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Un riesgo presente en la cultura occidental es el “considerar a los pueblos amazónicos únicamente como pobres social y económicamente, sin tener en cuenta la inmensa riqueza de sus lenguas, culturas y espiritualidad, poseedores de una sabiduría milenaria anterior al cristianismo”.

El jesuita habla de una preocupación del Sínodo, “no dejar a las comunidades católicas de la Amazonía perpetuamente sin Eucaristía y propondrá nuevas formas de ministros ordenados”.

“La tierra tiene sangre y se está desangrando, las multinacionales le han cortado las venas a nuestra madre tierra. Queremos que nuestro clamor indígena sea escuchado por todo el mundo”.

El Sínodo para la Amazonía se presenta como un momento lleno de riesgos y oportunidades, según Víctor Codina, uno de los colaboradores en la elaboración del Instrumento de Trabajo, que debe ser dado a conocer en los próximos días. La primera dificultad, según el jesuita afincado en Bolivia desde hace más de 35 años, está en el hecho de que “mucha gente, tanto de fuera como de dentro de la Iglesia, no sabe qué significa un sínodo, ni sabe qué es la Amazonía, ni ha oído hablar que haya un sínodo sobre la Amazonía”.

Junto con eso, “otro riesgo es pensar que se trata de un problema puramente territorial y local que no interesa al resto de la humanidad”, afirma Codina, a lo que añade el hecho de desconocer otros riesgos como la minería (ilegal y legal), petroleras, madereras, monocultivos, megaproyectos hidráulicos, agrotóxicos, narcotráfico, grupos armados, agresiones a la cultura e identidad indígena. Todo eso provoca expulsión, marginación, persecución y asesinatos de los pueblos originarios.

La depredación de la Amazonía con el aval de los gobiernos, que “conceden estos territorios a las multinacionales para grandes ganancias económicas”, puede llevar a que “se sientan amenazados por el sínodo y lancen campañas en contra”, según el jesuita, algo que en parte ya se está llevando a cabo, criticando teorías científicas que advierten sobre el cambio climático y posturas eclesiales que defienden la casa común y los pueblos originarios. Uno de los más atacados, es el Papa Francisco, reconoce Codina, de quien se leen y escuchan cosas que le califican de “comunista y hereje, ingenuo, tercermundista, que antes de aconsejar a otros, comience por reformar la Iglesia manchada por los abusos sexuales”.

Un riesgo presente en la cultura occidental es el “considerar a los pueblos amazónicos únicamente como pobres social y económicamente, sin tener en cuenta la inmensa riqueza de sus lenguas, culturas y espiritualidad, poseedores de una sabiduría milenaria anterior al cristianismo”, advierte Codina. De hecho él los considera como “una alternativa al mundo moderno que destruye la tierra y amenaza el futuro de nuestra casa común”.

Entre los pueblos de la Amazonía ha estado presente la Iglesia desde hace 500 años, “con sus luces y sus sombras, con el gran trabajo de misioneros”, recuerda Codina, quien insiste en que “ahora estos pueblos reclaman una superación de toda mentalidad colonial, el surgimiento de una Iglesia con rostro amazónico y un aumento de los ministerios ordenados para poder así atender pastoralmente a poblaciones muy dispersas”. En este punto, el jesuita habla de una preocupación del Sínodo, “no dejar a las comunidades católicas de la Amazonía perpetuamente sin Eucaristía y propondrá nuevas formas de ministros ordenados”.

Esta propuesta puede tener como riesgo “que se provoque una tensión eclesial entre los grupos más tradicionales y los más abiertos a estas nuevas necesidades que buscan, con audacia, nuevos caminos para la Iglesia”, reconoce Codina. De hecho, algunos ya se están armando ante esta posibilidad, sobre todo quien no conoce la realidad amazónica y no se preocupa por acompañar a los pueblos. Eso mismo también se puede decir, en su opinión, ante la posibilidad “de que los medios de comunicación desvíen su foco de atención de los temas ecológicos, siempre conflictivos, para concentrarse en la problemática intra-eclesial de la ordenación de varones casados y de los ministerios de las mujeres”, lo que ya pasó en el Sínodo de la Familia.

El jesuita presenta otros riesgos, como “que en el sínodo no se llegue a integrar lo ecológico con lo eclesial”, pues “todo está íntimamente conectado y la Iglesia desea la vida integral de las comunidades amazónicas” en todas sus dimensiones. También señala el de “no abordar suficientemente el tema de la misión y evangelización, de no profundizar el diálogo intercultural e inter-religioso, de no insistir suficientemente en el anuncio del Reino que Jesús promulgó”.

Por encima de los riesgos y dificultades, Víctor Codina ve que “este sínodo es un tiempo propicio para muchas oportunidades no solo eclesiales, sino mundiales”. En primer lugar destaca la importancia del proceso de escucha, que asegura “que la voz de la Amazonía tendrá amplia resonancia”. Junto con eso estamos ante “una oportunidad para aterrizar la doctrina de Francisco de la encíclica Laudato sí, evitando así que la ecología se convierta en una ideología abstracta”, y recordar de nuevo “la gravedad del actual sistema económico y político que genera marginación y muerte de los pueblos pobres y destruye la naturaleza. Y todo esto, a partir de escuchar el clamor de las víctimas de la periferia”, enfatiza el jesuita.

También será “una oportunidad para que la Iglesia haga sentir su voz profética y denuncie ante todo el mundo la necesidad de una conversión ecológica”, para “revalorizar la eclesiología de la Iglesia local de un territorio, con ministros autóctonos y una teología india”. Por eso, ve necesario “reflexionar la estrecha relación entre Iglesia y Eucaristía, pues sin Eucaristía no hay Iglesia, y no se puede condenar perpetuamente sin Eucaristía a las numerosísimas comunidades dispersas y alejadas”.

El Sínodo para la Amazonía ofrece otras oportunidades según Codina, como integrar lo ecológico y lo pastoral, dar a conocer la riqueza de la sabiduría de los pueblos indígenas y su armonía con la creación como alternativa al paradigma tecnocrático de nuestra sociedad de consumo y descarte. Junto con eso, profundizar en el concepto de ecología integral, de buen vivir, de sobriedad feliz. También para responder al pedido de las nuevas generaciones que ven cuestionado su futuro por el actual estilo de vida.

Por último, Codina ve una “oportunidad para profundizar y vivir la dimensión del Espíritu del Señor Jesús”, que hace de “la Iglesia una comunidad poliédrica que camina en salida”. Una oportunidad para “reconocer que todo esto sucede desde la periferia y la pobreza de pueblos amenazados y víctimas”. Por eso, debemos escuchar a los pueblos, que nos dicen: “La tierra tiene sangre y se está desangrando, las multinacionales le han cortado las venas a nuestra madre tierra. Queremos que nuestro clamor indígena sea escuchado por todo el mundo”.

Desde esta reflexión, el jesuita confía que “este sínodo, aunque posiblemente conflictivo dentro y fuera de la Iglesia, será un momento de gracia y de esperanza para la Iglesia y para la sociedad. Por esto pedimos la luz y fuerza del Espíritu Santo creador”.

 

Luis Miguel Modino

Religión Digital