GRACIAS,
HERMANO FRANCISCANO
Siento la llamada a vivir el Evangelio franciscanamente (según la forma
institucionalizada en la Orden de los Franciscanos
Menores), pero hay muchas cuestiones que me inquietan,
que me interpelan.
¿Cómo ser fraterno a la vez que crítico? ¿Cómo estar en comunión y a la
vez discrepar?, ¿cómo ser libre y feliz a la vez que
cargar con la cruz?
Entiendo que todos estamos en proceso y que cada uno descubre las cosas
a su ritmo..., pero no sé si en la institución me veré
limitado... Me pregunto si sabré amar a una Iglesia que
me duele. Creo necesario manifestar mi disentir cuando
veo cosas que no son congruentes con el evangelio. Yendo
al grano, me pregunto:
¿Hay lugar entre los franciscanos para un hermano que comprende la
necesidad jurídica de una Ley del Aborto?
¿Hay lugar entre los franciscanos para un hermano no cómplice con el
clericalismo ni con el integrismo católico encarnado por
la Conferencia Episcopal y por las nuevas hornadas de
jóvenes postulantes y seminaristas? ¿Hay lugar entre los
franciscanos para un hermano contrario al Estado del
Vaticano y a su paraíso fiscal?
¿Hay lugar entre los franciscanos para un hermano que simpatiza con la
Teología de la Liberación? ¿Hay lugar entre los
franciscanos para un hermano ferviente defensor de la
libertad para la reflexión y la investigación teológica?
¿Hay lugar entre los franciscanos para un hermano que considera que el
celibato debería ser voluntario y no obligatorio? ¿Hay
lugar entre los franciscanos para un hermano que
defiende el sacerdocio femenino?
Entiendo que desde una fe adulta todas estas preguntas son retóricas y
la respuesta es afirmativa, pero ¿cómo conciliar y
encajar esta realidad con la respuesta intolerante del
fanatismo católico?
Un abrazo fraterno, y que Dios nos encuentre juntos si viene a
bendecirnos.
J. Agustín Franco M.
Pienso que lo cristiano ha sido un elemento determinante
en la historia de los hombres. Pienso que nunca podremos
valorar la influencia que Jesús de Nazaret ha supuesto
en el desarrollo y plenitud del hombre en la historia. A
pesar de las muchas críticas y crímenes que podemos
acumular sobre nosotros los creyentes y las iglesias
cristianas, esas iglesias y esos creyentes han sembrado
la tierra de evangelio, en todas las épocas. ¡A la
sociedad le ha merecido la pena vivir en la fe de Jesús!
Quizá
la historia nos exija a los cristianos, hoy más que
antes, el sacrificio de no mirarnos tanto el ombligo.
Puede que tengamos, ya, el ombligo podrido. La
masturbación entre las tapias de las religiones, huele a
egolatría. Por supuesto que no aludo a lo sexual. Hablo
de otra masturbación más peligrosa: la de las ideas.
Masturbamos los dogmas, las creencias, los ritos y las
leyes. La veneración y manoseo de los sistemas
religiosos puede acabar por cargarse a Dios. No son las
religiones las que han de salvarse. Son los hombres.
El
pasado lunes 18, pude leer en el periódico gratuito “20
minutos”, una entrevista encantadora e interesante. Se
llama Pablo Pineda. Vive en Málaga. Tiene 34 años.
Maestro, diplomado en educación especial. Ahora estudia
psicología. Padece el síndrome de Down. El único en toda
Europa que con el síndrome de Down termina su carrera.
Se confiesa creyente. Católico. “Antes iba más a
misa. No practico. Soy muy crítico con la conferencia
episcopal española. Mi visión crítica ha hecho que ahora
vaya menos a misa”
En
tiempos de Jesús, el de Nazaret, parece que fue una
condición imprescindible para entenderle y seguirle, el
liberarse de la “religión” de los judíos. De forma que
el dilema fue explícito: o te liberabas de la Torah, del
Templo, de la religiosidad en curso o no entendías nada
del nuevo “reino” de Dios. “Ve, vende todo cuanto tienes
y luego ven (así, sin nada) y sígueme”
San
Benito fue pieza imprescindible para la estructura ósea
de Europa. Santo Domingo sembró la intelectualidad en
una Europa y un occidente muy precario, dominado por
sabidurías paganas. Francisco, el Asís, fue la gran
bofetada que dio Dios al Vaticano podrido. Ignacio trajo
el orden a una iglesia desmadrada y desbocada y a un
clero mugriento. Teresa desinfectó sus conventos de
tanta aristocracia de cinco estrellas.
Cada
uno aportó su carisma. Pero no eran Jesús. No eran el
dogma final. No eran lo Absoluto. Son parte de una
Historia más grande que ellos, más larga. Lo que cada
uno aportó en su época fue quizá lo más urgente para esa
época. Cada uno en su espacio y en su tiempo. El carisma
de la búsqueda de la verdad de aquel Sto. Domingo, no se
puede contraponer con simpleza al carisma de la
obediencia ignaciana.
Pasado el tiempo, -¡ironías de la historia!- la búsqueda
de la verdad fue el madero que utilizó Roma para
crucificar al dominico Ives Congar. La obediencia
ignaciana fue el instrumento de tortura que Wojtyla
esgrimió para machacar a Arrupe.
Dos
carismas al servicio de la fe y de la historia. Pero
Roma, que no congenió nunca con los carismas, a uno lo
puso al borde del suicidio (véase la autobiografía de
Congar), al otro (Arrupe) le rompió el cerebro y el
corazón.
Roma
no reconoce ni llora por los cadáveres que va dejando.
Siguió a lo suyo: manoseándose el ombligo. La historia
nos hace adultos. Nos toca vivir nuestra fe sin luchar
contra Roma. Sin esperar mucho de Roma. Hay que
desacralizar Jerusalén. Hay que desacralizar Roma. Ni
una es la Jerusalén celestial, ni la otra es la Iglesia
de Jesús.
¿Acaso esperamos todos los años los resultados de
nuestra Conferencia episcopal para que ilumine nuestras
vidas con sus pastorales?
Mí
querido amigo franciscano: al pedirme un comentario, no
hace otra cosa que dejarse llevar por el espíritu
humilde del de Asís.
Le
puedo hablar, no desde la sabiduría, sino desde mi
libertad conseguida no sin dolor, y desde una fe cada
vez más firme y tranquila. A mi edad, sólo desde la fe
en Jesús se pueden discernir las viejas y las nuevas
corrientes del pensar. Sigo estudiando. Voy a las misas
de pueblo, donde no dan galletas, aunque sí algo
parecido que tampoco puede ser calificado como pan. Hay
un personaje que preside la ceremonia, al que llaman
sacerdote (¡!) Explica un evangelio que no ha estudiado,
repite unos ritos a los que ni él parece encontrarle
sentido. Predica un sermón viejo y hueco.
Sigo
yendo, porque siento presente a Jesús al recoger mi
parte de comida. Me gustaría que al menos la hubieran
hecho allí, en la mesa delante de mí. De ordinario nos
dan las sobras de otra misa. Bueno, pero la como con el
pueblo; necesito rezar con todos el Padre nuestro;
sentirme unido a los que, como yo, conservamos por todo
el mundo, el Espíritu de Jesús. Necesito dar mi mano a
todos los que me la quieran dar. No quiero ni puedo
sentirme iglesia de Jesús en soledad.
Luís Alemán