col aradillas

 “Cachondeo” es palabra académicamente correcta, un tanto vulgar, usada con relativa frecuencia por el pueblo y a la que, porque sí, no debería tacharse de malsonante y ya está. Merecedoras o merecedores de este dictamen serán las obras a las que se corresponde y califica, como en el caso de la justicia-injusticia y de su administración, oficial o privada.

Tal es el caso de esta reflexión. Como nota obviamente preliminar, está de más referir que, como en el caso de RD, sus lectores no están instalados “por la misericordia de Dios” en el “horario infantil”, sino al menos a las puertas de la fe adulta, la forzada malsonancia para algunos –pocos– exquisitos de la palabra culta, no deberá resultar pecado ni siquiera venial.

Broma, burla, guasa, gracia

La palabra de mi referencia expresa y se relaciona con los contenidos de sus sinónimos, idénticos a los de “broma, burla, guasa, gracia”, además de los de “desorganización, desbarajuste o falta de seriedad”, con la tranquilidad de conciencia religiosa de que la fonética – “conjunto de sonidos de una lengua” – carece de la importancia que la mayoría destacan y cuidan.

La administración de la justicia que rige y ordena la convivencia entre los seres humanos, es en gran proporción y medida, un cachondeo. Prestándole aquí y ahora atención a la justicia eclesiástica, los prefijos “super” y “ultra” les encajan a la perfección con tanto o mayor acierto y vergüenza. Es ejemplarizante la sugerencia del papa Francisco orientando el desarrollo de determinados pleitos y procesos, no precisamente hacia la jurisdicción eclesiástica, sino a la civil.

Cuanto se ha relacionado y se relaciona con capítulos plenamente eclesiales como los de la pederastia, curas y monjes abusadores, secularizaciones clericales y nulidades matrimoniales testimonian ante propios y extraños irregularidades que les roban a la justicia el más leve anhelo y aspiración a su condición de santa y de ajustada al bien de la colectividad, sobre todo si sus posibles beneficiarios son los pobres. También Nuestra Santa Madre la Iglesia, por lo que respecta a la administración de la justicia que se dice “divina”, –en esta y en la otra vida–, a los ricos les aplica códigos distintos, mucho más favorables que a los pobres.

"Miedo religioso"

La fragilidad humana, la falta de preparación de los administradores curiales, su condición irreductible de hombres célibes y varones, el convencimiento integral de su poderío –“¡ordeno y mando!" –, y de hacerlo todo “en el nombre de Dios” y como su representante en la tierra, “coram pópulo”, con tratamientos y hábitos misteriosos, el miedo “religioso por parte de los “reos pecadores”, imposibilita no pocas denuncias contra las injusticias de la administración de la justicia eclesiástica.

Aducir –“con la que está cayendo hoy en la Iglesia” – casos concretos, sería tarea demasiadamente facilona y sin trabajo alguno. Los profesionales de la información se encargan, día a día, de esta labor, para la que les sobran espacios, además de secciones, titulares y grados, en los respectivos medios de comunicación a los que sirven, por supuesto que con los avales de la correspondiente documentación judicialmente refrendada.

En casos descaradamente frecuentes, la administración de la justicia eclesiástica es no solo un cachondeo, sino una deslealtad contra la teología, la Iglesia y frontalmente contra en santo evangelio. El papa Francisco se encarga de efectuar esta denuncia, aunque tal vez, todavía, con demasiada lentitud. Los obispos, super-obispos, burócratas, funcionarios sin preparación y sin “calles”, ordenancistas, esclavos de cánones ya decrépito y periclitados, alejados de la realidad de la vida, erigidos en “defensores de la fe, de la moral y de las buenas y cristianas costumbres”, de las que por otra parte con indignidad, provocación y alevosía, no pocos se muestran y comportan como fieles-infieles “devotos”.

Institución "corruptible"

No consuela, sino desconsuela aún más, revisar la historia de la sagrada liturgia, uno de cuyos apartados está dedicado a la aplicación de las santas misas, y en el mismo aparecen los esquemas de las celebraciones eucarísticas, “contra malos epíscopos”, así como “contra iúdices inicuos”. El dato no es obsequioso, sino bochornoso, para la institución eclesiástica, ni para la civil, una y otra, humanas por naturaleza y presuntamente “corruptibles”, o ya corruptas en la práctica.

La coincidencia judicial de los obispos de Lérida y de Barbastro-Monzón en los tribunales civiles, litigando por la propiedad de las ciento once obras de arte procedentes del monasterio de Sijena, resulta ser espectáculo nada ejemplar en la España de los pleitos, sin faltarle además condimentos de carácter político, autonómico e independentistas.

 

Antonio Aradillas

Religión Digital