ALMACENES NÖEL S.A.
Un mes antes de que en Belén resuene el Gloria de los
pastores, las puertas de los “Almacenes Nöel S.A.” se
abren de par en par anunciando en grito atronador de luz
y sonido, la gran feria de productos línea blanca
Navidad.
En otros tiempos la Nochebuena se mostraba
religiosamente puntual: sin retrasos exasperantes ni
estresantes adelantos. Llegaba cuando tenía que llegar.
Llegaba, además, cabalgando alegre a lomos de Platero,
envuelta en hábito franciscano de menesterosa estameña y
con alegres villancicos navideños.
Los ángeles y los pastores estaban siempre allí
astronómicamente puntuales: ni antes ni después. Cuando
el maestro celestial de ceremonias les marcaba la
entrada a Medianoche del día veinticuatro –tampoco ni
más ni menos- sus laúdes y timbales repicaban
alborozadamente a gloria. Y sus cánticos retozaban de
gozo en las alturas de los cielos, y en el corazón de
los hombres en la tierra.
En sus comienzos, el icono hogareño de las fiestas era
un austero pesebre como el que “il poverello D’Assisi”
representó en Greccio durante la Navidad de 1223: una
casita de paja a modo de portal, un buey y un asno
pedidos en préstamo a los campesinos del lugar, y la
buena disposición de éstos a reproducir la escena de la
adoración de los pastores.
Pero pronto se añadieron calcetines y zapatos con sus
voraces bocas abiertas sobre las chimeneas, exigiendo
generosidad y sorpresa sin límite a los Reyes Magos, a
los que en breve se sumaron extraños asentadores de
otras haciendas: Papá Nöel, Santa Klaus, o la bruja
Befana de los italianos.
Luego llegará el árbol navideño, de implicaciones
cosmológicas y con vestigios de culto sagrado entre los
Druidas. El siglo XX lo rescató como escaparate sin
igual para seguir consumiendo, demodo que sus ramas
terminaron curbadas bajo el peso de regalos y deseos:
la abulimia del tener frente a la anorexia
del ser.
Para terminar de arreglarlo, llegaron los Corregidores
de la Villa con toda su parafernalia de luces y signos
cabalísticos atropellando peatones y fechas de
calendario por el cielo y suelo de sus calles.
En fin, que la ciudad entera es hoy un gigantesco
supermercado preñado de crípticas imágenes, enigmáticos
y cabalísticos signos que nadie sabe interpretar.
Luminosos de neón y bombillas de colores –más de tres
millones ochocientas mil- ciegan, más que iluminan, el
centro de Madrid, pues apenas logran disipar las
tinieblas del alma de sus habitantes.
En la parrilla de salida esperan impacienttes los renos
y los camellos, que se suman a la orgía con sus trineos
y alforjas repletos de mercancía. En una de las aceras,
cubierto de llagas físicas y psicológicas, el pobre
Lázaro que desearía hartarse de las migajas que caen de
la mesa de Epulón. Pero nadie le hace caso y, esta noche
se sumará a las docenas de mendigos que, como todas las
noches, vendran a revolver los desperdicios arrojados a
los contenedores de las calles.
Y entre tanto ¿dónde acampan los piadosos indignados? ¿O
habrá que recabar la venida de Hércules y pedirle que
asuma la titánica tarea de barrer el hedihondo estiércol
de los establos de estos nuevos Augias, que tanto
perturban nuestros sueños? El más célebre de los
héroes griegos lo consiguió uniendo dos rios, y
encauzando luego sus alborotadas aguas hacia las cuadras
del rey.
¿O quizás sea necesario que Sansón –otro Hércules, éste
religioso -y hippy para más señas- derribe, de una vez
por todas, las columnas del Poder y del Dinero que
sustentan el sagrado templo de Dagón donde
sacrílegamente rendimos culto a todos nuestros
infortunios? En cualquier caso confiemos en que el
muera yo y conmigo todos los filisteos se quede en
una mera bravuconada del bíblico melenudo, y el problema
se resuelva más sensatamente con la paz anunciada una
feliz Nochebuena en los cielos de Belén.
Vicente Martínez