LA AUSTERIDAD QUE VIENE
El petróleo se ha puesto por las nubes y además queda poco.
El agua escasea cada día más. La crisis económica está a la
vista. Y lo peor de todo es que nadie sabe si esta situación
es pasajera y pronto volveremos a la opulencia de los
últimos años o si, por el contrario, hemos entrado en una
pendiente que no tiene vuelta atrás.
Como es lógico, en situaciones como ésta, lo más razonable
es pensar que los hechos tienen más fuerza que las
opiniones. Y los hechos ahí están. Justamente cuando las
energías y las fuentes de vida se están agotando, dos mil
millones más de ciudadanos (chinos e indios) se suman, o
quieren ponerse al mismo nivel de consumo y bienestar de los
que hemos enfilado, de forma imparable, hacia un desastre
quizá previsible.
Pues bien, si digo estas cosas, no es para hacer el
repugnante papel de “profeta de desgracias”. Se trata de
todo lo contrario. Porque ha tenido que llegar este momento
y nos tenemos que ver ante un posible precipicio, para que
empecemos a pensar en serio en la austeridad como
alternativa al consumismo que hemos integrado en nuestras
vidas como un logro del que nos enorgullecemos.
Es cierto que la austeridad nos sugiere cosas desagradables
que nos repugnan: aspereza, mortificación, penitencia,
severidad, rigurosidad. Todo eso dice el Diccionario de la
RAE. Pero también indica el Diccionario que “austero” es lo
mismo que “sobrio”, “morigerado”, “sencillo” y “sin ninguna
clase de alardes”. A esto quería yo venir. Porque creo que
eso es, no sólo lo que más necesitamos, sino sobre todo lo
que nos puede hacer verdaderamente felices.
Es evidente que el alto nivel de consumo de los últimos
tiempos nos ha facilitado muchas cosas y nos ha resuelto
muchos problemas. Pero no es menos verdad que el afán de
consumir y la increíble necesidad de acaparar nos han
complicado enormemente la vida. Y han generado demasiadas
desgracias.
No hablo de los que pasan hambre. No. Hablo de los que
vivimos en la abundancia. El consumo, en efecto, es
abundancia. Pero abundancia de cosas. Ahora bien, la
abundancia de cosas se consigue, de hecho, a costa de dañar
nuestras relaciones personales. En la medida en que aumentan
las “cosas” a nuestro alrededor, en esa misma medida
disminuyen las “personas”. El creciente consumo acarrea a
menudo la creciente soledad.
Esto se nota, por ejemplo, en muchas familias. Para vivir
mejor, y tal como está la vida, son incontables los
matrimonios con hijos que no tienen más remedio que trabajar
el padre y la madre. Con lo que los hijos apenas ven a sus
padres. La convivencia se reduce a los fines de semana, en
el mejor de los casos.
Además, en una familia así, se necesitan, por lo menos, dos
coches. Y una segunda vivienda, para los fines de semana.
Con lo que hay que pagar seguramente una o dos hipotecas. Y
eso exige trabajar más horas, lo que es lo mismo que
convivir menos.
A esto se añaden los “medios de comunicación”, que en muchos
casos son realmente “medios de incomunicación”. Porque
desvían la atención a lo que ocurre fuera de la casa y al
margen de la familia, mientras que el tiempo y la
convivencia que necesitan niños y adultos se ve seriamente
dañada.
Así, el sosiego y la comunicación de todos con todos
escasean cada día más en la familia. A mí me sorprende y me
escandaliza que las preocupaciones de obispos y políticos,
en lo que se refiere a la familia, se centren en asuntos
como las parejas de hecho, el nombre que le vamos a poner a
las uniones de homosexuales o la legislación sobre el
divorcio. Y mientras nos calentamos la cabeza con esas
cosas, no se hace cuestión de los problemas que más
angustian a muchas familias porque son los problemas que más
daño hacen a la convivencia sosegada y en armonía, los
problemas que resultan más determinantes para el bien o el
mal de las personas.
He hablado de la familia como podía haberlo hecho de otras
instituciones sociales. En cualquier caso y pase lo que pase
en los próximos años, creo que, si algo nos ha dejado claro
el sistema económico en que vivimos, es que, no sólo crea
unas desigualdades insostenibles, sino que además, entre los
que vivimos mejor, trastorna nuestra escala de valores hasta
el punto de que las cosas adquieren más valor que las
personas. Para tener más y más cosas, no dudamos en usar y
abusar de las personas, excluir a los que nos estorban o
utilizar a los que nos interesan.
No digo que esto sea un invento del sistema capitalista. Se
trata de un mecanismo que funciona entre los humanos desde
los lejanos tiempos en que desapareció el
“hombre-no-económico”. Esto ocurrió en el III Milenio antes
de Cristo, cuando nació la civilización bajo el impulso de
las tecnologías. Pero este salto enorme hacia delante
provocó la primera aparición de algunos rasgos conocidos
desde la antigüedad: ahondamiento profundo de las
desigualdades económicas, jerarquía social vertical, poder
político.
A partir de entonces, las cosas empezaron a cobrar más valor
que las personas. Como bien se ha dicho, el proceso del que
surge la civilización prueba que la evolución tecnológica y
la evolución social pueden “disociarse” y avanzar en sentido
inverso, la primera como progreso, la otra como degradación
(María Daraki).
Por eso, el sueño de siempre ha sido superar la obligada
austeridad. Hasta que la hemos superado. Pero a costa de
daños irreparables. Por eso, bienvenida sea la hora en que
todos tengamos que ser más austeros por necesidad. Entonces
seremos de verdad solidarios. Tendremos menos cosas, pero
nos sentiremos más acompañados.
José M. Castillo