¡ABOLID LA LEY DEL
CELIBATO!
Abuso sexual masivo de niños y adolescentes por
parte de clérigos católicos desde Estados Unidos
hasta Alemania, pasando por Irlanda: se trata de
una enorme pérdida de imagen por parte de la
Iglesia católica, pero también es una revelación
de la profunda crisis por la que atraviesa.
Además de un 'mea culpa' por los abusos, la
Iglesia debería revocar la obligación de
soltería de los curas
En la Conferencia Episcopal Alemana, su presidente, el
arzobispo de Friburgo Robert Zollitsch, primero se
pronunció públicamente. Que calificara los casos de
abuso como "crímenes atroces" y, más tarde, la
Conferencia Episcopal pidiera perdón a todas las
víctimas en su declaración del 25 de febrero fueron
primeros pasos para superar la crisis, pero tiene que
haber más. La postura de Zollitsch demuestra,
evidentemente, una serie de consideraciones erróneas que
han de ser corregidas.
Primera afirmación: el abuso sexual por parte de
clérigos no tiene nada que ver con el celibato.
¡Protesto! Es indiscutible, sin duda, que este tipo de
abusos ocurre también en familias, colegios,
asociaciones y también en iglesias en las que no rige la
ley del celibato. ¿Pero por qué de manera masiva en la
Iglesia católica, dirigida por célibes?
Evidentemente, el celibato no es la única razón que
explica estos errores. Pero es la expresión estructural
más importante de una postura tensa de la Iglesia
católica respecto a la sexualidad, que se refleja
también en el tema de los anticonceptivos.
Sin embargo un vistazo al Nuevo Testamento muestra que
Jesús y san Pablo vivieron ejemplarmente sus respectivas
solterías para volcarse en su servicio a la humanidad,
pero dejando a cada cual plena libertad respecto a esta
cuestión.
En lo que al Evangelio se refiere, la soltería sólo
puede comprenderse como una vocación adoptada libremente
(una cuestión de carisma) y no como una ley vinculante
general. San Pablo se oponía rotundamente a los que, ya
entonces, defendían la opinión de que "bueno es para el
hombre no tocar mujer": "No obstante, por razón de las
inmoralidades, que cada uno tenga su propia mujer, y
cada una tenga su propio marido" (1 Corintios, 7, 1-14).
Según el Nuevo Testamento en la Primera Carta a Timoteo
"el obispo debe ser hombre de una (¡y no ninguna!) sola
mujer" (3, 2).
San Pedro y el resto de los apóstoles estaban casados
con sus ocupaciones. Para obispos y presbíteros esto
quedó, durante siglos, como algo que se daba por
supuesto e incluso prevaleció hasta el día de hoy, al
menos para los sacerdotes, tanto en oriente como en las
iglesias ligadas a Roma, así como en toda la ortodoxia.
Sin embargo, la ley romana del celibato contradice el
Evangelio y la antigua tradición católica. Merece ser
abolida.Segunda afirmación: es "totalmente erróneo"
achacar los casos de abuso a fallos en el sistema de la
Iglesia. ¡Protesto! La ley del celibato no existía aún
en el primer milenio. En el siglo XI, en Occidente, esta
ley se impuso por influencia de monjes (que viven en
celibato por decisión propia) y, sobre todo, del papa
Gregorio VII de Canossa, en contra de la clara oposición
del clero italiano y más todavía del alemán, donde sólo
tres obispos se atrevieron a promulgar el decreto. Miles
de sacerdotes protestaron contra la nueva ley.
En un memorial, el clero alemán alegaba: "¿Acaso el Papa
no conoce la palabra de Dios: 'El que pueda con esto,
que lo haga' (Mt 19, 12)?". En esta única declaración
sobre la soltería, Jesús aboga por optar libremente por
este modo de vida.
De esta manera, la ley del celibato -junto con el
absolutismo papal y el clericalismo forzado- se
convierte en uno de los pilares fundamentales del
"sistema romano". Al contrario que en la Iglesia
oriental, el celibato del clero occidental parece sobre
todo distinguirse del pueblo cristiano por su soltería:
un dominante estado social propio fundamentalmente
superior al estado laico, pero totalmente subordinado al
Papa de Roma.
El celibato obligatorio es el principal motivo de la
catastrófica carencia de sacerdotes, de la trascendente
negligencia de la celebración de la Eucaristía y, en
muchos lugares, del colapso de la asistencia espiritual
personal. Esto se disimula con la fusión de parroquias
en "unidades de asistencia espiritual" con sacerdotes
totalmente sobrecargados. ¿Pero cuál sería la mejor
promoción de una nueva generación de sacerdotes? La
abolición de la ley del celibato, raíz de todo mal, y la
admisión de mujeres en la ordenación. Los obispos lo
saben, pero no tienen valor para decirlo.
Tercera afirmación: los obispos han asumido suficiente
responsabilidad. Que ahora se tomen serias medidas de
ilustración y prevención es, evidentemente, bienvenido.
¿Pero no son acaso los propios obispos quienes tienen la
responsabilidad de todas estas decenas de años de
encubrimiento de abusos que, a menudo, sólo conllevaban
el traslado de los delincuentes con la más absoluta
discreción? ¿Son por lo tanto los mismos antiguos
encubridores ahora fidedignos esclarecedores, o acaso no
deberían incorporarse comisiones independientes?
Hasta ahora, ningún obispo ha confesado su complicidad.
Sin embargo, podría aducir que se limitaba a cumplir las
instrucciones de Roma.
Por motivos de secretismo absoluto, la discreta
Congregación de Creyentes del Vaticano se atribuyó en
realidad todos los casos importantes de delitos sexuales
por parte de clérigos, y fue así como esos casos de los
años 1981 a 2005 llegaron a la mesa del prefecto
cardenal Ratzinger. Éste envió, el mismo 18 de mayo de
2001, a todos los obispos del mundo, una ceremonial
epístola sobre los graves delitos (Epistula de delictis
gravioribus) en la que todos los casos quedaban
clasificados como "secreto pontífice" (secretum
Pontificium), cuya violación está penada con el castigo
eclesiástico. Entonces, ¿no podría esperar la Iglesia,
además, en un gesto de compañerismo para con los
obispos, un mea culpa del Papa? Y este gesto debería ir
unido a una reparación en virtud de la cual la ley del
celibato, sobre la que estaba prohibido discutir en el
Segundo Concilio Vaticano, pudiese ser examinada abierta
y libremente en la Iglesia.
Con la misma franqueza con la que, por fin, se están
superando los mismos casos de abuso, debería discutirse
también uno de sus orígenes estructurales más profundos,
la ley del celibato.
Los obispos deberían proponérselo al papa Benedicto XVI
con insistencia, y sin ningún miedo.
Hans
Küng
Traducción de Ana Berenique
El País,
13.03.10