ESPOSAS DE CURAS CATOLICOS
ESCRIBEN AL PAPA
17 de mayo de 2010
Al
Papa Benedicto XVI:
Quién escribe es un grupo de mujeres, de todas las
partes de Italia, que han vivido o viven todavía ahora
la experiencia de una relación con un sacerdote o un
religioso. Estamos acostumbradas a vivir en el anonimato
esos pocos momentos que el sacerdote logra otorgarnos y
vivimos diariamente las dudas, los temores y las
inseguridades de nuestros hombres, supliendo sus
carencias efectivas y sufriendo las consecuencias de la
obligación al celibato.
La nuestra es una voz que ya no puede seguir siendo
ignorada, a partir del momento en que escuchamos que se
reafirma la sacralidad de lo que no tiene nada de
sagrado, de una ley que se conserva sin atender a los
derechos fundamentales de las personas. Nos hiere el
desprecio con que desde hace siglos y en declaraciones
recientes se trata de silenciar el grito de hombres y
mujeres que sufren en el sudario ya rasgado del celibato
obligatorio.
Intentamos reafirmar –aunque ya gran parte de los
cristianos lo sepa– que esta disciplina no tiene nada a
que ver ni con las escrituras en general, ni con los
Evangelios en particular, ni con Jesús, que de ello
jamás habló.
Todo lo contrario. En cuanto podemos saber, a Él le
gustaba rodearse de discípulos, casi todos casados, y de
mujeres.
Nos diréis que también Jesús vivió soltero y el
sacerdote simplemente se configura a Él con su elección.
Está bien, una elección. Pero una norma no puede ser
nunca una elección, si no es forzando su sentido. Si
además se la define como carisma, no puede por tanto a
ser impuesta ni exigida, mucho menos por el Señor, que
nos ha querido libres, porque el amor es libertad, desde
siempre.
¿Es, por lo tanto, razonable pensar que Él pretendiera
negar ciertas expresiones de amor y libertad a algunos
de sus discípulos?
Son bien sabidas comúnmente las razones que, con el
tiempo, impulsaron a la jerarquía eclesiástica a
introducir esta disciplina en el mismo sistema jurídico
canónico: el interés y la conveniencia económica.
Después, a lo largo de los siglos, todo ha sido adobado
con una cierta dosis de misoginia y de hostilidad hacia
el cuerpo, las pulsiones psicológicas y sus exigencias
primarias.
Es por tanto una ley “humana”, en el sentido amplio del
término. Y hay que partir de esta evidencia, para
preguntarse si, como en todas las leyes humanas, en un
cierto momento histórico, no será necesario volverla a
plantear y modificar o incluso, cómo deseamos, a
eliminarla del todo.
Para hacer esto, es necesaria mucha humildad y mucho
valor para desligarse de las lógicas del poder y
descender con sinceridad al mundo de los hombres al que,
guste o no, también pertenece el sacerdote.
Citamos a Eugen Drewermann (“Clérigos. Psicodrama de un
ideal”, Trotta, 1995).
“Se neutraliza toda la esfera de los sentimientos
humanos a favor de la decisión del poder. De todo la
gama de posibles relaciones humanas sobrevive sólo un
tipo de relación: la que corresponde al orden y la
sumisión, el ritual del amo y el siervo, la abstracción
y la reducción de la vida al formalismo de la
observancia de determinadas instrucciones”.
No es un asunto de tener más tiempo para dedicarlo a los
otros, como expresa la más repetida entre las
innumerables frases que utilizan los que afirman que el
clérigo no debe y no puede tener una compañera, sino más
bien el rechazo de la idea de que él pueda disfrutar de
una presencia sentimental más íntima y personal.
De hecho, continúa Drewermann,:
“La
identificación obligatoria con el papel profesional no
le permite vivir como persona y no le queda otra
posibilidad que fingir el calor humano, la cercanía
emocional, la comprensión pastoral, la empatía, haciendo
simulaciones, en vez de vivirlo de manera auténtica”.
Según esta visión institucionalizada, el sacerdote se
realiza en su ministerio, a través del orden sagrado,
sólo como soltero y para toda la vida. Pero la decisión
presumiblemente libre de un joven, entusiasta de la gran
propuesta que piensa haber recibido, no presupone que su
profunda adhesión al mensaje de Jesús no pueda crecer,
madurar, cambiar e incluso se exprese mejor, en un
cierto punto, a través de un presbiterado casado.
Simplemente es esto lo que sucede, lo que no se está en
condiciones de ver ni de valorar plenamente.
Una elección de este tipo no puede ser inmutable, y no
se trata ni de una traición ni, mucho menos, de una
caída o una infracción, porque el amor no va en contra
del amor. Y el sacerdote, como cualquier ser humano,
tiene necesidad de vivir con sus semejantes, de
experimentar sentimientos, de amar y de ser amado y
también de confrontarse profundamente con el otro, cosa
que difícilmente está dispuesto a hacer por el temor de
exponerse al peligro.
Esto es lo que estamos viviendo. Y como si este sistema
eclesiástico, con sus reglas, lograra aprisionar la
parte más sana de todos nosotros.
¿Qué sucede, de hecho, si el sacerdote se enamora?
Puede escoger:
1. Sacrificar las propias exigencias y los propios
sentimientos, así como los de la mujer, a favor de un
“bien más grande” (¿cuál?)
2. Vivir la historia en clandestinidad, con la ayuda y
la complicidad de los mismos superiores a veces; es
suficiente que no se llegue a saber y que no se dejen
vestigios (es decir, hijos)
3. Colgar la sotana, expresión usual que define la
elección de alguien que no puede más, es decir, de un
traidor.
Cada una de estas opciones les provoca un dolor grande a
las personas implicadas, que, vayan las cosas como
vayan, tienen mucho que perder.
¿Y cuáles son las opciones de la mujer?
1. Inmolar las propias exigencias y los propios
sentimientos a favor de “un bien más grande” (en este
caso, el bien del sacerdote)
2. Aceptar vivir la historia en secreto, pasando el
resto de su vida a la espera de que el sacerdote pueda
dedicarle algún pellizco de su tiempo, momentos robados,
sacrificando el sueño de una historia junto a un hombre
“normal”
3. Soportar el peso de quien obligó al sacerdote a
“colgar la sotana”, aparte de compartir el peso de su
presunto “fracaso”. Un sacerdote que se sale es
considerado como “quien no logró llevar adelante la gran
renuncia necesaria”, y por lo tanto es de algún modo
marginado. Y esto es una cosa difícil de soportar, para
alguien que está convencido de ser “un escogido, uno que
recibió una llamada especial”, un alter Christus, que
con un gesto y unas palabras consagra, transforma la
naturaleza de las cosas… perdona y salva.
¿Es
posible renunciar a todo esto? ¿Y para qué?
Para
una vida normal de la pareja, que suena a asunto banal
en comparación con los poderes que el “funcionario de
Dios” puede ejercer a través del orden sagrado.
Y, sin embargo, una de las frases más recurrente de los
sacerdotes a sus “compañeras”, lo resume en pocas
palabras: “te necesito para ser lo que soy“, es decir,
un sacerdote.
¡No se asombre, Santidad! Para lograr ser testigos
efectivos de la necesidad del amor tienen necesidad de
personificarlo y vivirlo plenamente, de la forma que su
naturaleza lo exige. ¿Es una naturaleza enferma?
¿Trasgresora?
Si se entiende bien, esta expresión manifiesta la
urgencia de ser también parte de un mundo a dos, de
poder ejercitar ese derecho natural y fundamental de
quien a menudo la iglesia institucional habla en
solemnísimas encíclicas, reservado por supuesto
únicamente a los laicos, y negado a los clérigos, que
llegan a ser tan sobrenaturales, tan separados de todos
los otros, que no logran ni distinguir lo que les rodea.
¿Pero es posible que Usted no logre ver que el sacerdote
es un ser dolorosamente solo?
Tiene un montón de cosas que hacer, que le llenan el día
y le vacían el corazón. A menudo ni se da cuenta de
ello, aprisionado como está de las liturgias y de los
deberes de su oficio.
Y puede suceder que entre sus conocidos haya una persona
especial que parece, ya desde la primera mirada, hecha
expresamente para calentarle el corazón, completando y
enriqueciendo también el ministerio. Y esto es
simplemente lo que sucede frecuentemente.
Pero la disciplina eclesiástica le dice “No, tú has sido
escogido para algo mucho más grande”. Y se siente
culpable, porque no es capaz de imaginar algo más grande
de lo que está experimentando. Y se fía de la obediencia
que ha prometido, pensando que representa la voluntad de
Dios, su plan para él y para los que son como él. El
heroico célibe vuelve por lo tanto al estrado de una
institución que lo pretende así y que incluso ha
dispuesto ya una promoción a cambio de la necesaria
separación.
¿Y
toda esta ruina en nombre de qué amor?
Lo que hace ocultar, lo que hace renunciar, lo que hace
mal, no es el amor del Padre. Citamos finalmente una
conclusión de Drewermann:
“El Dios de quien hablaba Jesús quiere precisamente lo
que la Iglesia católica hoy teme más que nada: una vida
humana libre, feliz y madura, que no nace de la
angustia, sino de la confianza obediente y que es
liberado de las limitaciones de la tiranía de una
teología tradicional que prefiere buscar la verdad de
Dios en las escrituras sagradas antes que en la santidad
de la vida humana”.
Antonella Carisio,
Maria Gracia Filippucci,
Stefania Salomone…
junto a otras,
también en nombre de todos quienes sufren a causa de
esta ley injusta.
[Tomado de
www.ildialogo.org]
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