TESTIMONIOS     

                             
                              

 

                             cristianos siglo veintiuno
ÍndicePágina Principal

 

  

 

 

Sin los pobres no hay salvación

 

 

 

PRONTO cumplirá 70 años este teólogo que entró en los jesuitas a los 18. Que viajó a El Salvador hace ya 50. Y que por encontrarse en Tailandia dictando una conferencia, se salvó de ser asesinado a sangre fría en 1989 por agentes del Estado salvadoreño, un ataque en el cual seis de sus compañeros jesuitas y dos mujeres murieron asesinadas.

 

– Viene y va, de Europa a Centroamérica, de Bilbao a San Salvador. ¿Cómo nos ve, cómo nos siente?

 

– En la península Ibérica noto un buen vivir, un buen pasar vacaciones. Pero ¿nos preguntamos si es normal que mientras aquí vivimos bien, o sea normal, que en África haya muertes y tragedias? Si eso se ha normalizado, si eso es lo normal, constato que el mundo va a la debacle. A nosotros, europeos, no nos puede parecer normal.

 

– Las diferencias entre África y Europa parecen insalvables. ¿Qué pueden hacer los europeos?

 

– Cambiar la mirada. Todos quieren ganar cuatro “óscar” en lugar de dos. Pues yo quiero ganar menos. Algo de eso. Porque a mí me da miedo ese lenguaje de “vamos a mejorar las cosas”, “vamos a superar limitaciones”. ¿Es que nadie tiene audacia por lo menos a nivel del lenguaje para decir la verdad?

 

– Usted defiende otro modelo de sociedad, otro mundo.

 

– Ellacuría ya decía hace 18 años que “estamos en una sociedad gravemente enferma”, a pesar de Internet, a pesar del I+D, “y eso es porque es una sociedad que da prioridad a producir capital, a acumular capital”. Y Ellacuría añadía que “a eso hay que darle la vuelta”. Ahora la gente protesta porque el AVE está en aquella ciudad y no en la mía. Es comprensible. Pero necesitamos una sociedad en la que el motor de la historia no sea el capital, en la que el sentido de la historia sea el trabajo y vivir en austeridad para que podamos ser solidarios. No da para todos, así que austeridad. Y esa solidaridad nos traerá gozo. Debemos intentar ser radicalmente distintos.

 

Fe y Justicia, se llama su conferencia de Bilbao. ¿Cómo relaciona usted a las dos?

 

– La injusticia es situar a otros cerca de la muerte. Está la muerte lenta de los pobres, fruto de la opresión. Luego está la muerte violenta de la represión. Respecto a la fe es muy difícil ponerla en palabras, y más en lugares como la península Ibérica. La fe es… cómo diría… como un aliento. Un aliento de vivir más allá de lo que somos, en contra de nuestros miedos, de nuestras pequeñeces. La fe es aceptar agradecidamente ese aliento, que yo le llamo Dios, padre de nuestro señor Jesucristo. La fe da aliento para ser humanos y hacer justicia.

 

– Habla de Dios, pero supongo que sabe que tiene aquí a muchos lectores ateos para los que usted es una inspiración.

 

– Yo hablo para quien me escuche y no le pregunto si es creyente o no. Sé que en Euskadi hay ya más gente no creyente. Pero quiero decir que si uno habla de Jesús de Nazaret medio bien es normal que cualquier ser humano aproveche eso, porque Jesús formó parte de una humanidad buena.

 

- Ellacuría y Romero siempre van con usted. Allí donde está, ellos le acompañan.

 

–Me gusta hablar del Ellacuría olvidado. Se conoce al Ellacuría no violento, al negociador. Pero luego está el Ellacuría olvidado, el que habló de “pueblos crucificados”, el que habló de la “civilización de la pobreza”. Entiéndeme, viví con Monseñor Romero, a quien en el Vaticano le querían quitar de Obispo por cierto, que no sé si eso se sabe. Y ese hombre ¿qué hacía? El bien. ¿Y qué era obstáculo para hacer el bien? Nada.

 

- Este febrero de 2008 se han otorgado seis premios en Bilbao a la solidaridad, dos a los jesuitas. ¿Qué es ser jesuita?

 

– La última vez que nos preguntamos en serio qué éramos los jesuitas fue en el año 1975. Salió un párrafo largo bastante bien logrado. Primero reconocer que somos pecadores. Ser jesuita es reconocer que somos como otros, pero que queremos introducirnos en una lucha crucial. ¿Cuál es la lucha crucial en nuestro tiempo? Luchar por la fe, que no es luchar contra ateos, sino luchar por el aliento de la existencia. Y luchar por la justicia. Y termina el párrafo, y ahí si que a mí me convenció del todo: “no nos meteremos en estas luchas sin pagar un precio”. Y el precio que hemos pagado desde que nos metimos en todo esto con el padre Arrupe es de 49 jesuitas asesinados en todo el mundo.

 

– ¿Tiene la sensación de que aquí predica en el desierto?

 

– Ni la Globalización ni la Unión Europea caminan en la dirección de superar el egoísmo de los seres humanos. Casaldáliga, que es un buen poeta, dijo que todo esto “le aturde”. ¡Es tanta la cantidad del más por todas las esquinas! Yo he escrito un libro, cuyo verdadero título es “Locura manifiesta”, así lo llamo yo para mí. Pero el título real, con el que ha aparecido, es Fuera de los pobres no hay salvación.

 

       ¿Locura manifiesta?

 

– Sí, eso pienso, pues decir que “Fuera de los pobres no hay salvación” debe ser una locura. Cuando vemos a mujeres que huyen de la guerra y la miseria con sus hijos en los brazos y una cesta en la cabeza podemos hablar de la ‘santidad primordial’, porque siguen adelante, buscan refugio, caminan y pelean. Y quieren vivir. “Santidad primordial”, pongo ese título a situaciones como esa porque son palabras excelsas en nuestra tradición. Si eso nos impacta un poco, sólo con eso ya nos pone en una situación de mayor salvación.

 

– ¿Habla de salvación en un sentido trascendental, más allá de la muerte, o de una salvación más terrenal?

 

– Hablo de salvación en un sentido histórico: este mundo se va a humanizar si ocurre el gran milagro de tomar en serio a esos pobres. Y el mayor milagro es estar abierto a recibir de ellos.

 

 

Julio Flor