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LA BIBLIA NO ES “PALABRA DE DIOS”

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La Biblia no es Palabra de Dios; los evangelios no son Palabra de Dios, las Encíclicas de Juan Pablo II o de Francisco no son Palabra de Dios; el Credo no es Palabra de Dios.

Dios inspira su espíritu en la conciencia del cristiano, del judío, del musulmán, del budista, y del ateo; otra cosa es que le escuchemos, o no. Como dijo Pedro:

“Realmente, voy comprendiendo que Dios no discrimina a nadie, sino que acepta al que lo respeta y obra rectamente, sea de la nación que sea” (Hechos 10,34-35).

Interpretar el mensaje de Dios

La dificultad está al traducir el mensaje de Dios en conceptos y en comportamientos humanos. Jesús había anunciado que les transmitiría su espíritu a los discípulos; ¿cuándo y cómo lo cumplió? Para expresar la importancia de tal acontecimiento, Lucas compone la escenografía de Pentecostés, con estruendo, lenguas de fuego y glosolalia. Juan, que escribe después de Lucas, lo expresa en forma menos aparatosa pero más íntima, con una aparición y un soplo semejante al de la creación del primer hombre. Los discípulos no entenderían muy bien lo que les enseñaba el espíritu porque tuvieron que discutir mucho para ponerse de acuerdo sobre continuar con la circuncisión o prescindir de ella.

El espíritu de Dios estaba, y está, en todos los humanos desde nuestro nacimiento; lo que nos falta es dejar que esta presencia se vaya manifestando en las personas y en la sociedad.

Traducir con nuestras palabras ese manifestarse de Dios no es como traducir del arameo o del griego al castellano; que ya es difícil: “traduttore traditore”. Sería algo así como traducir la música en el lenguaje jurídico. Rûmî y San Juan de la Cruz tradujeron la inspiración de Dios al lenguaje de la poesía; más decepcionante fue traducir esa inspiración a conceptos, como vemos al comparar la poesía de “El Cántico espiritual” con la explicación del mismo san Juan de la Cruz.

Nuestro cerebro está hecho para explicar el mundo en que vivimos y no podemos renunciar a esta tarea porque necesitamos un “Manual de instrucciones” que nos ayude a entender el mundo y la sociedad para manejarnos en ellos, tanto en la manipulación física, como en las relaciones sociales, o en la contemplación de la belleza.

La consideración de los libros sagrados como palabra de Dios ha sido útil para organizar la convivencia social y política de los pueblos, y para dar consistencia a sus gobiernos pero, en el desarrollo histórico, la mayor parte de esta misión ha ido pasando a la sociedad civil, que se ha fortalecido y ha tomado conciencia de esa misión, en su legislación, protección social, educación, y demás aspectos de nuestra convivencia.

Por otra parte, el auge de la cultura científica, y últimamente de la hermenéutica, nos obliga no sólo a matizar sino a reformular la creencia sobre el origen de esos libros sagrados. Algunos relatos bíblicos se contradicen con actuales descubrimientos arqueológicos y, lo que resulta más grave, se contradicen entre sí o se contradicen con la más elemental ética actual.

En una conferencia comencé leyendo este texto del Primer Libro de Samuel

Así dice el Señor de los ejércitos: Yo castigaré lo que hizo Amalec a Israel al oponérsele en el camino cuando subía de Egipto. Ve, pues, hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos (1Sam 15,3).

¿Alguien se atreve a decir que esto es palabra de Dios? La orden de matar a los niños de pecho no es palabra de Dios; atribuirla hoy a Dios sería una blasfemia. Aniquilar a los enemigos actuales y futuros fue una táctica de un exaltado nacionalismo en una época muy atrasada en la evolución de la conciencia.

En el mismo sentido es conocida la carta que un oyente envió a la locutora Laura Schlessinger, que había reprobado la homosexualidad basándose en un texto del Levítico 18,22. En esta carta el oyente le pide la interpretación de diez textos del Antiguo Testamento, desde uno que le permite vender a su hija como esclava (Éxodo 21,7) hasta otro que le impide acercarse al altar si tiene un defecto en la vista (Levítico 21,18-20).

Importancia de los libros sagrados

El teólogo dominico Edward Schillebeeckx decía que “la Biblia es palabra humana sobre Dios”. La liturgia termina la lectura del evangelio reconociéndolo como “Palabra de Dios”; creo que debería cambiar esta expresión, porque esta afirmación, repetida y una otra vez en un ambiente sagrado, tiene una enorme eficacia de convicción subliminal. Y esta convicción mantiene a los participantes alejados, o enfrentados, a una cultura y a una fe adulta.

La Biblia no es palabra de Dios. La Biblia, como otros libros -sagrados, filosóficos, poéticos, o legislativos- nos transmite palabras humanas surgidas de la experiencia de personas con un avanzado nivel de conciencia que, en un determinado momento, han orientado a sus pueblos hacia mejores relaciones morales, sociales y espirituales. La Biblia, y todos los libros sagrados, son valiosas antologías de destacadas experiencias religiosas y éticas.

Dios, la Realidad inmanente y trascendente, no se manifiesta directamente en los libros sagrados; se ha manifestado en la conciencia humana, y esta experiencia ha sido traducida a los libros sagrados, inevitablemente mediante los conceptos culturales de su época, y con más o menos acierto. Igualmente la teoría de la relatividad o la teoría cuántica han llegado a los libros por medio de los descubrimientos realizados por los científicos.

¿Qué hacemos, pues, con la Biblia? Por lo pronto sacarla del rincón de la biblioteca -o de la vitrina en la que se mantiene respetuosamente encerrada- y leerla paulatinamente, porque los cristianos tenemos en ella las raíces de nuestra espiritualidad, con momentos éticos y místicos extraordinarios. Necesitaremos sin embargo alguna Introducción o Comentario, que nos ayude a situar su contexto histórico y su progresiva evolución ética y cultural.

El Nuevo Testamento es más breve y algo más comprensible para nuestra cultura. En él encontraremos las diversas tendencias que surgieron sobre la interpretación del mensaje de Jesús; tendencias que fueron poco a poco reajustadas – o suprimidas- para que encajaran en una teología común, para iglesias muy dispersas, con culturas y circunstancias sociopolíticas muy distintas. Una lectura atenta y bien documentada de estos escritos del Nuevo Testamento será el mejor camino para la vuelta a un pluralismo religioso, como exige nuestra conciencia actual.

Los evangelios son lectura imprescindible de todo cristiano para volver a Jesús; el riesgo que corremos es que, al leerlos, proyectamos sobre ellos las explicaciones que venimos oyendo desde nuestra primera comunión. Tenemos que leer el evangelio desde los signos de los tiempos y desde nuestra conciencia.

¿Qué nos dicen los evangelios sobre el papel de la mujer en el movimiento de Jesús? ¿Lo alteró Pablo al decir que el resucitado se apareció primero a Pedro? ¿Lo interpreta bien la teología actual al excluir a la mujer del sacerdocio? ¿Qué papel concedió Jesús al sacerdocio oficial y al culto en el templo? ¿Cómo consideraba Jesús la riqueza, el poder, y los signos de prestigio?

Tenemos que escuchar la palabra de Dios (mejor, el mensaje de Dios) en nuestra conciencia. Y para descifrar este mensaje será fundamental el ejemplo y las palabras de Jesús, y su resonancia en nuestra comunidad; también las palabras de otros expertos y sabios, antiguos o actuales, y el sentir del pueblo sencillo, de cualquier cultura o religión.

La mejor hermenéutica ya la nos la enseñó Jesús: ¡Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios!

 

Gonzalo Haya

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