col bennasar

 

El libro de la Buena Noticia, el evangelio, está lleno de “tapeinosis”. De historias de pequeñez llenas de grandeza. Me fascina la paradoja del evangelio.

Acaba de empezar el Adviento y todo un grupo de gente que hemos estado en un retiro de silencio sobre estos temas el fin de semana, nos hemos propuesto vivirlo como un camino de empequeñecimiento para llegar, progresivamente, a experimentar nuestra grandeza, la auténtica.

Nuestro contexto social es deplorable  en estos tiempos; por la lucha de poder y riqueza se está destrozando el planeta y a sus inmensas mayorías vulnerables y empobrecidas. Duele la tiranía en nuestro país, la falta continua de respeto a las mujeres, a los políticos que proponen diálogo para cambios de estructuras reales. También en la institución jerárquica eclesial, promesas de cambios hacia las mujeres que son cantos de sirena para calmar a un colectivo empoderado y al que parece temen porque si no fuera así ¿a qué tanta indiferencia?

Si hago como que no existes no tengo que atenderte y puedo hacerme la víctima de que digo 4 o 5 misas…pero si existes, y estamos en el siglo XXI, es lógico que repartamos trabajo, que cada uno responda de sus carismas, sin mirar si es varón o mujer, que repartamos sueldo si hay personas que trabajan tanto o más que los curas…y un sinfín de preguntas sin respuesta, porque no existimos, porque no saben cómo tratarnos e incorporarnos.

¿Qué puede significar ser profetas y profetisas en el mundo de hoy? Sugiero que un modo, entre otros, puede ser aceptar en nuestras vidas el proceso de ir dejando para acoger, de ir silenciando para sentir el silencio y poder tocar el misterio  alguna vez en la vida.

Reconozco que tengo ganas, que me atrae, y por ello, opto con algunas personas, por bajar de estatus canónico, tener menos importancia, y luchar muy respetuosa y pacíficamente, desde dentro por la igualdad real en la comunidad que estamos construyendo de mayoría mujeres, hombres, familias. Somos pocas pero fuertes. Sencillamente cultas y convencidas de que tenemos algo que ofrecer, que decir, que hacer.

Me vibran las entrañas cuando siento que hoy podemos ser Isabel, María, Zacarías, José. Dejar lo patriarcal, como ellos, y Zacarías hasta que no lo dejó permaneció mudo, y abrirnos al misterio de la absoluta pequeñez, del total olvido de todos porque “no pintamos nada”. Eso dice un obispo de nosotras, ¡qué gracia!  ¡Qué bien!

Pero ¿puede ocurrir que sea la pequeñez escogida y abrazada la cuna del profetismo actual como lo fue en los orígenes del evangelio?

Y ¿cómo podemos llegar a una pequeñez escogida y aceptada?

Si te invitan desde dentro, a hacer silencio, posiblemente te estén indicando un camino de vaciamiento y de desinstalación.

Es lo que observamos en los personajes que Lucas nos pone como inicio de su relato evangélico. Una virgen, porque era fiel, otra estéril que dio a luz al primer profeta del nuevo testamento.

Ambas, como tú y como yo, buscaban a Dios en sus vidas. Y Dios, el misterio, las inundó de su presencia viva y tangible porque eran “tapeinosis”, insignificantes y por ello con una gran capacidad de acoger, engendrar, gestar vida  y más vida y la Vida misma.

Pero sí con un porcentaje de desinstalación alucinante en sus vidas. Lucas los pone a todos en camino, gestando, buscando piso, huyendo perseguidos por miedo, por envidia, por ser ilegales…un horror como el de los refugiados y el de tantas personas en Africa, latinos en USA expulsados… un horror.

Adviento nos inunda de todo eso y nos hace pensar que hay que sentir el embarazo de la humanidad desinstalada, empobrecida y con ellas caminar, denunciar, rezar, acoger. Y desde el silencio más hondo, no callar.

Bajar de estatus para acoger la grandeza de formar parte del misterio, asumir la desinstalación y el olvido. Y seguir adelante. Vivir un poco del Adviento incómodo, real, sin edulcorantes y calefacciones potentes, cerca de todos sin diferencia, creando comunidad de iguales, con respeto y mucho silencio, para que el diálogo surja y tenga sentido.

Y así ser portadoras y portadores de la Vida de Dios, para nuestro hoy.

 

Magdalena Bennásar Oliver

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