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Fecha de Creación (Inicio - Fin)

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ISAÍAS 9, 1-3 y 5-6 / TITO 2, 11-15

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NOCHEBUENA

ISAÍAS 9, 1-3 y 5-6

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande.

Habitaban tierras de sombras y una luz les brilló.

Acrecentaste la alegría, aumentaste el gozo:

se gozan en tu presencia como gozan al segar,

como se alegran al repartirse el botín.

Porque la vara del opresor,

el yugo de su carga y el bastón de su hombro

los quebrantaste como el día de Madián.

Porque la bota que pisa con estrépito

y la túnica empapada de sangre

serán combustible, pasto del fuego.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado:

lleva a hombros el principado y es su nombre:

maravilla de Consejero, Dios guerrero,

Padre perpetuo, Príncipe de la Paz.

Para dilatar el principado con una paz sin límites

sobre el trono de David y sobre su reino.

Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho

desde ahora y para siempre.

El celo del Señor lo realizará.

Esta canción de Isaías es probablemente un himno litúrgico, propio de la entronización de un rey. Sube un nuevo rey al trono de David, y se le proclama como Rey Ideal, luz del pueblo, libertador, Príncipe perfecto. Es la esperanza del pueblo, presencia de la Justicia de Dios. El pueblo sabe que su destino depende del Rey, presencia de Dios, capaz de llevar al pueblo a cumplir la Alianza o de estropearlo todo y poner en peligro la Promesa.

La Iglesia ha visto siempre en este texto un anuncio perfecto de Jesucristo, plenitud de esta esperanza, presencia de la liberación de Dios. Ningún rey histórico de Judá ni de Israel fue así. Históricamente este canto fue sólo un sueño, una esperanza. En Jesús es un cumplimiento, un sueño hecho realidad. Dios con nosotros es el Reino, la realización de todas las esperanzas.

 

TITO 2, 11-15

Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo. Él se entregó a nosotros para rescatarnos de toda impiedad, y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras.

Pablo presenta a Jesús como el final, la culminación de la manifestación de Dios. Ha aparecido la gracia, la abundancia, la superación de la mera justicia. Ha aparecido alguien en quien podemos ver a Dios como es, Salvador entregado a los hombres por amor.

Pablo indica también nuestra respuesta: renunciar a la vida sin religión, a la vida dedicada sólo a esta vida, aguardando la dicha que esperamos. Esto es lo que constituirá el Nuevo Pueblo: sus señales de identidad son aceptar la Buena Noticia de Jesús y responder con una vida dedicada a las buenas obras. Pablo es un maestro de síntesis perfectas. Hay en él párrafos en que nada falta y nada sobra. Y éste es sin duda uno de ellos.

 

José Enrique Galarreta, S.J.

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