SI ME RESPONDIERA EL PAPA
El Papa ha venido a España y los medios de
comunicación se han hecho eco de sus declaraciones
desafortunadas, ofensivas incluso. El Papa de Roma
ha hablado sobre el laicismo, la necesidad de una
nueva evangelización, la realización personal de la
mujer, el aborto, la eutanasia, los matrimonios
homosexuales y sobre todo lo que creyó oportuno.
Para eso era un invitado de honor y le asiste su
posesión absoluta de la verdad.
Descartadas por malintencionadas sus afirmaciones
relativas a la agresividad del laicismo vigente y su
equivalencia con lo acontecido en los años treinta,
los artículos leídos y las opiniones expresadas por
contertulios radiofónicos y televisivos coinciden de
forma unánime en que el Papa no ha hecho más que
predicar la doctrina esperada y siempre defendida
por la Iglesia a lo largo de los siglos. Nada ajeno
a ese cuerpo doctrinal podía pensarse.
El Papa queda así reducido al papel de mero
repetidor de una imagen sabida de antemano, fruto de
una supuesta revelación a través de las sagradas
escrituras y mantenida por la tradición como
cimientos de una fe inalterable. El Papa apela al
“derecho natural” y lo aporta como alimento de la
vivencia cristiana por los siglos de los siglos.
Cierra así todo devenir histórico. Las cosas son
como son y la historia queda vaciada de dinamismo
creador de futuro.
¿Pero pertenece a lo “natural” todo lo predicado
como surgido de lo natural? Este basamento como
matriz de humanidad no es un parámetro sostenible de
un proyecto existencial. El hombre no es un dato
empotrado en el tiempo, sino que su temporalidad lo
convierte en empresa de sí mismo, en tarea, en
quehacer. Vivir es asumir el ayer para configurar un
mañana.
Fundamentar el dogmatismo religioso en la revelación
es arrogarse, desde una inaceptable postura de
orgullo, la posesión exclusiva de la verdad
absoluta. La Iglesia se convierte en exclusiva y
excluyente, en lugar de ejercer como conciencia de
pueblo de Dios, peregrino entre la búsqueda y la
duda hacia su propia redención. Todas las religiones
aseguran hundir sus raíces en la revelación y esta
actitud debilita por sí misma tal aseveración.
Preguntemos:
¿Se puede fundamentar en la revelación divina o en
el “derecho natural” la existencia de una Iglesia
cuya jefatura es elegida por un aristocrático
colegio cardenalicio compuesto por príncipes
elitistas y no electos por ningún consenso de base?
¿Responde de verdad esta institución piramidal a una
consecuencia evangélica o a un estado de derecho
natural?
¿Es sostenible la imposición de leyes que exigen una
adhesión intelectual a dogmas indiscutidos por
indiscutibles?
¿Cómo puede ser el código de derecho canónico la
médula de la praxis vital al margen del mensaje
evangélico?
¿Cómo puede relegarse a la mujer hasta rebajar su
realización al trabajo en el hogar?
¿Cómo imponer la reproducción como finalidad
exclusiva del matrimonio por encima del amor y
condenar en consecuencia la unión homosexual?
¿Cómo evitar el elemento mágico asignándole a Dios
la aportación del alma en el momento mismo de la
concepción?
¿Dónde está Dios cuando la procreación no es la
consecución natural del acto amoroso?
¿De qué Dios se nos habla cuando se predica
resignación ante la pobreza, calculada por los
poderosos de la tierra. que acarrea una catarata de
muertes diarias en el mundo?
¿Qué Dios cristiano puede ser el que necesita del
dolor infinito del ser humano para sentirse a gusto
consigo mismo?
¿Tenemos que dar por sentado que la doctrina de la
Iglesia tiene que ser la que siempre ha sido? ¿En
base a qué esa involución inamovible?
No terminaríamos nunca de preguntar. Tal vez porque
el ser humano es siempre una pregunta sobre sí
mismo.
Rafael Fernando Navarro
Blog de Rafael Fernando Navarro