Una aclaración sobre el aborto
‘Singulares’ de TV3 emitió una entrevista sobre temas
diversos, en el transcurso de la cual el periodista me
pidió la opinión como médico y como teóloga sobre la
píldora del día después y sobre el aborto.
A raíz de las respuestas que di a estas dos preguntas,
algunas personas me han criticado públicamente poniendo
en cuestión mi fidelidad a la Iglesia ya su legítimo
magisterio.
Personas de buena voluntad que se toman en serio tanto
el tema de la libertad de expresión y de pensamiento en
la Iglesia como el tema del aborto me han hecho llegar
su perplejidad ante estas críticas.
Incluso mi abadesa recibió una carta del cardenal Rodé,
prefecto de la Congregación para los religiosos, que
pide que manifieste públicamente mi adhesión a los
principios doctrinales de la Iglesia, lo que me dispongo
a continuación a hacer, al tiempo que aclaro con más
precisión de lo que permite hacer una entrevista
televisiva cuál es mi postura con respecto a este tema.
La Iglesia católica, a diferencia de otras Iglesias cristianas,
cuenta con una función magisterial, la cabeza de la cual
es el Papa, encargada de velar por la autenticidad de
las interpretaciones y las aplicaciones del mensaje
evangélico.
Esta
función magisterial debe ser respetada por todos los
bautizados católicos y de manera particular para todos
los teólogos católicos, pero este respeto no excluye la
manifestación pública de hipótesis razonables que puedan
hacer avanzar el magisterio eclesial según la voluntad
de Dios. A lo largo de la historia del Magisterio
católico, la importancia de la teología ‘desde abajo’ se
ha manifestado en varias ocasiones, muy particularmente
en cuanto a los dogmas marianos.
Ningún católico -sea o no teólogo- no debe tener miedo
de expresar de forma pública dudas razonables en
relación a un punto doctrinal, con la paz y la libertad
propia de los hijos de Dios, como aquel que se siente y
se sabe en familia, sin temer ser denunciado o
descalificado. Manifestar la propia duda de forma
prudente y razonable es una muestra de fidelidad y de
confianza. Es también una muestra de humildad y es
tomarse en serio la propia pertenencia eclesial y la co-responsabilidad
que ésta conlleva
Expondré a continuación cuál es mi duda en cuanto al
tema de la píldora del día después y del aborto.
Mi
duda no tiene que ver con el principio de defensa de la
vida como don de Dios. Con este principio estoy
plenamente de acuerdo: la santidad de la vida como don
de Dios debe ser respetada desde la concepción hasta la
muerte natural (Benedicto XVI). Mi duda es si puede ser
lícito según la moral católica violar el derecho de
autodeterminación de la madre para salvar la vida del
hijo.
El
derecho a la autodeterminación es un derecho fundamental
que protege la dignidad de la persona humana y prohíbe
bajo cualquier circunstancia y de forma absoluta que esa
persona pueda ser utilizada como objeto, como un medio
para conseguir un bien, aunque este bien sea salvar la
vida de otra persona o incluso de la humanidad entera.
El
derecho a la autodeterminación es tan sustancial y tan
absoluto como el derecho a la vida, de hecho, el derecho
a la autodeterminación es el derecho a la vida
espiritual: es lo que hace que la vida de las personas
sea reconocida como algo más que vida biológica. Nadie,
ni el Estado ni la Iglesia, tiene el derecho de violarlo
en ninguna circunstancia. Tampoco tiene nadie, ni el
Estado ni la Iglesia, ni la madre, el derecho de violar
el derecho a la vida biológica del feto. En ninguna
circunstancia.
El
derecho al aborto no existe. Lo que existe es una
colisión, un choque, un conflicto de dos derechos
fundamentales: el derecho de autodeterminación de la
madre por un lado, y el derecho a la vida del hijo de
otra.
Tres
precisiones respecto a lo que acabo de decir:
1. En
relación al derecho de autodeterminación: según la
antropología teológica cristiana el derecho de
autodeterminación no implica que las personas nos
encontremos en una situación neutra entre el bien y el
mal, ni tampoco implica que el bien se pueda identificar
con lo que se decide sin coacción externa.
Para
el cristiano, el Bien se identifica en última instancia
con Dios y con su voluntad de amor sobre cada persona.
El derecho de autodeterminación no es nada más -ni nada
menos- que la posibilidad de decir sí a Dios sin
que éste sí esté vacío de contenido. La libertad
humana no se puede identificar con el derecho de
autodeterminación, porque sólo somos libres en la medida
que decimos sí a Dios ya su proyecto de amor.
Los
puntos 8 y 9 de la Declaración sobre el aborto de la
Congregación para la Doctrina de la Fe (1974) afirman el
derecho a la autodeterminación así concebido y enfatizan
particularmente que la persona humana no se puede tratar
nunca como un medio para conseguir un bien, por más
elevado que este bien sea.
2. En
relación a la validez del planteamiento del tema del
aborto como un conflicto de derechos: este es el
planteamiento que hace el moralista especializado en
bioética Johannes Reiter, miembro de la comisión
teológica internacional nombrado por Juan Pablo II en el
año 2004 y renovado en el cargo por Benedicto XVI el año
2009 (cf. Reiter J, Keller R, ed.: Herausforderung
Schwangerschaftsabbruch. Friburgo 1992, pp. 74-75).
Después de plantear el tema del aborto como un conflicto
de derechos, el profesor Reiter concluye que el derecho
a la vida tiene siempre preeminencia sobre el derecho a
la autodeterminación.
3. ¿En
qué sentido se puede considerar problemática la
preeminencia del derecho a la vida por encima del
derecho a la autodeterminación? Esta preeminencia no
puede considerarse problemática en el sentido de cuál es
la voluntad de Dios (Dios quiere que usemos nuestra
libertad en bien de la vida), sino sólo en el sentido de
si es una preeminencia que pueda ser impuesta desde
fuera.
Para
ilustrar el conflicto entre el derecho a la vida y el
derecho a la autodeterminación podemos tomar como
ejemplo el caso del trasplante de riñón. Hay cientos de
miles de personas en el mundo (más de 75.000 sólo en los
EEUU de las cuales más de 3.000 mueren cada año) la vida
de las cuales podría ser salvada por medio de un
transplante renal.
¿Por
qué no aprobar una ley que obligue a las personas que
tengan riñones compatibles a ceder a estos enfermos para
salvarles la vida? El Estado podría aprobar una ley así,
la Iglesia católica podría excomulgar a los donantes
potenciales que rechazaran someterse extirpación, así
como a todas las personas que les apoyaran en aras de un
supuesto derecho de autodeterminación o de posesión del
propio cuerpo que atentaría directamente contra el
derecho a la vida de un enfermo inocente.
Hay
que tener en cuenta que hoy en día la extirpación del
riñón del donante se puede hacer por laparoscopia con lo
que la cicatriz que deja es mucho menor que la cicatriz
de una episiotomía, y hay que tener en cuenta también
que está demostrado que vivir con un solo riñón no
acorta la esperanza de vida del donante.
Si
Dios les ha dado un riñón compatible que ellos no
necesitan y que puede salvar directamente una vida
inocente, ¿en qué principio se puede basar la moral
católica para considerar lícito su rechazo a salvar una
vida?
Si
existe un principio moral que legitime este rechazo,
¿por qué no es aplicable este principio en el caso de la
mujer embarazada, especialmente si la vida de la madre
corre peligro o si el embarazo ha sido fruto de una
violación? Mi conciencia me hace plantear esta duda con
confianza y con toda honestidad.
Mi fe
me hace dejar constancia de mi obediencia al Magisterio
actual.
Teresa Forcades