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LA FALTA DE VOCACIONES EN ESPAÑA

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Los presagios en los alrededores de los Seminarios, en el día consagrado a tan santa idea y a sus patrocinadores, no pueden ser hoy más aciagos e infaustos. Lo son también los datos y las estadísticas, al igual que las inclinaciones o tendencias sociológicas. Es posible que las siguientes consideraciones contribuyan a enmarcar la realidad de un problema de tanto relieve e importancia en la Iglesia

El hecho cierto y seguro es que el punto de referencia para cualquier planteamiento serio y formal, es que faltan vocaciones para el sacerdocio. No hay vocaciones, ni la proporción de los que ya son sacerdotes se sienten cómodos y satisfechos en el ejercicio de su ministerio y en la relación con la jerarquía, así como que la edad media de sus vidas ronde ya, o sobrepase, las lindes de la jubilación laboral o profesional.

En recientes encuestas, aún con carácter oficial, se reconoce la existencia ya de alguna diócesis en la que no hay ni un solo seminarista. En otras, por mucha piedad con la que se ofrezcan e interpreten las cifras, estas resultan obviamente negativas, comprobándose además el destino que hoy tienen los seminarios diocesanos o conciliares, cerrados unos, y otros dedicados a menesteres sin ninguna relación con la formación sacerdotal.

Las causas de la falta de vocaciones son muchas y de signo diverso. Fácilmente explicables unas, y otras, no tanto. Aunque de todas maneras no son un misterio, aunque lo sea para algunos, el hecho de que, pudiendo contar con seguridad al término de la "carrera", con un trabajo "religioso", al servicio de la comunidad, aunque a medias remunerado, pero con considerable categoría social -"las fuerzas vivas de la localidad"-, ni echando la red a diestra o a sinistra mano, "se pesca" una vocación que se corone con la consagración sacramental.

¿Que cuanto se relaciona con el celibato, la pobreza, la obediencia y otros condicionamientos disuaden a muchos a no dejarse "pescar"? No creo que solo estos elementos expliquen que, al paso que vamos, dentro de poco, estén el peligro de desaparecer el colectivo clerical...

¿Que los procesos de secularización hoy imperantes, lleguen ya, o estén a punto de llegar, a borrar de la haz de la tierra los valores y comportamientos exigidos por la fe en Dios y el servicio al prójimo? No parece veraz tan dramático diagnóstico y apreciación, en unos tiempos en los que tiene amplio eco en la sociedad también lo religioso, suscitando interés tanto personal como colectivamente.

¿Que a lo que hemos tradicionalmente llamado y considerado "religioso" - y aún eclesial y eclesiástico-, ni lo fue, ni lo es en realidad evangélica, ni menos, avalado por los ejemplos de vida de sus representantes aún canonizados o canonizables? Es posible que tal apreciación tan generalizada, objetiva y real, aporte elementos válidos para formarse un elocuente y adoctrinador criterio cercano a la realidad de los hechos...

Por cierto que la apertura al sacerdocio de las mujeres que así lo prefieran, al igual que los llamados sacerdotes "secularizados," sean "redimidos" para el ministerio, al igual que el celibato opcional, y la masiva importación vocacional de otros países habrían de contribuir en la solución del problema. Pero que conste que en estas contingencias no está su raíz.

Esta se encuentra en gran parte, proporción y medida en la falta de profundización de la teología del laicado, de los evangelios y del santo bautismo, en la desaparición de cualquier gesto o aparato del "carrerismo eclesiástico", en la limitación de la burocracia, supresión de la "casta" y en la terminante decisión de engrosar y enriquecer los museos diocesanos con las colecciones de báculos, mitras, incensarios, jaculatorias, no pocos devocionarios, "capas magnas", mucetas cáligas, edictos, "cartas pastorales", códigos y titulitis... A los jóvenes y a quienes de verdad viven la actualidad, el lenguaje de tantos misterios, signos y símbolos paganos, no les resulta mínimamente religioso, por lo que recusan ser un día sujetos y objetos de los mismos. Su imaginación y su lógica no se lo permiten.

"Pedir por las vocaciones sacerdotales..." Pedir, es decir, rezar todo, y más, de lo que se pueda y se quiera... ¿Pero pedir y recabar limosnas para su mantenimiento...? Hoy, los seminarios -colegios mixtos-, que quedan son, y están concertados, por lo que la contribución estatal está asegurada, al igual que las becas. Simultanear los estudios "eclesiásticos", con los técnicos o profesionales, es -debiera ser- de precepto.

No puedo dejar de reseñar la estampa-propaganda "antiseminario" proporcionada estos días por un arzobispo "imputado", investigado, sermoneando a la salida de un tribunal acerca "del padre que debe velar por no disgregar a sus hijos", y con la cruz pectoral colocada en el retablo de su pecho, reconociendo, al menos, que "no les habían sido ajenos los comportamientos oscuros y misteriosos de un determinado cenáculo clerical de su diócesis"

¿Qué opinar acerca de las parroquias "regidas", no por los sacerdotes formados y "educados" en los "seminarios diocesanos conciliares", sino por los religiosos, que lo fueron en sus Casas-Noviciados respectivos, con criterios, métodos, pedagogía y procedimientos pastorales específicos de las Órdenes- Congregaciones Religiosas para las que se sintieron vocacionados? Además de reconocer y valorar el esfuerzo exigido para su adecuación y estilo en el trato con los feligreses, inédito para ellos, lamento que solo, o fundamentalmente el hecho se deba a la falta de vocaciones "diocesanas" en unos, y de actividades "religiosas" en otros, con lo que a sus respectivas Órdenes y Congregaciones les resulta posible perpetuarse unos años más en su gloriosa y santa historia, y en el ideario y reglas de sus santos fundadores, con la esperanza de que algún día, y a su favor, puedan serles más propicios los tiempos. La tentación de convertir las parroquias en dependencias - capillas de sus estatutos, también habrá de ser tenida en cuenta dentro del organigrama diocesano.

 

Antonio Aradillas

Religión Digital

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