El escándalo de los agrocarburantes
en los países del Sur
La idea
de extender el cultivo de los agrocarburantes en el mundo y
particularmente en los países del Sur es desastrosa. Forma
parte de una perspectiva global de solución a la crisis
energética. En los próximos 50 años tendremos que cambiar de
ciclo energético, pasando de la energía fósil, que es cada
vez más rara, a otras fuentes de energía.
En el
corto plazo es más fácil de utilizar lo que es
inmediatamente rentable, es decir los agrocarburantes. Esta
solución, al reducirse las posibilidades de inversión y al
esperar ganancias rápidas, parece la más requerida a medida
que se desarrolla la crisis financiera y económica.
Como siempre, en un proyecto capitalista, se ignora, lo que
los economistas llaman, las externalidades, es decir, lo que
no entra dentro del cálculo del mercado, para el caso que
nos preocupa, los daños ecológicos y sociales.
Para
contribuir con un porcentaje entre el 25 a 30% de la
demanda, a la solución de la crisis energética, se tendrá
que utilizar centenares de millones de hectáreas de tierras
cultivables para la producción de agroenergía en su mayor
parte en el Sur, ya que el Norte no dispone de suficiente
superficie cultivable.
Se
tendrá, igualmente según ciertas estimaciones, que expulsar
de sus tierras al menos 60 millones de campesinos. El precio
de estas «externalidades», no pagado por el capital sino por
la comunidad y por los individuos, es espantoso.
Los agrocarburantes son producidos bajo la forma de
monocultivos, destruyendo la biodiversidad y contaminando
los suelos y el agua. Personalmente, he caminado kilómetros
en las plantaciones del Choco, en Colombia, y no he visto ni
un ave, ni una mariposa, ni un pez en los ríos, a causa del
uso de grandes cantidades de productos químicos, como
fertilizantes y plaguicidas.
Frente a
la crisis hídrica que afecta al planeta, la utilización del
agua para producir etanol es irracional. En efecto, para
obtener un litro de etanol, a partir del maíz, se utiliza
entre 1.200 y 3.400 litros de agua. La caña de azúcar
también necesita enormes cantidades de agua.
La
contaminación de los suelos y el agua llega a niveles hasta
ahora nunca conocidos, creando el fenómeno de «mar muerto»
en las desembocaduras de los ríos (20 Km² en la
desembocadura del Mississippi, en gran medida causado por la
extensión del monocultivo de maíz destinado al etanol).
La
extensión de estas culturas acarrea una destrucción directa
o indirecta (por el desplazamiento de otras actividades
agrícolas y ganaderas) de los bosques y selvas que son como
pozos de carbono por su capacidad de absorción.
El impacto de los agrocarburantes sobre la crisis
alimentaria está ya comprobado. No solamente su producción
entra en conflicto con la producción de alimentos, en un
mundo donde, según la FAO, más de mil millones de personas
sufren de hambre, sino que también ha sido un elemento
importante de la especulación sobre la producción
alimentaria de los años 2007 y 2008.
Un
informe del Banco mundial afirma que en dos años, el 85% de
la aumentación de los precios de los alimentos que precipitó
a más de 100 millones de personas por debajo de la línea de
pobreza (lo que significa hambre), fue influenciado por el
desarrollo de la agroenergía.
Por esta
razón, Jean Ziegler, durante su mandato de Relator Especial
de las Naciones unidas por el Derecho a la Alimentación
calificó los agrocarburantes de «crimen contra la humanidad»
y su sucesor, el belga Olivier De Schutter ha pedido una
moratoria de 5 años para su producción.
La extensión del monocultivo significa también la expulsión
de muchos campesinos de sus tierras. En la mayoría de los
casos, aquello se realiza por la estafa o la violencia. En
países como Colombia e Indonesia, se recurre a las Fuerzas
armadas y a los paramilitares, quienes no dudan en masacrar
a los defensores recalcitrantes de sus tierras.
Miles de
comunidades autóctonas, en América latina, en Africa y en
Asia, son desposeídas de su territorio ancestral. Decenas de
millones de campesinos ya han sido desplazados, sobre todo
en el Sur, en función del desarrollo de un modo
productivista de la producción agrícola y de la
concentración de la propiedad de la tierra. El resultado de
todo esto es una urbanización salvaje y una presión
migratoria tanto interna como internacional.
Es necesario igualmente anotar que el salario de los
trabajadores es bien bajo y las condiciones de trabajo,
generalmente infrahumanas, a causa de las exigencias de
productividad. La salud de los trabajadores es también
afectada gravemente. Durante la sesión del Tribunal
Permanente de los Pueblos sobre las empresas multinacionales
europeas en América latina, realizada paralelamente a la
Cumbre europea-latinoaméricana, en mayo del 2008, en Lima,
fueron presentados muchos casos de niños con malformación,
debido a la utilización de productos químicos en el
monocultivo de plátano, soja, caña de azúcar y de palmeras.
Decir que los agrocarburantes son una solución para el
clima, está igualmente de moda. Es verdad que la combustión
de los motores emite menos anhídrido carbónico en la
atmósfera, pero cuando se considera el ciclo completo de la
producción, la transformación y la distribución del
producto, el balance es pobre. En ciertos casos, se
convierte en negativo en relación a la energía fósil.
Si los agrocarburantes no son una solución para el clima, si
no lo son más que de una manera marginal para mitigar la
crisis energética, y si ellos acarrean importantes
consecuencias negativas, tanto sociales como medio
ambientales, tenemos el derecho de preguntarnos por qué
tienen tanta preferencia. La razón es que, a corto y medio
plazo, aumenta de manera considerable y rápidamente la
ganancia del capital.
El
proceso agroenergético da lugar a una hegemonía de las
compañías multinacionales y una nueva forma de dependencia
del Sur con respecto al Norte, todo aquello presentado con
la imagen de benefactores de la humanidad ya que producen
"energía verde".
Por lo tanto, la solución es reducir el consumo, sobretodo
del Norte e invertir en nuevas tecnologías (solar
especialmente).
La
agroenergía no es un mal en sí y puede aportar soluciones
interesantes a nivel local, a condición de respetar la
biodiversidad, la calidad de los suelos y del agua, la
soberanía alimentaria y la agricultura campesina, es decir,
lo contrario de la lógica del capital.
En
Ecuador, el Presidente Correa ha tenido el coraje de detener
la explotación del petróleo de la reserva natural del Yasuni.
Esperemos que los gobiernos progresistas de América latina,
de África y de Asia, tengan la misma firmeza.
Resistir
en el Norte como en el Sur, a la presión de los poderes
económicos es un problema político y ético. Por lo tanto,
denunciar el escándalo de los agrocarburantes en el Sur
constituye un deber.
François Houtart
Alai-amlatina
Ex-catedrático de la Universidad Católica de Lovaina,
fundador
del Centro Tricontinental
y autor
del libro "La Agroenergía: ¿solución para el clima
o salida
de crisis para el capital?"
Ruth Casa editorial y Ediciones Sociales La Habana, 2009
http://alainet.org/active/32913