EL
PAPA, LOS POBRES
Y
LA CUMBRE DEL G-20
El
presidente español Rodríguez Zapatero anda estos días
pateándose medio mundo, en busca de apoyos que avalen su
presencia en la cumbre que reunirá el 15 de Noviembre en
Washington a los líderes de las 20 principales economías del
mundo (G-20). ¡Cómo no va a estar España, octava potencia
mundial, en ese encuentro!
Yo echo
de menos una actividad diplomática similar por parte de
Benedicto XVI, no porque el Papa deba reivindicar para el
Vaticano una posición privilegiada en el ranking de los
países ricos, sino porque alguien debería exigir la
presencia en esa cumbre de los millones de empobrecidos que
constituyen la mayoría numérica del planeta. Una exigencia
que la Iglesia podría/debería asumir como propia.
Si en la
cumbre se van a decidir los fundamentos de un nuevo orden
económico mundial, esto no puede hacerse de espaldas al
sufrimiento de las tres cuartas partes de la población.
No es
verdad que los principales problemas de la humanidad sean el
endeudamiento del Leaman Brother, el desplome de
Wall Street o la bajada del IBEX. Los verdaderos
problemas son la sangría de muertos en las pateras del
Estrecho, el genocidio inminente en la república Democrática
del Congo, o la hambruna endémica del continente africano.
Aunque
los informativos nos lo presenten con sordinas eufemísticas:
“muertos por hipotermia”, “fallecidos por inanición”, la
realidad que golpea el estómago y la conciencia es que, en
el siglo XXI, hay seres humanos –especialmente niños y
niñas- que mueren de hambre y frío.
El
problema del mundo no es que el banco Santander Central
Hispano gane algo menos de los 10.000 millones de euros
previstos para el 2008, sino los 13 millones de africanos
amenazados por el hambre, los 200.000 niños de la calle de
Brasil, los 25 millones de desplazados internos o los 10
millones de refugiados a causa de los conflictos armados.
Desde su
cercanía compasiva al dolor de los excluidos, la Iglesia
samaritana debería gritar su indignación a la cumbre de
adoradores del becerro de oro. Alguien debería recordarles a
los sumos sacerdotes del mercado, que la alteridad radical
de la realidad son los pobres de este mundo por delante de
cualquier otro interés.
Si la
erradicación de la pobreza no es el asunto prioritario de la
cacareada cumbre mundial, asistiremos a una ceremonia del
culto al dios Mamón que exigirá la sangre de víctimas
inocentes para seguir alimentando los graneros del rico
Epulón.
Ojalá la
Iglesia se sienta urgida por el sufrimiento de tantos
hombres y mujeres y exija su presencia profética en esa
cumbre. Benedicto XVI debería comenzar ya a patearse el
mundo.
Pepe Laguna
pepe.laguna@yahoo.es
Publicado en Eclesalia el 30-10-08
con el título “G-20,
la cumbre del dios Mamón”