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Tema 3:

Espiritualidad esencial: amor-justicia liberador

(La regla de oro, principio liberación)

 

 

Objetivo

 

Supuesta una básica «deconstrucción» de los obstáculos abordados anteriormente, tratamos ahora  de encontrar la base fundamental desde la que reconstruir una espiritualidad abierta, básica, universal y universalizable, más allá de los dos «fundamentalismos» deslindados en las dos  unidades anteriores. Concretamente,  nosotros lo encontramos sobre el principio del amor-justicia liberador, que para nosotros actualiza la «regla de oro» expresada por la mayor parte de las religiones.

 

 

Desarrollo del tema

 

Dentro de la densa y trabajada historia espiritual de nuestro continente, la profunda crisis actual nos obliga a volver nuestra mirada hacia lo más esencial, lo más básico de la experiencia espiritual. Coincidentemente, encontramos en todas las grandes religiones un principio llamado comúnmente la «regla de oro», «trata a los demás como quisieras que te trataran a ti», que en todas ellas es proclamado como el núcleo «a lo que se reducen la Ley y los Profetas».

 

Esta regla parece formar parte de la sabiduría humana más elemental y más profunda. Tiene la apariencia de un mínimo ético común, que podría ser reconocido como la plataforma para el diálogo y la convivencia realmente humana entre las diversas culturas y religiones. Siendo un mínimo, no deja de ser una aspiración «máxima», pues de hecho ese principio es negado todos los días en la convivencia social del planeta.

 

Pero esta regla de oro es algo más que ética: es también vivencia espiritual. No es sólo de hecho la clave conductual para la convivencia social y pacífica, es también la experiencia más intensa de la vivencia espiritual en la relación interhumana.

 

En nuestra tradición de origen judeo-cristiano está especialmente claro: los profetas y Jesús ponen la praxis del amor no sólo como un mínimo ético, sino como el máximo criterio de cercanía y de experiencia segura de Dios: el que ama conoce a Dios, practicar la justicia es conocer a Dios, es el criterio del juicio escatológico, es lo que llega a poner a «extranjeros y paganos» por delante de creyentes y de sacerdotes, es el verdadero culto, en el templo y en la religión de la vida, la de los verdaderos adoradores...

 

Dentro de nuestra tradición se ha llegado a decir: en Jesús, la manifestación de la humanidad de Dios culmina en su proclamación de la regla de oro (E. STAUFFER)...

 

Para nosotros, además, la regla de oro es una ancestral intuición espiritual, que sólo en el pasado siglo XX terminaría por desarrollarse y ser captada en toda su plenitud: la opción por los pobres (OP), una opción apasionada y radical por el amor-justicia, vivida como experiencia de Dios en la carne más humana de la historia.

 

En Europa, si el cristianismo quiere sobrevivir sólo puede ser místico, pero con una mística vivida en al amor-justicia liberador encarnado en la historia humana. Ésta nos parece ser hoy la forma religiosa más elemental y más inmune a los actuales desafíos de desconstrucción religiosa, la propuesta espiritual más práctica y más compatible entre las diversas religiones.

 

En algún sentido, atravesamos en Europa la misma experiencia que en el comienzo de la edad moderna. En una sociedad religiosamente monolítica, en la que la confesión religiosa formaba parte de la ideología política, la ruptura del cristianismo en distintas confesiones hizo la convivencia imposible, en cuanto el disidente religioso era inevitablemente enemigo político.

 

Las guerras de religiones diezmaron el Continente, hasta que se encontró una nueva base para el contrato social: el yusnaturalismo, el derecho natural, depurado de toda adherencia teológica discutible religiosamente. La nueva base del contrato social se encontró en la dignidad humana, al margen y previamente a cualquier consideración religiosa o teológica.

 

Hoy día, las religiones presentan un panorama semejante al de aquella sociedad de hace cinco siglos: cada una ha vivido en su mundo religioso cultural, excluyendo y descalificando a las otras. La convivencia entre las religiones sólo es posible si son recluidas a la esfera interior o privada, o si renuncian a dialogar y se limitan a yuxtaponerse sin compartir.

 

Para poder dialogar y compartir, para que los creyentes puedan entrar y salir libremente por las religiones, con múltiple pertenencia, beneficiándose sin limitaciones de las riquezas de unas y otras, es preciso encontrar también una nueva base común a todas, previa a las ulteriores diferenciaciones específicas de cada una.

 

Esa base común es la regla de oro, tomada  no sólo como un «mínimo ético» para posibilitar la convivencia, sino como un ambicioso «máximo programa de acción común» de las religiones: asumir la liberación de la Humanidad y de la Naturaleza como la aspiración máxima  a la que pueden aspirar, y en la que verificarán su éxito y se jugarán definitivamente su credibilidad.

 

Ese programa común tendría que estar suportado por una mística inter-religiosa, no confesional, profundamente humana, y en ese sentido natural, laica...

 

Desde nuestro punto de vista, la reconstrucción de la experiencia religiosa, luego de la deconstrucción experimentada, ha de partir de esta base segura.

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Preguntas para el debate

 

1ª Muestra tu acuerdo o desacuerdo con el planteamiento que se hace de la regla de oro como base de una nueva espiritualidad y civilización.

 

2ª ¿Crees que esta nueva espiritualidad exige la muerte de las religiones?

 

3ª ¿Qué tiene que ver la regla de oro y la opción por los pobres con la religión y las creencias?

 

 

Bibliografía

 

BOFF, Leonardo, El cuidado esencial. Ética de lo humano, compasión por la tierra, Trotta, Madrid 2002; Ética planetaria desde el gran Sur, Trotta, Madrid 2001.

 

VIGIL, J.M., ibid., cap. 13, «La regla de oro». Disponible en http://www.latinoamericana.org/tiempoaxial/index.html#5

 

KÜNG, Hans, Yes to global Ethic, SMC Press, London 1996; Ética mondiale per la politica e la economia, Queriniana, Brescia 2002.