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Creo que es un error frecuente identificar lo religioso con lo sagrado. Lo religioso trata de socializar lo sagrado, aunque no siempre sea ese su objetivo; pero lo sagrado rebasa ampliamente lo religioso.

Lo religioso se concreta en el culto organizado a un ser superior, personal o impersonal, -designado como Dios o Diosa- mediante creencias, normas y ritos, dirigidos por una jerarquía.

Lo sagrado se refiere al reconocimiento y respeto espontáneo a un valor superior, que trasciende nuestros intereses, y es universalmente reconocido, aunque sin explicaciones o normas establecidas. La sabiduría popular ha sabido identificarlo sin entrar en definiciones, y no duda en afirmar que el amor, la dignidad, los derechos humanos... hasta los pactos, son sagrados.

Y no se trata de que el lenguaje popular hable de sentimientos, no de conceptos, y por eso confunde la realidad de las cosas. Creo, por el contrario, que la sabiduría popular intuye la realidad de las cosas, incluso donde los conceptos no son capaces de explicarla.

La actitud popular vive el amor o la justicia como algo nuestro, pero que al mismo tiempo nos supera; algo que nosotros no podemos cambiar, algo que nos dignifica cuando lo asumimos. Sin una definición conceptual ni rituales específicos, ese reconocimiento y respeto es un encuentro con lo trascendente. Y por lo tanto es algo sagrado.

Lo sagrado puede ser vivido en forma religiosa o laica, porque lo contrario a sagrado no es lo laico sino lo profano. Un ateo, que rechaza al Dios definido por las religiones, puede reconocer y respetar los valores sagrados, incluso mejor que sus vecinos religiosos; es laico, pero no es profano. Profana sería una actitud agresiva contra esa vivencia de lo sagrado, tanto si es de una imagen religiosa o de un cementerio civil.

Jesús consideró que el Templo de Jerusalén estaba siendo profanado, pero no se refería a Herodes o Pilato, sino a los sacerdotes que se beneficiaban de unas ofrendas y unos sacrificios religiosos. No eran solamente aquellos “gentiles” los que profanaban el Templo; era la institución religiosa la que lo estaba profanando.

No profanó Jesús el Templo cuando lo maldijo y anunció su destrucción, sino que expresó de esta forma su profundo respeto y amor por lo sagrado. Al rebelarse contra el Templo, Jesús actuó por su “celo” sagrado contra la institución religiosa.

 

Gonzalo Haya