ALTERNATIVAS SOLIDARIAS
Hay muchos tipos de miradas ante una misma realidad. Las
hay en exceso meticulosas, que se pierden en enmarañados
análisis, y se les escapa la vida. Las hay
superficiales, que se alienan haciendo “zapping”
continuo para no sentirse afectadas. Están las curiosas,
que se deleitan en banales detalles, para disimilar su
pertinaz envidia.
A
menudo nos atacan miradas prepotentes, que publicitan su
cansina incapacidad para aceptarse como son. En todas
éstas el centro es el propio ombligo, el yo el señor
absoluto de haciendas y enseres, de personas convertidas
en cosas que se poseen, cada una con un valor meramente
utilitario al servicio del propio bienestar.
Son las miradas del capitalismo en zapatillas, al que
nos hemos apegado como si de nuestro hogar natural se
tratase. Sorteamos las embestidas cíclicas de sus
punzantes lanzas, procurando que sólo nos rocen y caigan
de lleno en carnes de otros, a los que sólo de soslayo
vislumbramos. Poco nos importan sus nombres, la historia
que nos puedan relatar, la experiencia que nos quisieran
narrar, la situación sangrante que arrastran de aquí
para allá.
¿Son las desolaciones causadas por el invencible
gigante, al que no se puede cuestionar so pena de vernos
también nosotros aplastados? ¿No hay alternativas?
¿Únicamente capear el temporal y esperar pasivamente
tiempos de bonanza especulativa y de beneficio
desmedido?
Estamos en tiempos de crisis, de miradas desconfiadas y
mezquinas. Sin embargo, creo que esta crisis no es una
más, que no tiene su origen tan sólo en unas
despreciadas hipotecas inmobiliarias ni en la bajada de
los valores bursátiles, ni siquiera sólo en una política
monetaria netamente planificada al servicio de los
grandes acaparadores. La crisis es más profunda.
Afecta tanto a la economía como a la cultura, a las
contabilidades familiares como a los valores humanos, al
ladrillo como al proceso de humanización, a los
bolsillos como a los grandes escollos de la democracia
burguesa, al consumo como a la pérdida de rumbo de las
grandes religiones y de la imperante filosofía raquítica
narcisista.
Pienso que nos encontramos inmersos en una crisis
global de humanidad, de las que ha habido únicamente
tres o cuatro en el curso de la historia.
Esta crisis, como todas, las personales y las globales,
puede ser oportunidad. Y no estoy pensando en cómo
aprovecharse de ella para engordar el propio talego a
costa de otros.
En
lo que a economía se refiere tengo algo claro: la
sociedad civil ha de urgir a los gobiernos e
instituciones públicas a poner límites a los beneficios;
mi propuesta ética consiste en considerar injusto el
beneficio ilimitado en cualquier tipo de actividad
económica y en reconocer el derecho de toda la
ciudadanía a que revierta sobre ella una buena parte de
lo que hoy es puro lucro particular, sea en forma de
inversiones e incentivos públicos para la creación de
empleo, la mejora y ampliación de los servicios y ayudas
sociales, la atención prioritaria a los sectores más
débiles, así como en la oferta de grandes dosis de
cultura y de interculturalidad.
Pero lo afectado es más amplio: la crisis climática y
energética, que hiere gravemente a la madre Tierra; el
neocapitalismo que esparce lastres de pobreza y miseria
por doquier, especialmente en los países del Sur; el
europeocentrismo, que se considera superior a otras
culturas e impone la suya en forma de neocolonialismo
globalizador; la crisis de valores humanos, en la que lo
que pierde es la confianza de la humanidad en sí misma.
Y
está también la crisis de fe que sufren las grandes
religiones, que reaccionan a la defensiva en forma de
fundamentalismos de aire soberbio, neoconservadurismos
estériles, ausencia de autocrítica, que se refugian en
liturgias de cumplimiento carentes de corazón y vida,
ejerciendo la discriminación y apretando el freno
miedoso contra la plena democracia en su interior,
enrocándose en sus privilegios.
La
gran oportunidad para las religiones pasa hoy por ser
abanderadas de la libertad, los derechos humanos y su
constante ampliación, por ser voz y rostro de los
empobrecidos, por ofrecer acogida y hogar, por la
igualdad de mujeres y hombres, por la supresión de
jerarquías nombradas al gusto de quienes dominan, por
defender la laicidad política y religiosa.
Y
como salsa que aglutine todos los guisos ofrecer una
espiritualidad que ayude a aumentar la fe, que es para
todos la confianza del ser humano en sí mismo, en
comunión con los otros y la naturaleza. Sólo así es
posible la fe en Dios, el gran enamorado de la
humanidad.
Mujeres y hombres de diversos aledaños de la Iglesia y
de otros entornos queremos buscar juntos alternativas
solidarias en la crisis, porque tenemos fe en que otro
mundo es posible.
Hemos de dialogar en libertad para poder aportar pistas
y caminos. Y hacernos cargo de la realidad, para ofrecer
nuestras manos, con una mirada atenta y confiada. Una
mirada solidaria.
Eusebio Losada
Escrito con motivo de la Asamblea de Redes cristianas
Kristau Sarea
ECLESALIA