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POR UNA TEOLOGIA INTERCULTURAL Y ANTI-ZOMBI

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Recién iniciadas las clases en el Instituto Superior de Pastoral me sorprenden una vez más sus rostros y acentos y también, lo digo con dolor, su género: mayoría masculina. Capto su atención, su interés y esfuerzo por aprender que les ha les ha hecho cruzar fronteras y les ha traído desde lugares remotos a nuestro Centro. Una pregunta me interpela en este inicio de curso ¿Cómo pensar y hacer juntos/as una teología que nos despierte u ayude a despertar a otros y otras del sueño de la cruel inhumanidad y más intercultural y descolonizadora? ¿Cómo hacer y pensar y hacer una teología que no nos haga zombis ante los desgarros del planeta y la condición humana?

En la historia y más aún en la de la iglesia la diferencia ha estado vista bajo sospecha y amenaza, quizás como lastre heredado de una teología trinitaria más al servicio de un Dios todo poderoso y controlador que del Dios-Relación, comunidad de amor, que asume e integra diferencias sin asimilarlas, como nos revela Jesús en el encuentro con la mujer sirofenicia o la samaritana

Un Dios que rompe con todo exclusivismo religioso y cultural y al que se le rinde culto en espíritu en verdad, allí donde emerge la autenticidad, la transparencia, donde brilla lo más auténtico del ser humano, lo más hondo. Un Dios cuyo culto y adoración no está vinculado a un lugar físico o un espacio privilegiado sino más bien a una actitud indispensable, una posición existencial imprescindible: la honradez con lo real, la reverencia ante el misterio de proximidad en que se encarna y a hacerlo en espíritu y en verdad, lo cual es posible para cada ser humano, cada pueblo, y cultura de la tierra.

Por otro lado la globalización y la movilidad humana nos desvelan una verdad que nos sigue costando reconocer y asumir: no somos hijos e hijas únicas ni nuestra cosmovisión es superior a otra. La identidad de un pueblo, una cultura, una religión no es una realidad estática sino dinámica y precisamente sólo en el diálogo y el tejido de las diferencias desde el entramado de la vida compartida se pueden desarrollar aspectos inéditos que las culturas, los pueblos y las espiritualidades y las personas portamos seminalmente (AD 11).

Porque la diferencia es también algo que llevamos dentro. Es también lo que todavía no ha sido escuchado profundamente, mirado, acogido. Es una posibilidad por estrenarse en la danza de la vida entendida como relación e interdependencia. Por tanto la diversidad no es una amenaza para la comunión sino justo su condición. El misterio de trascendencia e inmanencia que llamamos Dios es una realidad viva en el arco iris de la humanidad y del cosmos y no una verdad estática encerrada en un dogma. Como afirma Panikker la verdad es siempre relacional y cada ser humano y cultura es una fuente ontónoma de auto comprensión.

El mundo, la vida, el misterio en el que somos, nos movemos y existimos (Act 17,28) no puede ser completamente visto e interpretado través de una única ventana. Somos contingentes y contingencia significa precisamente eso: que tocamos nuestros límites: tangere y que lo ilimitado nos toca tangencialmente cun tamgere[1]. Es urgente superar el etnocentrismo y descolonizar la teología, la convivencia y la vida cristiana en general. Necesitamos vivir una fe que sea más católica en el sentido más original del término, precisamente no más romana y occidentalizada, sino más intercultural.

La palabra interculturalidad es introducida por primera vez en las ciencias sociales en 1959, por Edward T. Hall para referirse a la comunicación entre culturas. Con ella se pretende reaccionar frente a una concepción de la cultura centrada más en los valores abstractos que en los hechos y que se auto-comprende a sí misma como universal y normativa en oposición a otro “subalterno”, “no civilizado”, “bárbaro” al que hay que educar, evangelizar, integrar, en definitiva asimilar.

Hoy entendemos la interculturalidad como una forma de vida consciente en la que se va fraguando una toma de posición ética a favor de la convivencia con las diferencias. La interculturalidad es una actitud y un enfoque filosófico que a pesar de reconocer sus centros intenta ir más allá de todo centrismo apostando por no conceder privilegios a priori a ningún sistema conceptual o tradición

La interculturalidad como un sentir emergente en la teología promueve la conciencia de igualdad y reciprocidad entre la diversidad de culturas, la interacción y comunicación simétrica buscando diálogo entre iguales y sin jerarquizaciones previas. Su punto de arranque es por tanto la apertura a la pluralidad de textos y contextos considerados todos ellos como fuente de conocimiento y sabiduría y el atrevimiento a repensar de nuevo la propia tradición a la luz del diálogo crítico con otras tradiciones

En un contexto histórico en el que los fundamentalismos emergen con fuerza también bajo formas de xenofobia y racismo institucional y se pretende imponer el pensamiento único ya sea como macdonalización del mundo o desde el modelo BVA, es decir blanco, varón y adinerado, como modelo de plenitud y éxito de lo humano la interculturalidad es imprescindible para revertir y subvertir la globalización y su mandato hegemónico que es fuente de asimetrías y subalternidades que fracturan lo humano, las culturas, las religiones y la convivencia.

¿Cómo pensar y hacer juntos y juntas una teología más interculturalidad y descolonizadora, una teología que no nos haga zombis, sino que nos ayude a despertar y a despertar a otros y otras del sueño de la cruel inhumanidad… Sigo pensando mientras contemplo a mis alumnos de pieles oscuras y acentos diversos en mi primer día de clase…

 

Pepa Torres

[1] R. Panikkar, el diálogo indispensable, El diálogo indispensable. Paz entre las religionesPenínsula, Barcelona, 2001, p.41

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