col velasquez

 

La pregunta me la hizo una buena amiga, en una conversa telefónica. Ella, habiendo participado en instancias relevantes de la Iglesia, conoció por dentro demasiadas contradicciones. En su vida se dejó interpelar por esa propuesta de seguimiento de Jesucristo que implica ser Iglesia. De aquello quedó muy dañada.

Luego vino esa larga e interminable seguidilla de escándalos por abusos, encubrimiento e impunidad. Más tarde la visita del Papa, sus desconcertantes declaraciones, el Informe Sclicluna y su plan de enmienda expresado en su carta a los obispos chilenos.

Y ahora con las expectativas del atrinque Pontificio a los obispos, los soplonajes curiales, la caza de brujos contra los engañadores del Papa y las supuestas bajas y ascensos episcopales que despiertan el carrerismo del clero. Con ese historial de sucesos, ella me declaraba solemnemente, "he dejado de ser católica".

Luego, ella me preguntaba.

"Y tú, ¿sigues siendo católico, en medio de toda esta mugre?"

Yo, con la misma convicción que ella, le dije, "sí, sigo siendo católico". Agregué que, "es cierto que no hay muchos motivos para perseverar, pero creo que ésta es hora de la voluntad, no de los sentimientos ni de las emociones".

La conversa me dio esa privilegiada oportunidad para dar razón de mi fe.

Es cierto que el panorama es desolador, y en estos días lo ha sido de manera más patética. De hecho, luego de la carta del Papa a los obispos chilenos, la Iglesia ha quedado expuesta al más flagrante adulterio, nada menos que públicamente ante la sociedad.

El espectáculo que brindan no pocos católicos ha sido evidente. Desde la más alta jerarquía, a la más subversiva resistencia laical han dejado expuestas sus motivaciones, poco evangélicas por cierto. Habiendo sido herida profundamente esa amistad espiritual que supone la eclesialidad, los hechos han dejado en evidencia esa verdad oculta que no aflora en tiempos de normalidad.

Así, las declaraciones de algunos obispos han sido elocuentes. De hecho, hace unos días escribí una carta personal a un arzobispo que anhela ser Cardenal. Fue una honesta y estricta corrección fraterna. Su indiferencia, expresada en su falta de respuesta, revela que nada se ha aprendido de esta verdadera tragedia griega que vive la Iglesia chilena.

En la alta jerarquía, las grandes decisiones eclesiales, como la elección de los Papas, se organizan a través de grupos de poder conocidos como “cordadas”.

Así también, en algunos miembros de ese laicado chileno -supuestamente maduro y organizado- se han activado, con no poca impudicia, verdaderas cordadas de lobby eclesial, para conseguir ciertos nombramientos episcopales y para sepultar otros.

Incluso algunos, queriendo conseguir obispos perfectos, han propuesto el nombramiento del ayudante de monseñor Scicluna para obispo de Osorno. Es una pérdida absoluta de la compostura eclesial, que deja un triste testimonio público de cara a la sociedad.

Es lamentable que algunos representantes de ese laicado, así como se organizaron con justicia y con conciencia moral para denunciar y resistir la imposición de un obispo reprochable, se inmiscuyan ahora en las más bajas tretas del poder eclesial, para conseguir propósitos personales y de grupo.

Da pena que mientras se critica a la “Iglesia poder”, se organicen para conseguir alguna cuota de ese mismo poder demonizado. Asimismo, aquellos que con refinados argumentos combaten a ese clericalismo ruin, terminen desvelándose en aquello que simboliza la esencia de ese mal rampante, como es la ascensión episcopal.

Se trata de un panorama revelador de que la crisis de la Iglesia chilena es más profunda y compleja que la imaginada.

Luego, caído el vetusto árbol de la Iglesia, tengo nuevas y poderosas razones para seguir siendo católico. Sí, porque más allá de ese bien silencioso que hace la Iglesia, y del que en otro momento fui beneficiario agradecido, hoy, estoy convencido que la Iglesia debe ser reconstruida, no desde Roma ni desde la jerarquía, sino desde ese pueblo de Dios, que movido por la fuerza de su Espíritu, se levante y asuma esa tremenda y trascendente responsabilidad de poner a esta derruida Iglesia por los edificantes y esperanzadores caminos del Evangelio.

Esa es tarea de todos, de justos y pecadores, porque la misión última de ésta y de todas las iglesias, es alentar la esperanza.

 

Marco Antonio Velásquez