Isaías 63, 16 a 64, 8
Tú, Señor, eres nuestro Padre, tu nombre es "El que
nos rescata" desde siempre. ¿Por qué nos dejaste
errar, Señor, fuera de tus caminos, endurecerse
nuestros corazones lejos de tu temor? Vuélvete, por
amor de tus siervos, por las tribus de tu heredad.
¡Ah si rompieses los cielos y descendieses ‑ ante tu
faz los montes se derretirían!.
Tú descendiste: ante tu faz, los montes se
derretirán. No se oyó decir, ni se escuchó, ni ojo
vio a un Dios como Tú, que tal hiciese para el que
espera en él. Te haces encontradizo de quienes se
alegran y practican justicia y recuerdan tus
caminos.
He aquí que estuviste enojado, pero es que fuimos
pecadores; estamos para siempre en tu camino y nos
salvaremos. Somos como impuros todos nosotros, como
paño inmundo todas nuestras obras justas. Caímos
como la hoja todos nosotros, y nuestras culpas como
el viento nos llevaron. No había quien invocara tu
nombre, quien se despertara para asirse a ti. Pues
nos ocultabas tu rostro, y nos dejaste a merced de
nuestras culpas.
Pues bien, Señor, tú eres nuestro Padre. Nosotros la
arcilla, y tú nuestro alfarero, la hechura de tus
manos todos nosotros. No te irrites, Señor,
demasiado, ni para siempre recuerdes la culpa. Ea,
mira, todos nosotros somos tu pueblo.
Esta tercera parte de la "profecía de Isaías" se
escribe un siglo después de la muerte del profeta,
por un desconocido discípulo, lleno de su mismo
espíritu y heredero de su estupenda calidad
literaria.
El ambiente en que se pronunciaron y escribieron
estos textos es probablemente el regreso del
destierro, el desánimo que cunde en el pueblo por la
mediocridad de la restauración, la precariedad del
nuevo templo... Esto hace necesaria la consolación,
los ánimos que los profetas intentan infundir al
pueblo, sus esfuerzos por afirmar más la fe en el
Señor Restaurador.
Y es en este contexto cuando la fe de Israel se
muestra más purificada que nunca, y su conocimiento
de Dios aparece cada vez más limpio de muchas de sus
creencias antiguas, provisionales y primitivas.
Es notable en este texto la imagen de Dios. Se llama
al Señor "nuestro Padre - el que nos rescata - el
que desciende de lo alto - el que se hace el
encontradizo - nuestro alfarero". Una vez más,
Israel expresa aquí cómo siente que es el pecado, la
infidelidad a Dios, la causa de todos sus males, y
cómo el Señor lo educa para que sienta así y le vaya
conociendo como edificador y restaurador del pueblo.
La imagen de Dios salvador, restaurador, pastor, que
va modelando a su pueblo y salvándolo del pecado es
ya extraordinariamente cercana a la revelación de
Abbá culminada en Jesús.
Corintios 1, 3-9
Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre
nuestro, y del Señor Jesucristo.
Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, a causa
de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en
Cristo Jesús, pues en él habéis sido enriquecidos en
todo, en toda palabra y en todo conocimiento, en la
medida en que se ha consolidado entre vosotros el
testimonio de Cristo.
Así, ya no os falta ningún don de gracia a los que
esperáis la Revelación de nuestro Señor Jesucristo.
El os fortalecerá hasta el fin para que seáis
irreprensibles en el Día de nuestro Señor
Jesucristo. Pues fiel es Dios, por quien habéis sido
llamados a la comunión con su hijo Jesucristo, Señor
nuestro.
Durante los domingos de adviento no hacemos lectura
continua de ninguna carta de Pablo. Los tres textos
de cada eucaristía se seleccionan para que formen un
conjunto coherente.
Esta primera carta a los cristianos de Corinto la
escribe Pablo desde Éfeso alrededor de la Pascua del
año 57.
Es una carta para solucionar problemas (divisiones
entre los fieles, falsa sabiduría, incesto, recurso
a tribunales paganos, matrimonio y virginidad, la
carne inmolada a los ídolos, el orden de las
asambleas, los diversos carismas, la resurrección de
los muertos...) que se dirige a una comunidad ya
establecida, fundada por el mismo Pablo en el año 50
- 52, y que crece y se consolida en medio de una
ciudad cosmopolita, tumultuosa y abierta a todas las
corrientes del pensamiento.
El texto que hoy leemos es la introducción a la
carta. Pablo se dirige a una comunidad rica en dones
del espíritu, consolidada en su fe; desde el primer
momento eleva el plano de sus lectores haciéndoles
caer en la cuenta de quiénes son y cuál es su
situación como creyentes, llenos de los dones del
espíritu, poseedores del conocimiento de Jesús,
llamados a la comunión con Él.