La costosa ataraxia
Permanecer en actitud serena ante lo que sentimos en lo
hondo como injusticia o engaño premeditado es para
algunas personas, entre las que se cuenta quien esto
escribe, muy difícil. Cada cual es como es y responde
como responde; hay quien se inhibe y vive y hay quien se
lanza al monte.
Modelar el carácter a partir de una edad ya algo
avanzada no es tarea fácil. Algo pueden ayudar a
controlar la propia conducta los fármacos que ahora hay
disponibles, pero en general y aun sin ser una verdad
absoluta, el viejo refrán de «genio y figura hasta la
sepultura» tiene mucho de cierto.
Tal vez por esta razón hindúes y budistas piensen en la
reencarnación como una solución para seguir con la ardua
tarea de alcanzar la perfección en este mundo antes de
quedarse definitivamente en el otro, lo cual vendría a
ser el equivalente del purgatorio católico, esa especie
de sala de espera donde las almas se pulen antes de
partir definitivamente hacia el cielo.
Quizá una y otra idea no sean más que fantasías, pero da
igual, porque a algo tiene que agarrarse la mente para
no caer en el vacío de ánimo que conlleva pensar como un
absurdo la propia vida.
El
problema de la ataraxia es el costo. ¿Quién la paga?
En general, las cosas las paga quien las sufre. No quien
echa mano al bolsillo y saca el dinero o la tarjeta de
crédito, sino quien con su sudor y sufrimiento hizo
posible que ese dinero fuese a parar a manos de quien lo
usa.
Pero pensarlo de este modo nos resulta incómodo, y
preferimos echar mano de nuestra moral de propiedad
privada, la cual se puede resumir con un refrán ya viejo
por olvidado que dice: «a cada cual lo suyo y robar lo
que se pueda».
La
moral es la mejor ataraxia que podemos tener fácilmente
a nuestro alcance. Si todo el mundo lo acepta, y
sobretodo si las personas prominentes de nuestro entorno
encabezan esa aceptación, nuestro ánimo puede permanecer
sereno.
Podemos seguir con nuestra paz en el alma, centrando
toda la atención en nuestros asuntos, impertérritos ante
el dolor ajeno causado por nuestra forma de vida, a
pesar de tener por bien cierto que si pocos podemos
tener mucho es porque muchos pueden tener muy poco.
No
importa. Nuestras autoridades morales tradicionales
dicen que el orden es sagrado y que debemos limitarnos a
paliar el sufrimiento que hallemos en nuestro metro
cuadrado.
Ahí está el ejemplo de la Madre Teresa de Calcuta, una
santa a ojos de todo el mundo. Caridad, pues, y nada de
pensamientos revolucionarios, que estos no favorecen en
nada la ataraxia.
Quienes se han dedicado al estudio de las creencias y
las ideas religiosas coinciden en que todos los pueblos
han elaborado en cada momento de su historia formas de
pensamiento religioso que les permitiesen vivir en paz
consigo mismos y con su entorno inmediato.
Y
la historia – la no tan especializada sino más general −
nos cuenta que tan celosos de esa paz han estado los
líderes humanos que en no pocas ocasiones han impuesto
ese pensamiento a fuego y espada a propios y a extraños.
Mantenimiento y expansión de la fe le han llamado en uno
y otro caso; pero lo que ha contado en ambos ha sido
asegurar que en el entorno inmediato no hubiese nada que
pudiese alterar ese pensamiento colectivo que tanta paz
da al alma. Ya es antiguo, pues, eso de hacer pagar a
otros la ataraxia.
Hoy gozamos de paz en el mundo opulento que habitamos. Y
hoy igual que ayer, el costo de nuestra paz es la
desgracia ajena. El mundo pobre es el que, gracias a
Dios, paga con su dolor nuestra ataraxia.
Hablar de justicia y de paz sin alterarnos es posible
gracias a esta bendita forma de vivir y de pensar que
llevamos cristianos y paganos, la cual nos impide
cuestionar para nada esta droga del bienestar que es el
pensamiento satisfecho, religioso y profano.
Gran regalo del cielo, para quienes lo gozamos. Gran
ejemplo de paz y convivencia en armonía este orden
sagrado que han logrado a través de los siglos los
líderes espirituales y terrenales de nuestra opulenta
civilización occidental cristiana.
¡Elevemos con gozo el corazón al cielo y demos gracias!
Pepcastelló