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DEBEMOS RECUPERAR LA FIGURA DE JOSÉ COMO PADRE

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Lc 2,41-52

Recordemos la extraordinaria influencia de la figura de San José en nuestra religión durante siglos. Si echamos un vistazo a la iconografía religiosa que ha llegado hasta nosotros, veremos que es, con mucho, la figura religiosa más representada después de Jesús y de María. Hace medio siglo, todavía la fiesta de San José era el día en que más gente iba a Misa, más gente confesaba y más gente comulgaba. Esa devoción se perdió porque la Iglesia no ha sabido actualizar un discurso que hoy no se creen ni los que lo siguen predicando.

Hoy día, todos los exégetas están de acuerdo en que los, así llamados, “relatos de la infancia” de Mt y Lc, no son historia, sino relatos fantásticos que tratan de asumir unos mitos ancestrales, cristianizándolos en el primer cristianismo. Pero también es verdad que, aunque se coincida en las premisas, son pocos los que se atreven a sacar las conclusiones. Seguimos teniendo miedo a la verdad. El evangelio nos dice: la verdad os hará libres. ¿Será que no interesa que la gente se libere? Con ello descubriríamos que el mensaje, que quiere trasmitirnos el evangelio, es más profundo de lo que estamos acostumbrados a pensar.

En aquella sociedad el cabeza de familia era el padre. Seguir diciendo de José que era el esposo de María, no tiene ni pies ni cabeza. Ni las mujeres ni los niños eran tenidos en cuenta. El mismo evangelio nos dice: “eran unos cinco mil, sin contar mujeres y niños”. Tampoco tiene sentido seguir diciendo que Jesús es hijo de María, porque sería no decir absolutamente nada de Jesús. Era precisamente la madre la que llegaba a ser alguien si un hijo llegaba a ser una persona importante. Solo tenía sentido decir: “Es la madre de Fulano”.

Seguir entendiendo la paternidad de Dios sobre Jesús de manera biológica es distorsionar el mensaje hasta el ridículo. Atribuir a seres humanos una procedencia divina no es, ni mucho menos, original del cristianismo. De más de 40 personajes anteriores a Jesús se ha dicho que nacieron de madre virgen. Era un intento de explicar lo extraordinario de un ser humano que sobrepasaba la condición humana. Si un ser humano tenía capacidades que los demás no tenían, se debía a la acción de Dios. Claro que esa afirmación solo se hacía después de comprobar su vida y milagros, es decir o al final de su vida o después de su muerte.

Es un poco ridículo pensar que todos estaban equivocados y que solo en el caso de Jesús era verdad. Es mucho más lógico pensar que fue precisamente esa tradición mítica la que indujo a los primeros cristianos a decir lo mismo de Jesús. En la experiencia pascual, y no antes, descubrieron los seguidores de Jesús el verdadero significado de su Maestro. Esa vivencia no se podía describir con palabras, pero encontraron en el imaginario colectivo las ideas que les permitieron expresar lo que descubrieron en Jesús. Una vez que fueron conscientes de lo que era Jesús, tenían más motivos que nadie para proclamarlo Hijo de Dios.

Los prejuicios al acercarnos a la figura de Jesús son un obstáculo para conocerle. Que en Jesús reside la plenitud de la divinidad y la plenitud de humanidad no se puede comprender racionalmente. La razón solo conoce a base de contrarios. Sabemos lo que es el día por oposición a la noche. La mente no puede concebir una realidad compuesta de contrarios. Para conocer que Jesús es, a la vez, humano y divino, tenemos que ir por el camino de la vivencia, donde los contrarios dejan de serlo. Ahora bien, Jesús es humano y divino.

Aquí tenemos el secreto para desvelar la verdadera grandeza de José. Él fue el responsable de esa humanidad. José enseñó a Jesús el camino de su plena humanidad y de esa manera hizo posible la plenitud de divinidad. En aquella sociedad, los niños eran un estorbo y dependían absolutamente de la madre mientras lo eran. A los doce o trece años, el padre los tomaba por su cuenta y les enseñaba a ser hombres. La madre no podía cumplir esa tarea, porque ella misma era ignorante. Ni siquiera se les enseñaba la Torá. Que José cumplió perfectamente esa misión lo descubrimos por qué Jesús fue capaz de llegar a donde llegó.

Recordemos que en aquella cultura, la relación padre-hijo se establecía, sobre todo, por la capacidad de imitación del hijo. Era buen hijo el que salía al padre, el que imitaba en todo al padre. Ahora bien, si el padre de Jesús era José, tendría la obligación de tenerle como modelo. Pero si su Padre era solo Dios, su única obligación sería imitar a Dios. El descubrir su absoluta identificación con Dios, le llevó a la conclusión de que su único padre era Dios. Sus paisanos llegaron a decir: ¿no es este el hijo de José? ¿De dónde saca todo eso?

Jesús se atrevió a llamar a Dios “Abba”. Al llamarle Abba, utiliza la relación más entrañable que un ser humano puede experimentar, para aplicarla a Dios. Pero si Jesús no tenía experiencia de lo que significa esa relación humana, puesto que José no era su padre, lo que nos dice de Dios como Padre tendría muy poco valor. Sin una experiencia de padre terreno, nunca hubiera tenido elementos de juicio para expresar, con esa idea, lo que era Dios para él. Solo en José pudo encontrar Jesús el modelo de padre para aplicárselo a Dios.

Jesús es obra del Espíritu Santo. Lo dice el evangelio, y no solo en los relatos de la infancia. Pero el verdadero ser de Jesús no está en lo biológico. En Jn, Jesús dice: Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es Espíritu”. Nosotros, empeñados en seguir diciendo que del Espíritu nació la carne. Pero no basta nacer de la carne, sino que “hay que nacer de nuevo”. Como todo ser humano, Jesús tiene una vida biológica y una Vida espiritual. La vida espiritual es la misma Vida de Dios. En ese ámbito, Jesús es plenamente Hijo de Dios.

Para descubrir la de José debemos aceptar que todos somos únicos e irrepetibles. Todos tenemos una misión que cumplir. Dios está involucrado en esa misión. Si pongo mi parte alcanzaré el objetivo. José cumplió esa misión. La prueba está en lo que fue Jesús. Nada de pensar en fenómenos extraordinarios. Ni ángeles ni sueños que puedan hacer pensar en especial trato por parte de Dios. Dios no puede tener privilegios de ningún género con nadie. Dios no tiene nada que dar excepto él mismo. Se da a todos infinitamente, totalmente.

Cuando la realidad sobrepasa nuestras expectativas, tendemos a explicarla acudiendo a la intervención divina. Pero esa intervención de Dios nunca viene de fuera sino desde dentro y acomodándose a la manera de ser de cada criatura. Esa acción de Dios nunca puede ser percibida por los sentidos. Ni José, ni María, ni Jesús jugaron su partida con un comodín en la chistera. Además, la persona sometida a esa intervención espectacular nunca podría ser modelo para el resto de los mortales. Por eso es tan importante recuperar la normalidad de María y de José, y descubrir lo que tienen de extraordinario en la manera de ser fieles a Dios.

Volviendo a la figura de José, lo único que nos dice el evangelio de José, es que era justo. Este adjetivo, de profundas raíces bíblicas, nos quiere decir que era recto, íntegro, auténtico, bueno, etc.; todo lo que podemos encontrar de positivo en una persona humana. Pero todo dentro de la más absoluta normalidad. Todas las tonterías que se han dicho, acerca de su elección para una misión extraordinaria, no tienen ni pies ni cabeza. La misión de José ni es más ni es menos importante que la de cualquier ser humano. Lo verdaderamente importante es que cumplió su misión. Eso es lo que quieren decirnos los relatos del evangelio.

Recordar a un padre modelo de sencillez de entrega, es siempre motivo de alegría para todos los miembros de la familia. Fijaos que estamos hablando de “relaciones”. No puede haber padre sin no hay hijo y no habría hijo si no hay padre. Esto es más importante de lo que parece. En esa interrelación vamos forjando nuestra humanidad. La familia es el marco privilegiado de esas relaciones. Debemos aprovechar al máximo las oportunidades que nos da ese marco familiar para que todos los “enmarcados” podamos crecer en humanidad.

 

Fray Marcos

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