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JULIA ELBA Y CELINA,
MONSEÑOR ROMERO Y TÚ
Carta a Ellacuría
Querido Ellacu:
Este año es el veinte aniversario de vuestro martirio y
pronto llegará el treinta de Monseñor Romero. Nos toca
hablar de ustedes con frecuencia, con especial
responsabilidad, y también con algún escrúpulo. Ustedes,
los jesuitas, son mártires bien conocidos, pero Julia
Elba y Celina no tanto. Y sin embargo ellas son el
símbolo de centenares de millones de hombres y mujeres
que han muerto y mueren inocente e indefensamente aquí,
en el Congo, en Palestina, en Afganistán, sin que nadie
les haga mucho caso.
Prácticamente no existen ni en vida ni en muerte para
las sociedades de abundancia. Y tampoco la institución
Iglesia sabe qué hacer con tantas gentes que han muerto
asesinadas. Si difícil es que canonicen a un mártir de
la justicia como Monseñor Romero, mucho más lo es que
canonicen a esos hombres y mujeres que han vivido y han
muerto en pobreza y opresión. Y sin embargo, muchas
veces te oí decir que son “los preferidos de Dios”.
Debería escribirte, pues, sobre Julia Elba y Celina,
pero conozco poco de ellas. De Julia Elba sé que pasó
trabajando toda su vida en las cortas, en la cocina. Y
todo ello desde que tenía 10 años. No sé mucho más de
ella. Sí me he preguntado “quién es más mártir,
Ellacuría o Julia Elba”, y sería terrible que los
mártires jesuitas hiciesen olvidar a esas dos mujeres
que murieron asesinadas a 50 metros del jardín de rosas.
Estos días he escrito que “Ellacuría no vivió ni murió
para que el esplendor de su figura opacase el rostro de
Julia Elba”. Ellacu, éste es el escrúpulo.
Pero Julia Elba y muchas mujeres salvadoreñas como ella,
me perdonarán, quizás hasta se alegrarán, de que en esta
carta te hable sobre nuestro Monseñor, pues no tienen
celos de una persona muy querida. Mi intención es ayudar
a las nuevas generaciones, a quienes no les sobra
orientación cristiana y salvadoreña. Que sepan que una
vez hubo un país y una Iglesia extraordinaria: la de
Monseñor Romero. Y tú eres un mistagogo de lujo para
introducirnos en su persona. Por ello, voy a recordar
cómo se llevaron ustedes dos.
La gente sabe que los dos fueron elocuentes profetas y
mártires. Pero me gusta recordar otra semejanza
importante sobre cómo empezaron. Los dos recibieron una
antorcha cristiana y salvadoreña, y sin discernimiento
alguno hicieron la opción fundamental de mantenerla
ardiendo. Monseñor la recibió de Rutilio Grande la noche
que lo mataron. Y muerto Monseñor la retomaste tú. Es
cierto que ya habías empezado antes, pero tras su
asesinato tu voz se hizo más poderosa y comenzó a sonar
más como la de Monseñor. A una señora le oí decir en la
UCA: “desde que mataron a Monseñor, en el país nadie ha
hablado como el P. Ellacuría”.
Lo que me interesa recordar y recalcar es que en El
Salvador existió una tradición magnífica: la entrega y
el amor a los pobres, el enfrentamiento con los
opresores, la firmeza en el conflicto, la esperanza y la
utopía que pasaban de mano en mano. Y en esa tradición
resplandecía el Jesús del evangelio y el misterio de su
Dios. No podemos dilapidar esa herencia, y debemos
hacerla llegar a los jóvenes.
Los comienzos de tu relación con Monseñor Romero no
fueron positivos. Al comienzo de los setenta, tú ya eras
conocido como peligroso jesuita de izquierdas por tu
defensa de la reforma agraria, el apoyo a la huelga de
los maestros de ANDES y el análisis del fraude electoral
de 1972.
Pero con tu libro “Teología Política” de 1973 empezaste
a tocar temas más explícitamente cristianos: salvación e
historia, el mesianismo de Jesús, la misión de la
Iglesia, violencia y política… Y aunque en el país no se
hablaba todavía de teología de la liberación -y de cuán
peligrosos eran sus defensores- los obispos se asustaron
del Ellacuría teólogo que emergía con fuerza.
Y le tocó a Monseñor Romero escribir una crítica de
siete páginas sobre tu libro. Lo hizo en tono serio y
educado, a diferencia de la crítica que llegó de un
teólogo de una curia romana, llamado Garofallo. El
primer encuentro entre ustedes fue un encontronazo.
Las cosas siguieron su curso. Tú con ciencia y profecía,
y a veces con humor e ironía. En una pequeña revista de
la UCA escribiste un breve artículo con este título: “un
obispo disfrazado de militar y un nuncio disfrazado de
diplomático” -los de mi generación sabrán a qué jerarcas
te referías. No era tu estilo, pero sí tu convicción.
Así llegó 1976. Monseñor Luis Chávez y González,
benemérito y buen amigo, después de 38 años dejaba la
responsabilidad de la arquidiócesis. En ECA nos reunimos
para escribir un editorial sobre tema tan importante:
“quién será el nuevo arzobispo”. Apoyamos a Monseñor
Rivera y nos distanciamos críticamente del que sonaba
como posible candidato: el obispo Oscar Arnulfo Romero.
La elección, por cierto, le salió mal al Vaticano, y más
tarde escribirías que “a Monseñor Romero no se le eligió
para que fuera a ser lo que fue; se le eligió casi para
lo contrario”.
Llegó la conversión de Monseñor y un hondo cambio en tu
relación con él. Cuando en marzo de 1977 mataron a
Rutilio, tú estabas en España, y desde Madrid el 9 de
abril le escribiste una carta, que llegó a mis manos por
casualidad muchos años después. La publicamos en Carta a
las Iglesias, marzo 2006.
“Tengo que expresarle, desde mi modesta condición de
cristiano y sacerdote de su arquidiócesis, que me siento
orgulloso de su actuación como pastor. Desde este lejano
exilio quiero mostrarle mi admiración y respeto, porque
he visto en la acción de Vd. el dedo de Dios. No puedo
negar que su comportamiento ha superado todas mis
expectativas y esto me ha producido una profunda
alegría, que quiero comunicársela en este sábado de
gloria”.
Ellacu, esta carta es uno de tus textos más bellos. Le
hablas a Monseñor con total verdad, y te muestras a ti
mismo en facetas desconocidas para quienes sólo te han
conocido como profesor y rector. Después del asesinato
de Rutilio le agradeces “su valentía y prudencia
evangélicas frente a claras cobardías y prudencias
mundanas”, el acierto de “oír a todos, pero decidiendo
lo que parecía a ojos prudentes lo más arriesgado”.
Te referías a la misa única, la supresión de las
actividades en los colegios católicos, la promesa de
Monseñor de no asistir a ningún acto oficial… Le
felicitas: “usted ha hecho Iglesia y ha hecho unidad en
la Iglesia”. La mayoría del clero, religiosos y
religiosas se aglutinaron alrededor de Monseñor. Y se lo
vuelves a desear al final: “si logra mantener la unidad
de su presbiterio mediante su máxima fidelidad al
evangelio de Jesús, todo será posible”.
En la carta aparece la dialéctica evangélica e
ignaciana, recurrente en ti: usted “lo ha logrado no por
los caminos del halago o del disimulo sino por el camino
del evangelio: siendo fiel a él y siendo valiente con
él”. “No ha podido entrar usted con mejor pie a hacer
Iglesia”.
Yo también escribí que, aunque parecía que todo empezaba
muy mal para Monseñor, toda empezaba muy bien. Y
firmaste: “Este miembro de la arquidiócesis, que ahora
se ve alejado contra toda su voluntad”.
Cuando regresaste en 1978 te pusiste, con entrega y
devoción, al servicio de Monseñor. Escribiste para la
YSAX, la radio del arzobispado, una larga serie de
comentarios a su tercera carta pastoral, “La Iglesia y
las organizaciones políticas populares”. Le ayudaste a
redactar la parte central sobre las idolatrías en la
cuarta carta pastoral, “La Iglesia en la actual
situación del país”.
En sus últimas semanas estuviste con él en la
conferencia de prensa después de la homilía dominical, y
te daba la palabra cuando le preguntaban sobre la
situación política. Con él estuviste la víspera de su
asesinato, después de aquella homilía irrepetible: “En
nombre de Dios, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos
lamentos suben hasta el cielo, les pido, les ruego, les
ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!”. Y en el
funeral cargaste el féretro. Se te ve en la foto con
Walter Guerra, Jesús Delgado y Juan Spain.
Lo que hiciste por Monseñor no fue simplemente uno más
de tus muchos servicios al país. Tampoco lo pensaste
como servicio estratégico, dada la inmensa influencia de
Monseñor. Monseñor Romero llegó a ser para ti alguien
muy especial, distinto a como lo había sido Rahner o
Zubiri. Se metió dentro de ti, y tocó tus fibras más
hondas. Esa sensación la tuve desde el principio. Y se
me quedó grabada para siempre en tu homilía en la misa
de funeral que tuvimos en la UCA. En ella dijiste: “Con
Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”.
Muchas veces he citado estas palabras, Ellacu. Son muy
tuyas por la precisión del lenguaje y por el peso del
concepto. Conociéndote, estabas diciendo verdad. Y una
verdad teo-logal: por este El Salvador, masacrado y
esperanzado,, taimado y valiente, cruel y generoso, se
sintió el paso del misterio. El paso de Dios. Por eso
Monseñor Romero se convirtió para ti en referente de
Dios, y en principio y fundamento de tu teología. Lo voy
a recordar brevemente.
Comencemos con la eclesio-logía. El “pueblo de Dios” no
era un tema cualquiera, y menos cuando el Vaticano II ya
estaba en declive y volvía a resurgir la jerarcología.
Sobre él escribiste un artículo sistemático en 1983,
pero antes, en 1981, habías escrito “El verdadero pueblo
de Dios, según Monseñor Romero”. No tratabas de analizar
las ideas de algún importante teólogo, sino de ir al
fondo del problema desde la fuente que tenías más a mano
y que te parecía la más fructífera.
Cuatro características mencionaste del verdadero pueblo
de Dios:
1. La opción preferencial por los pobres,
2. La encarnación histórica de las luchas del pueblo por
la justicia y la liberación,
3. La introducción de la levadura cristiana en las
luchas por la justicia,
4. La persecución por causa del reino de Dios en la
lucha por la justicia. No toda la novedad provenía de
Monseñor, pero la más novedosa, por así decirlo, las
tres últimas características, de él provenían. Al menos
Monseñor Romero te hizo profundizar en ellas.
Monseñor te puso en la pista de “la Iglesia de los
pobres”, la que ni siquiera en el Concilio tuvo éxito, a
pesar de los deseos de Juan XXIII, el cardenal Lercaro y
algunos pocos obispos. Y ciertamente te inspiró para
hablar del martirio, realidad fundante para la Iglesia,
como la cruz de Jesús. Varias veces citaste unas
palabras escandalosas de Monseñor Romero:
“Me alegro, hermanos, de que la Iglesia sea perseguida.
Es la verdadera Iglesia de Cristo. Sería muy triste que
en un país donde se está asesinando tan horrorosamente
no hubiese sacerdotes asesinados. Son la señal de una
Iglesia encarnada”.
Mejor y más profundamente que con muchos conceptos
Monseñor define a la Iglesia desde dos relaciones
esenciales: con el destino de Cristo y con el destino
del pueblo. Alguien, con buena intención, cuestionó una
vez que Monseñor Romero corriera tantos riesgos, aun de
su vida. Pero tú le contestaste: “eso es lo que tiene
que hacer”. Y eso es lo que tú también hiciste con tu
vida. La eclesiología no era un conjunto de conceptos
prendidos de la realidad con alfileres, sino surgidos de
ella.
En cristo-logía coincidiste con Monseñor en muchas
cosas. Sólo voy a recordar una, para mí la más decisiva
hoy, ciertamente en el tercer mundo, pero también en el
primero: ver a Cristo en el pueblo crucificado,
considerar a éste como la continuación del siervo de
Jahvé. Son hoy los centenares y miles de millones de
pobres, hambrientos, oprimidos, dados muerte
violentamente, masacrados, inocentes e indefensos,
desconocidos en vida y en muerte. Con ellos he comenzado
esta carta al recordar a Julia Elba y Celina.
En 1978, en preparación para Puebla, escribiste “El
pueblo crucificado. Ensayo de soteriología histórica”,
en el que analizas la realidad de los pobres y víctimas
como el siervo sufriente de Jahvé. En 1981, en tu
segundo exilio de Madrid escribiste “El pueblo
crucificado como ‘el’ signo de los tiempos”. En el
primer texto recalcas su carácter salvífico. En el
segundo, su carácter de revelación.
Monseñor Romero dijo en 1977 en Aguilares a los
campesinos perseguidos y asesinados: “Ustedes son el
divino Traspasado”. Y en una homilía de 1978 mostró su
alegría porque los estudiosos del Antiguo Testamento no
sabían decir si el siervo, del que habla Isaías es “todo
un pueblo” o es “Cristo que viene a liberarles”.
No sé decir “quién copió a quién” o si ocurrió como con
Leibnitz y Newton que descubrieron los fundamentos del
cálculo infinitesimal con independencia el uno del otro.
Lo que si me parece cierto es que ustedes tuvieron la
misma asombrosa intuición de equipar la humanidad
sufriente con el crucificado y el siervo de Jahvé. Y por
lo que yo sé, sólo ustedes dos. No aparece en encíclicas
ni concilios. Tampoco, normalmente, en las teologías. Y
muertos ustedes, parece que no hay vigor ni rigor para
hablar así de un mundo hoy está evidentemente
crucificado.
Y una cosa más. En tu segundo exilio escribiste otro
breve texto al que diste mucha importancia: “Por qué
muere Jesús y por qué lo matan”. El título es más que
muestra de ingenio. Se trata de esclarecer el sentido
transcendente de esa muerte y sus causas históricas. En
teología se pueden encontrar reflexiones afines, pero no
así, ciertamente no con esa radicalidad, en textos
oficiales de la Iglesia. Para lo primero hay que tener
presente ante todo el designio de Dios. Para lo segundo
hay que tener en cuenta la historicidad radical de la
vida de Jesús: defensor de aquellos a quienes ofenden
los poderosos. Por esa razón Jesús denunció el poder,
entró en conflicto con él, perdió y fue crucificado.
Esto, tan evidente, suele ser oficialmente silenciado
-incluso en Aparecida, un buen documento por otros
capítulos.
No lo silenció Monseñor Romero. En la misa funeral de
uno de los sacerdotes asesinados dijo lapidariamente:
“se mata a quien estorba”. Y los que estorbaban no eran
demonios o poderes transcendentes, sino oligarcas,
militares, cuerpos de seguridad, escuadrones de la
muerte. Así se entiende el “por qué mataron a Jesús”,
como tú preguntabas.
Termino con la teo-logía, con Dios y con tu fe. En la
primera carta te escribí que tu fe en Dios no pudo ser
ingenua. En 1969 hablaste en Madrid de las dudas de fe
que Rahner llevaba con elegancia -y entendí que algo
semejante decías de ti mismo. Creo que luchaste con Dios
como Jacob, en aquellos años recios para la fe. Y a tus
47 años “se te apareció” Monseñor Romero -y uso el
término “aparecer”, opthe, conscientemente, para
expresar lo que en ello hubo de inesperado, destanteador,
cuestionante y bienaventurado. De esto sólo se puede
hablar con temor y temblor, pero pienso que en contacto
con Monseñor tuviste una experiencia nueva de la
realidad última, de Dios. Y creo que se notó en tu
hablar sobre Dios.
He escrito que para Jesús Dios es “Padre” en quien se
puede descansar, y que el Padre sigue siendo “Dios”
quien no deja descansar. En Monseñor Romero, en su
compasión hacia los sufrientes, su denuncia para
defenderlos, el amor sin componendas viste al Dios que
es “Padre” de los pobres. En su conversión, su
adentrarse en lo desconocido y no controlable, en su
caminar sin apoyos institucionales eclesiásticos, en su
mantenerse firme llevase a donde llevase el camino viste
al Padre que sigue siendo “Dios”. Y quizás en Monseñor
viste también que, a pesar de todo, el compromiso es más
real que el nihilismo, el gozo más real que la tristeza,
la esperanza más real más que el absurdo. Así interpreto
sus sencillas palabras: “Con este pueblo no cuesta ser
buen pastor”. En ellas asoma la utopía
Termino. No era la primera vez que te encontrabas con
alguien que iba a influir importantemente en tu vida,
como bien lo analiza Rodolfo Cardenal. Sin embargo,
encontrarte con monseñor Romero significó algo distinto.
Y eso distinto radica en que te encontraste con la
profecía, la entrega, la bondad de Monseñor, pero sobre
todo con su fe, lo que configura toda la persona. Por
eso nunca te consideraste “colega” de Monseñor. Nunca te
escuché, siendo tú de talante crítico, una crítica a
Monseñor. Y en tu nombre y en el de la UCA, dijiste que
“Monseñor Romero ya se nos había adelantado”. E
insististe: “No hay duda de quién era el maestro y de
quién era el auxiliar, de quién era el pastor que marca
las directrices y de quién era el ejecutor, de quién era
el profeta que desentrañaba el misterio y de quién era
el seguidor, de quién era el animador y de quién era el
animado, de quién era la voz y de quién era el eco”. Lo
decías con total sinceridad.
“Monseñor Romero, un enviado de Dios para salvar a su
pueblo”, escribiste. Y Monseñor te habló de lo que en
Dios hay de “más acá”. Pero también te habló de lo que
en Dios hay de inefable, de misterio bienaventurado, de
lo que en Dios hay de “más allá”. “Ni el hombre ni la
historia se bastan a sí mismos. Por eso [Monseñor] no
dejaba de llamar a la transcendencia. En casi todas sus
homilías salía este tema: la palabra de Dios, la acción
de Dios rompiendo los límites de lo humano”. Monseñor
Romero vino a ser como el rostro de Dios en nuestro
mundo.
Ellacu, termino esta carta con las palabras con las que
tú terminaste tu último escrito de teología. Son para
los que no te conocieron, para todos los que te
conocimos y especialmente para que ayuden a que la
Iglesia retome su rumbo:
“La negación profética de una Iglesia como el cielo
viejo de una civilización de la riqueza y del imperio y
la afirmación utópica de una Iglesia como el cielo nuevo
de una civilización de la pobreza es un reclamo
irrecusable de los signos de los tiempos y de la
dinámica soteriológica de la fe cristiana historizada en
hombres nuevos, que siguen anunciando firmemente, aunque
siempre a oscuras, un futuro siempre mayor, porque más
allá de los sucesivos futuros históricos se avizora el
Dios salvador, el Dios liberador”.
Jon Sobrino
ECLESALIA, 25/10/09
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