EN POSITIVO
Querido familión:
¡Qué bien lo pasamos el otro día, reuniéndonos todos
los primos, después de no vernos en tanto tiempo…!
La verdad es que nos queremos y disfrutamos juntos
un montón. También es curioso cuánto nos parecemos y
cómo llevamos en los genes “la marca de la casa”, en
cuanto al humor y la pasión por la gente. Pero una
cosa me dejó preocupada y fue la cantidad de veces
que se contaminó nuestra conversación con quejas.
A pesar de que nos contamos la vida, y hubo muchas
noticias positivas en la conversación, caí en la
cuenta de cuantísimo nos quejamos. Dicen los
expertos que un deporte nacional es la queja, pero
la verdad es que, casi sin darnos cuenta, hablamos
de enfermedades, descalificamos comportamientos,
gestiones y formas de vida, sacamos a relucir las
dificultades del trabajo, de la crisis, de la
educación de los hijos, de la falta de sueño, del
tiempo, de la urgencia por aprender un idioma, de
los transportes, de los medios de comunicación, de…
Estoy convencida de que si hoy falleciera cualquiera
de los presentes, que nos queremos tanto,
recordaríamos las cualidades que tiene, los ratos
buenos vividos, los momentos especiales y las risas
compartidas. Pero esos comentarios positivos, esos
recuentos tan bonitos como auténticos, los dejamos
para los funerales.
Mira que nos queremos todos un montón, pues allí no
salió ni una palabra de cariño. Preguntamos unos por
otros con verdadero interés, seguimos en la
distancia la vida de todos, porque nos importamos,
porque juntos somos la familia que da estabilidad a
cada persona del clan, pero, la verdad es que cuando
estamos juntos decimos paridas, nos reímos mucho,
tomamos el pelo, pero nadie habla desde los
sentimientos.
Contamos lo último que ha ido mal, aquella
dificultad con el coche, con el trabajo o con la
salud, pero no nos contamos cómo estamos por dentro,
no decimos lo bien que andamos en la pareja, lo
ilusionados que estamos con estos hijos que nos
llenan la vida de sentido, lo orgullosos que nos
sentimos de los detalles de generosidad que están
brotando en los descendientes, o del compromiso
social que tenemos unos y otros, de lo que nos
alegra acoger a gente en nuestra casa y construir un
hogar disponible, lo bien que lo hacen los primos
que han adoptado esos niños o las dificultades que
están superando con esta situación.
Me ha gustado cuando Elena y Carlos han invitado a
que seamos austeros en los regalos y han explicado
lo del consumo responsable. También ha sido
estupendo cuando Lidia nos ha propuesto lo de
apadrinar una familia y la buena respuesta que ha
tenido en todo el grupo. Pero, hay que reconocer que
han sido valientes, porque siempre hablamos
superficialmente y casi nunca tocamos temas serios.
A mí me gusta saber cómo vivís, qué os planteáis,
cuáles son vuestros valores y a quién estáis
haciendo bien con vuestra historia. A muchos de
vosotros os tengo de ejemplo, pero nunca os lo digo.
Sois una gente especial, pero tenemos la misma
máscara de la sociedad, de juntarnos para quejarnos.
Como sois mi gente, mi familia, las personas que más
quiero, me apetece felicitaros por lo bien que sé
que vivís… por el compromiso que tenéis unos en
vuestra escalera, cuidando las relaciones y la ayuda
entre los vecinos, otros en vuestro barrio, otros en
organizaciones solidarias; pero unos y otros estáis
comprometidos en apoyar económicamente un comedor en
Perú, un hospital en Nicaragua, un apadrinamiento
en… y todos estáis haciendo algo para dejar este
mundo mejor de cómo os lo encontrasteis.
Y porque estoy orgullosa de vosotros, quiero
proponeros que, además, intentemos hablar en
positivo, que no digamos sólo lo malo de la gente,
de las situaciones y de los políticos. Vamos a
elegir contagiar esperanza, positividad, buen humor,
ganas de vivir y de querer a la gente.
Las emociones, como las enfermedades se transmiten y
se contagian, así que vamos a ser sanadores y pasar
el virus del biendecir, que es decir bien del otro y
de la vida, ya que las personas que se quejan son
como pequeños ladrones de la felicidad de los de
alrededor.
Vamos a ser buena noticia, pero pronunciada con
fuerza y con pasión, con un buen megáfono, con los
medios de comunicación que hoy tenemos a nuestro
alcance. Vamos a dar limosna de lo de dentro,
compartiendo nuestra ilusión, el dinamismo y el
sosiego que Dios hace fluir de nuestros adentros y
seamos un regalo para los que están alrededor. No
podemos guardarnos esa riqueza para nosotros solos.
Dice la ciencia que nuestros pensamientos son los
que crean nuestros sentimientos y ellos nuestras
acciones. La psiconeuroinmunobiología (vaya
palabreja) asegura que, una persona ilusionada,
comprometida y que confía en sí misma, puede ir
mucho más allá de lo que uno puede imaginar. El
pensamiento y la palabra son una forma de energía
vital que tiene la capacidad de producir cambios
físicos y anímicos muy profundos en el organismo.
Se ha demostrado que, un minuto manteniendo un
pensamiento negativo,
puede lesionar neuronas de la memoria y del
aprendizaje y afectar nuestra capacidad intelectual,
porque deja sin riego sanguíneo las zonas del
cerebro donde se toman las decisiones.
No es por
hacerme la “marisabidilla”, pero he leído que un
valioso recurso contra la preocupación, la ira o el
desánimo es llevar la atención a la respiración
abdominal, que tiene por sí sola la capacidad de
producir cambios en el cerebro, favorecer la
secreción de hormonas, como la serotonina y la
endorfina, y mejorar la sintonía de los ritmos
cerebrales.
Todos
podemos llegar a ser escultores de nuestro propio
cerebro, teniendo un discurso interior positivo, ya
que nosotros mismos moldeamos nuestras emociones,
que cambian nuestra percepción de la vida. Por eso,
no vemos el mundo que es, sino que vemos el mundo
que somos por dentro.
Además, como algunos científicos dicen que cuando
uno repite una conducta durante 21 días seguidos,
ésta se convierte en hábito, pues vamos a
desaprender la queja habitual que todos hacemos
desde muy niños y a dar noticias positivas,
verdaderas, claro está.
Este reto podría cambiar nuestra vida y la de los de
alrededor. Yo me voy a poner un hilo, a modo de
anillo, para proponerme frenar quejas, críticas y
chismes y, cuando falle, me lo cambio de mano y
comienzo a contar otros 21 días, a ver si consigo
hacerme una limpieza interior que me energetice y me
ayude a vivir mejor y a contagiar mejor vida.
¿Alguien se apunta conmigo? Un abrazo
Mari Patxi Ayerra
publicado
en Humanizar