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V. El cuidado de la inteligencia espiritual, para una visión integral.

Es indudable que “espiritualidad” es una palabra gastada. La visión dualista que contraponía lo “espiritual” a lo “material”, en detrimento de este último, así como su apropiación indebida por parte de la religión, explican que, apenas se nombre, ese término provoque reacciones de rechazo.

Debido a ello, se empiezan a usar otras palabras no contaminadas que, sin embargo, rescaten el contenido valioso que con aquella se quería expresar. Así, por ejemplo, en el campo educativo, se habla de “educación de la interioridad”, mientras que en otros ámbitos se prefiere hablar de “cualidad humana profunda”, “dimensión de profundidad”, “nivel transpersonal” o, sencillamente, “no-dualidad” [1].

Con todo ello, se quiere aludir a aquella capacidad del ser humano que, trascendiendo lo mental, nos sitúa en condiciones de experimentar la respuesta adecuada a la pregunta fundamental, de la que depende todo lo demás: “¿quién soy yo?”.

Hemos visto que, para la mente, no somos sino el yo individual, una estructura psicosomática, definida y delimitada. Una vez asumida esa identidad, lo que de ella nace es individualismo, egocentrismo y constricción (sufrimiento).

Si queremos superar ese engaño, es necesario ir más allá de la mente; utilizar el otro modelo de cognición, el no-dual, único capaz de operar fuera del mundo de los objetos. A eso es a lo que nos referimos con la expresión “inteligencia espiritual”.

Entendemos por ella la capacidad –toda inteligencia es una capacidad– de responder adecuadamente a las necesidades espirituales (necesidad de sentido, de armonía, de libertad, de paz, de plenitud, de felicidad, de amor, de unidad, de compasión, de verdad, de bondad, de belleza…); capacidad de separar la consciencia de los pensamientos, reconociendo que somos más que la mente; capacidad de percibir la unidad profunda de lo Real y la Unidad que somos.

Sobra decir que la espiritualidad de la que aquí hablamos no tiene nada que ver con la religión. Esta sería, en el mejor de los casos, un “mapa” que apunta hacia aquel “Territorio”, que no es otro que nuestra verdadera condición humana. De ahí que “espiritualidad” sea equivalente a “plenitud humana”.

Pero parece evidente que hasta que no transitemos ese “territorio” de nuestra verdadera identidad, será imposible superar la crisis adecuadamente. Porque de ella no se sale a fuerza de voluntarismo, sino gracias a la comprensión de quienes somos y, en consecuencia, desapropiados de nuestro ego. Pues, como ha escrito John R. Price, “hasta que no trasciendas el ego, no podrás sino contribuir a la locura del mundo”.

 

Enrique Martínez Lozano

Boletín Semanal