el duelo por el abuelo recién fallecido se
haya cumplido o que la tribu entera le haya dado su
bendición… El que quiera seguirlo lo hará sin demora y
sin mirar atrás, andando junto a él por el camino de los
pequeños y los excluidos, con el ansia de un pastor
pobre quien, no teniendo más que tres o cuatro ovejas,
recorre todos los barrancos para encontrar la que se le
perdió.
No todos deben seguirlo y está bien que así sea. Sin
embargo, cuando la mies está en sazón y los cosechadores
son pocos, se le pide al patrón que contrate más gente
capaz. No por miles, ni por la eternidad, sino sólo para
la época de realizar la cosecha.
No le interesa tener mucha gente detrás de él. A las
multitudes que le siguen para que les alivie sus
miserias, Jesús no les pide que se conviertan en sus
discípulos. Al contrario. Él ha venido para ellas y es
para servirlas que convoca a los discípulos. Él mismo
las sirve, las atiende, ríe con ellas, camina junto a
ellas. Les tiene compasión. Viene a liberarlas de su
carga (y no a imponerles otra). No les pide que vendan
nada para seguirlo. En realidad, es él quien las sigue.
Les dice simplemente: “Toma tu camilla y anda. Ve y no
peques más. No soy yo el que hace milagros, eres tú, es
tu fe. Vuelve a tu casa y cuenta lo que Dios ha hecho
por ti.”
“No peques más”, es decir: toma otro camino, toma el
camino que conduce al Reino, o sea al “país-y-
al-mundo-para-todos-y-para-todas”.
“Muchos los llamados, pero pocos los elegidos”, dice el
Evangelio. Pocos efectivamente se animan a responder a
la llamada porque el tiempo apremia y el cambio asusta,
o porque ya se ha perdido el interés y falta la fe, o
porque los encargados de recoger la mies no quieren
trabajadores para un mundo nuevo sino simplemente para
conservar y remendar el viejo.