Lecciones entre las ruinas
Olfateamos con sus perros, arañamos con sus uñas el polvo
de la destrucción, clamamos al mismo y limpio Cielo. Somos
muchos a pie de las ruinas en Puerto Príncipe y alrededores.
Las voces se van apagando bajo el peso inmenso de los
escombros, voces llamadas a despertar en otros mundos, en
otros firmes más seguros que no destartalan tsunamis, ni
terremotos; en otras dimensiones donde los techos no crujen
y el cemento es más liviano. Muchas voces bajo las toneladas
de ruinas se han ido extinguiendo, pero a nosotros nos queda
su eco, su recuerdo. A ese eco, que ya no es de este mundo,
contestamos y prometemos que la tragedia no será en balde,
que venceremos la distancia y el olvido, que venceremos el
propio y hundido egoísmo.
Tras esos hilos de voz estamos buena parte de la humanidad.
El peso de las ruinas, la magnitud de la destrucción nos han
vuelto a unir, esta vez en un grado hasta el presente no
conocido. La tragedia de Haití nos ha permitido sentirnos
corazón con corazón en el socorro de los hermanos del país
caribeño. Toca sacudir más que nunca nuestros bolsillos.
Sólo cada quién sabe el techo máximo de su desembolso, a qué
cifra puede aspirar, cuántos euros podrá poner en el volante
bancario, dinero vital que será auxilio, agua, comida… para
quienes han sufrido todos los azotes imaginables.
Siempre habrá quien sentencie el adverbio “tarde” desde
cómodos micrófonos. En realidad nunca es pronto cuando hay
corazones que aún laten bajo los escombros, pero hay
obstáculos insalvables hasta que la excavadora se puede
poner delante de la edificación en ruinas. Palés de ayuda
internacional estaban ya sobre el terreno, cuando sólo
habían pasado unas horas de la tragedia. No es tampoco la
hora de la desconfianza. Olvidemos segundas intenciones con
tanto dolor aún estallando. Obama no va a la isla a quedarse
y sin embargo que expliquen quienes vierten sospechas poco
fundadas, cómo se mantiene un orden imprescindible, cómo se
garantiza la seguridad, cómo se reparte una ingente ayuda
humanitaria sin presencia de soldados.
Pese a la dureza y la magnitud del golpe, no convendrá
olvidar que hay un aeropuerto desvencijado sobre el que no
paran de aterrizar, aún con el riesgo de la maniobra,
aviones de todas las naciones. Las más diversas banderas
ondean en la gran explanada donde se ordenan los
campamentos improvisados. El dolor por la devastación
general ha traído ya su recompensa en forma de
fortalecimiento de la unidad humana.
Naves solidarias de todo el mundo ponen rumbo a Puerto
Príncipe. Aviones con sus panzas cargadas de esperanza
aterrizan masivamente en el epicentro de la desgracia.
Nuevamente es el sufrimiento lo que nos hace sentirnos
humanidad. Son catástrofes de uno u otro signo las que nos
hacen constatar en alguna medida el “somos uno”, el “juntos
podemos”. ¿Así por cuánto...? ¿Hasta cuándo el aprendizaje
entre las ruinas de desastres o batallas? Quizás es llegado
ya el momento de ser proactivos en favor de la unidad
humana y no sólo reactivos.
¿Y si por fin tomáramos la delantera al dolor? ¿Y si nos
atreviéramos a sentirnos humanidad sin que ningún cataclismo
azote ninguna costa, y si nos atreviéramos a hermanarnos sin
que tristes titulares asalten las cabeceras de los medios…?
¿Y si nos atreviéramos a ser una huma-unidad sin sorteo de
calamidades, sin que los cadáveres se agolpen en ninguna
arena, en ningún asfalto...?
Mañana no sean tantos ecos acallados, tantos escombros para
por fin hermanarnos. El mayor reto humano no es el cambio
climático, por gravísimo que se manifieste este problema, el
superior desafío lo sigue constituyendo la conquista de
mayores cotas de unidad y armonía en la diversidad. A partir
de una más permanente y estable colaboración será posible
encarar nuestros retos globales más fácilmente. Es preciso
atreverse. Se nos han dado todos los medios para empezar a
fraguar el más elevado de todos los sueños, la fraternidad
humana. Ya no es necesario pasar tantos trances para poder
abrazar por fin el supremo ideal.
Las lecciones se desparraman entre los cascotes. Toda
terrible experiencia colectiva otorga, cuanto menos, su
aprendizaje. Ya aprendimos a arañar juntos los escombros,
arañemos ahora también juntos el futuro para que los techos
no se desmoronen y la miseria tampoco cunda bajo ellos.
Arañemos juntos la aurora de una humanidad unida en el
desastre, pero sobre todo unida en medio de la vida; juntos
en las ruinas, juntos levantando las ciudades desplomadas,
juntos testimoniando una nueva era de justicia y solidaridad
por siempre en la tierra.
Koldo Aldai