A PROPÓSITO DE LA VISITA DEL PAPA
La reciente visita del Papa a España me ha sugerido
varias reflexiones.
1
Nunca hasta ahora había tenido tan claro el
convencimiento del engorro que significa el que el
Papa sea jefe de Estado.
Con este motivo he recordado que, hace un par de
años, estaba yo en Nantes de camino a España y en el
pequeño hotel en que pasaba la noche me crucé en la
escalera con un lama. Por aquel encuentro exótico me
vine a enterar de que al día siguiente el Dalai Lama
iba a dar una conferencia en la ciudad.
Este hecho sin embargo no cambió la vida ciudadana
(estoy convencido de que habría algunas medidas de
seguridad) salvo por la presencia de algunos lamas
en las calles y plazas del centro. Y el Dalai Lama
es el jefe espiritual de millones de personas.
Cómo he lamentado ahora que el Papa no pueda
presentarse así, sin tener que ser recibido por los
Reyes, el gobierno y autoridades de todo tipo. Un
Papa que pudiera moverse con sencillez para visitar
a sus fieles no despertaría el rechazo que produce
en tantos la parafernalia actual.
Y dicho de pasada: ¿necesita el actual Pontífice
traer un séquito de treinta personas?
2
Cada vez me producen más incomodidad tantas palabras
que se dicen en la Iglesia sin que las avale ninguna
realidad. Así ocurre frecuentemente en las homilías
dominicales, en las que los predicadores dicen lo
que suponen que hay que decir, sin molestarse en
bajar a la tierra y ver si lo que proclaman sin
rubor alguno tiene un correlato real o consiste sólo
en sonidos vacíos.
Pues he vuelto a tener la misma sensación cuando el
Papa proclamaba en Santiago que había venido como un
peregrino. Todo el mundo entiende que un peregrino
es alguien que hace kilómetros andando, que soporta
el sol o la lluvia; en definitiva, que con su
esfuerzo físico -y también espiritual- se gana la
bendición que busca.
Pero quien llega a la meta en coche, por más que
allí le disfracen de peregrino, no puede
considerarse como tal y mejor que no lo diga.
“Palabras, palabras, palabras”, decia Hamlet.
3
La tercera reflexión tiene que ver con el lenguaje
de las autoridades religiosas. Cuando un obispo
emite alguna opinión en una pastoral o en otro
documento ¿habla un obispo o habla únicamente un
señor que resulta que es obispo?
En el segundo caso sus palabras no tendrán más valor
que el de los argumentos que las acompañen. Si, por
el contrario, es un obispo que habla como tal, sus
juicios pertenecen a eso que se llama el “magisterio
ordinario” que nunca he sabido qué valor real tiene.
Pues algo parecido podría decirse de las palabras
que el Papa va sembrando aquí y allá. Cuando, por
ejemplo, en el avión pronunció ese juicio tan poco
afinado sobre la situación española, todo el mundo
lo tomó como lo que era: un juicio de alguien mal
informado y poco sutil.
Pero si eso es así, vuelvo a preguntar lo de antes:
¿es un señor que opina pero resulta que es el Papa?
Una cuestión que sin duda tiene toda vigencia con
motivo de las opiniones del libro entrevista que
ahora aparece.
En ese contexto muchas veces he echado de menos en
la jerarquía un lenguaje testimonial. Parece que el
Papa y los obispos nunca sienten, nunca dudan, nunca
aventuran juicios con miedo de equivocarse. Si así
lo expresaran encontrarían más auditores.
Porque entonces podrían decir con Karl Barth: “hablo
de Dios pero el que habla es un hombre”.
4
Y queda algo más anecdótico pero que no carece de
importancia. Me estoy refiriendo al abucheo con que
recibieron a un ministro algunos asistentes a la
misa en la plaza del Obradoiro.
Se supone que los abucheadores eran católicos que se
preparaban para celebrar la Eucaristía y para
proclamar en el Padrenuestro que estaban dispuestos
a perdonar a sus enemigos (políticos, en este caso)
para que a su vez Dios les perdonase.
Su conducta falseó esa suposición, lo cual puede
llevarnos a variadas reflexiones. Una posible tiene
que ver de nuevo con el lenguaje en la Iglesia.
Conversión, perdón, reconciliación, fraternidad,
amor a los enemigos, son grandes palabras que se
usan en ella profusamente. Quedan muy bien para
ponerlas en los libros, recitarlas en las oraciones,
proclamarlas en las homilías. Pero parece que con
eso ya se ha cumplido. ¿Llevarlas a cabo? ¡Hasta ahí
podían llegar las bromas!
Carlos F. Barberá