Iglesia: entre el ayer y el mañana
Una
sociedad viva trasciende siempre su propia estructura
jurídica, la que se ha ido dando a sí misma de forma
voluntariamente mayoritaria. Pero el pueblo va siempre por
delante de la ley abriendo caminos, haciendo futuro,
acomodando postura al desarrollo evolutivo.
Cuando
hace de de su código una norma definitiva, se cosifica, se
inmoviliza y reposa sobre su propia mortaja. Lo humano sin
devenir es una contradicción in terminis. El hombre vive la
provisionalidad de su presente enriquecido por la
luminosidad de su futuro. Si concibe su precariedad
ontológica y temporal como dato absoluto se instala en la
muerte.
El
rico epulón afirma su conciencia de suficiencia existencial
en la quietud terminal de su presente. Esa misma noche le
asalta la muerte como oscura espalda del futuro. Pretender
ahorrarnos la tarea poética del mañana nos remite al metro y
medio de tumba definitiva.
Mons.
Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Episcopal, ha
hablado en nombre de la Iglesia anatematizando el proyecto
de ley sobre el aborto. Ha sido tajante, como suelen ser los
obispos cuando hablan: los políticos católicos que voten,
apoyen o difundan esta ley se convierten objetivamente en
pecadores públicos y por tanto no pueden ser receptores de
la comunión. Quitar la vida entra en contradicción con la fe
católica y en consecuencia caen en la herejía y en la
excomunión que lleva aparejada.
Rouco
Varela y la mayoría de los Obispos apoyan estas
declaraciones de Martínez Camino. Y en las tertulias
televisivas y radiofónicas se llega de forma unánime a la
misma conclusión: la Iglesia dice siempre lo que siempre ha
dicho. Esta aparente obviedad encierra una concepción
estatificada de la Iglesia. Estatificación a la que aspira
siempre la Jerarquía cuando apela a su núcleo fundamental.
Está basada en el derecho canónico. Lo proclama el propio
portavoz episcopal. Lenin y Hitler, comunismo y nazismo,
instalaron el aborto como arma selectiva y ocasionaron un
holocausto del que la humanidad vivirá siempre avergonzada.
¿Puede
la Iglesia fundamentar su existencia en una normativa
estrictamente jurídica? ¿No está en ese intento
envolviéndose endogámicamente sobre sí misma y negando su
proyección al mundo y al tiempo que en cada etapa histórica
le toca vivir? ¿Ignora deliberadamente el Concilio Vaticano
II? ¿Puede sincera y honestamente basar muchas de estas
tesis en el evangelio? Lo ha pretendido de forma constante,
pero su esfuerzo ha sido inútil. El evangelio no tiene
repuesta para cualquier situación humana porque no se puede
reducir a un código de conducta. Cuando cada acontecer
humano quiere iluminarse con un párrafo de Cristo se
convierte a Jesús en un divulgador de refranes y su mensaje
en una colección de proverbios y aforismos tópicos.
Decir
siempre lo que siempre se ha dicho no es más que un reflejo
de involución, de hermetismo, de falta de proyección en el
tiempo. Cuando desde una egolatría excesiva se apela a la
revelación divina, al derecho natural como interpretación
unívoca y de exclusiva propiedad privada, cuando
conscientemente se confunde tradición con inercia, la
Iglesia queda convertida en estatua de sal, en incómoda
postura de mirar el pasado, sólo el pasado, convirtiendo la
libertad viviente del evangelio en contradicción flagrante e
institucionalmente aprovechada del ayer como patrimonio
esclerotizante.
La
Iglesia tiene derecho a hablar siempre que tenga algo que
decir a los hombres y mujeres de hoy. Los pétalos disecados
pertenecen a libros de nostalgia.
Rafael Fernando
Navarro
http://marpalabra.blogspot.com