AMOR CORPORAL
¿Puede existir un amor que no sea corporal? Si aún estamos
en el paradigma dualista puede resultarnos extraña esta
pregunta pues en este paradigma el cuerpo no es precisamente
el lugar del amor o quizás lo sea sólo del amor
erótico-sexual.
Sin embargo en una cosmovisión unificada, holística, lo que
se hace imposible es no vivirnos como el cuerpo que somos.
No “tenemos” un cuerpo, somos un cuerpo y por tanto solo nos
es posible amar corporalmente, es más hasta que el amor no
se haga cuerpo es sólo un buen deseo pero no una realidad
histórica.
Somos un cuerpo.
Esta afirmación requiere por mi parte una clarificación de
lo que quiero decir cuando expreso que somos un
cuerpo, no que tenemos un cuerpo.
El camino de recuperación de esta visión unificada nos
orienta hacia una identidad corporal afirmada, amada y
gozada. Somos un cuerpo unificado, en unidad indisoluble
psique-soma, soma-mente, soma-espíritu. Todo lo que
acontece en nuestra vida, en cualquier nivel de nuestra
persona acontece en nuestro cuerpo y éste guarda memoria de
ello.
Nuestro cuerpo es:
·
una realidad biológica, tiene sus leyes específicas de funcionamiento, que tiene una
potencialidad y unos límites: resistencia, longevidad,
energía belleza, salud,
·
una realidad sexuada
que identifica a las personas e influye en sus opciones,
comportamientos, relaciones, una realidad configurada
socialmente,
·
un depósito y un productor de energía, y de vitalidad que poseemos y podemos mantener y/o
dilapidar,
·
es la presencialización de lo que somos,
el "lugar" desde donde nos configuramos condicionados
genética y culturalmente,
·
es el lugar de nuestra comunicación con los otros, lo otro y
Dios.
Nos permite ser seres en relación, desde el cuerpo que somos
nos relacionamos, y nos trascendemos,
·
es una realidad espiritual, ética, estética, lugar de
verificar de nuestra fe.
Si nuestro cuerpo es la presencialización de nuestra persona
que es espiritual, tenemos que afirmar con verdad que
nuestro cuerpo es espiritual o que nuestro espíritu es
corporal, o que nuestro ser corporal es espiritual. Todo lo
que acontece en nuestra vida pasa necesariamente por nuestro
ser corporal.
No es fácil tampoco acotar la palabra amor. ¿De qué
hablamos cuando hablamos de amor?. Quizás sea una de las
realidades de la vida que más interés ha suscitado y que ha
llenado más páginas escritas.
Yo voy a referirme al amor como una realidad que unifica y
evoca tres maneras clásicas de definir tres maneras de amar:
·
amor como “ágape”,
·
como “eros”,
·
como “filia”.
Con esas tres palabras se han descrito sobre todo tres
manifestaciones clásicas del amor:
·
“ágape”:amor
materno-paterno;
·
“eros”
el amor erótico de pareja,
·
“filia” el amor de amistad.
En este momento no me voy a referir a tres maneras de amar
distintas sino a tres “ingredientes” del amor. Voy a
referirme brevemente a cada uno de estos ingredientes para
después intentar mostrar cómo puede hacerse verdad en
nuestro cuerpo y ser experimentado en otros cuerpos.
EL AMOR “ÁGAPE”
es la manifestación del amor generoso que no está
condicionado por la respuesta, aunque la desee y la
agradezca.
Amamos con amor de ágape cuando no estamos calculando
nuestra entrega, cuando pasamos por la historia dando
vida, cuidándola, defendiéndola con coraje y pasión,
reconociendo el derecho de todo a existir por sí mismo y no
sólo para nosotros.
Nuestro amor es de ágape cuando busca la justicia, cuando
trabaja por crear unas condiciones que permitan el bienestar
de todas las personas especialmente las más necesitadas. Un
amor que se hace solicitud, compromiso con toda la vida,
cuidado de las personas y del cosmos.
Nuestro cuerpo hace verdad nuestro amor de ágape
cuando convertimos nuestras entrañas en lugar para
acoger, en medio de dolores de parto, el lento dilatarse de
éstas para dar a luz lo mejor de nosotros mismos, cuando las
convertimos en entrañas fecundas que engendran vida,
esperanza, valores, dignidad en nuestro entorno, entonces
nuestras entrañas son fecundas más allá de la biología.
Cuando nuestras entrañas, como le pasó a Jesús de Nazaret,
se estremecen al ver el dolor de nuestro mundo, del cosmos
gimiendo dolores enormes, se hacen entrañas de una
misericordia operativa que busca los modos de hacer de esos
dolores, dolores de parto y no de aborto.
También nuestro corazón necesita aprender este amor
de ágape que se entrega sin calcular egoístamente lo que da,
sabiendo al tiempo tener discernimiento para darse sin
perderse a uno mismo, sin perdernos el respeto a nosotros
mismos.
Cuando nuestros pies, se hacen pies samaritanos, que
se paran para acoger a los apaleados y robados del camino
(hoy continentes enteros) ofreciéndoles lo mejor de sí para
crear “proximidad” que sana, cura, carga con…
Nuestras manos
se hacen amor de ágape cuando son manos parteras de vida
allí por donde pasan, sanan todo lo que tocan, abrazan,
acarician. En definitiva pasan por la vida echando una mano,
haciendo el bien.
EL AMOR DE “FILIA”
es la manifestación del amor que crea vínculos profundos,
que sostiene, acompaña, busca la felicidad del ser amado.
El amor de filia expresa una manera de amar desde la
libertad, la confianza, la reciprocidad y la fidelidad, por
eso se le considera el amor de amistad por excelencia, pero
no sólo se expresa en la relación amistosa. Es el amor que
nos lleva a comprometernos en la construcción de un
nosotros, que se hace compañía, compañerismo inclusivo, más
allá de los vínculos afectivos por eso es el amor que sabe
hacerse hospitalidad frente a toda xenofobia, exclusivismo,
integrismo.
Quizás hoy más que nunca necesitamos cultivar una nueva
sensibilidad inclusiva, que es una de las características
del amor de filia, un amor que nos hace sentirnos próximos,
cercanos, hermanados con todas las personas y toda la
realidad.
El amor de filia es un amor lleno de coraje para salvar
juntos la vida, toda vida por insignificante que parezca.
Amamos con amor de filia cuando nuestros pies caminan
por la vida creando senderos de amistad profunda, fiel,
gozosa; lazos de cercanía sanadora más allá de las fronteras
del afecto, cuando en vez de provocar división, exclusión,
individualismo, generan caminos de compañerismo,
confraternidad, compresión entre pueblos, culturas,
ideologías, religiones diversas.
Nuestro cuerpo expresa amor de filia cuando nuestro
corazón crea vínculos profundos, sin miedos ni
prejuicios, sabe generar amistad, (una realidad siempre
particular) sin romper la fraternidad sino por el contrario
favoreciéndola, cuando se hace casa abierta y compartida
para todos especialmente para los sin hogar material y
psicológico.
Cuando nuestros oídos no se cierran a los gritos de
dolor y de placer de nuestros hermanos y hermanas del
camino; cuando saben escuchar empáticamente sin juicios,
condenas, etiquetas.
Hacemos verdad esta dimensión del amor cuando nuestros
ojos no pasan de largo indiferentes ni distraídos sino
que saben mirar y reconocer, devolver dignidad, dar vida en
vez de dejar que salgan de ellos miradas que matan, cuando
se convierten en ojos vigías que avistan los náufragos del
sistema, para evitar que sean silenciados o escondidos.
El amor de “eros”
tradicionalmente identificado con el amor erótico-sexual de
pareja es el amor de deseo de unión, de presencia, de
compenetración, es la expresión del amor apasionado.
Una característica del amor de “eros” es la valoración de lo
amado, se manifiesta en una mirada que reconoce lo amado
como valioso y atractivo y eso provoca en los destinatarios
de ese amor una consciencia de autovalía, autoestima.
Podríamos definirlo como la atracción apasionada por lo
valioso y el deseo de unirse a ello, deseo de unión que
produce placer. El amor de eros al proceder de una mirada de
reconocimiento y valoración es un amor sanador,
reconstructor de identidades perdidas, liberador de
encorvamientos ancestrales, de culpabilidades eternas.
Amamos con amor de eros cuando nuestros ojos son
capaces de ver la realidad con verdad, con lucidez
consciente, para poder ver y sobre todo contemplar la unidad
profunda de la realidad, como dicen algunos místicos,
descubrir el manto inconsútil que forma todo lo que existe,
entonces se convertirían en ojos amorosos, y por eso capaces
de descubrir lo valioso, incluso la belleza, a veces muy
oculta en lo profundo del ser, de toda persona y realidad.
Ese descubrimiento nos provocaría un deseo de unirnos,
vincularnos, es decir hacer verdad en nuestra vida
cotidiana, la unidad que somos. Nuestros ojos se convierten
también en lugar para expresar esta dimensión del amor
cuando ven y levantan, libran de encorvamientos, cegueras,
sorderas, parálisis, porque son capaces de devolver a las
otras personas su auténtica talla, valía, belleza.
Nuestro corazón
muestra el amor de eros cuando palpita de pasión por lo
Real, disfruta con la presencia de las personas que ama y
guarda en el corazón sus nombres como su mejor tesoro;
cuando es capaz de trabajar apasionadamente en reunificar
todo lo disperso, dividido, roto de nuestro mundo.
Nuestra piel,
si ama con amor de eros, renuncia para siempre al
“despelleje”, al ojo por ojo, a encerrarse en sus pequeñas
fronteras, porque descubre que la verdad de nuestro ser no
se acaba en los propios contornos de nuestro cuerpo, sino en
toda la humanidad y toda la creación como “Cuerpo de Dios” y
que cuando se cierra a su hermano se cierra a su propia
carne.
Vivimos el amor de eros cuando hacemos de nuestra
sexualidad un lugar para el encuentro, sin miedo y sin
tabúes, creando encuentros corporales constructores de
identidad, cuando no hacemos de las diferencias de sexo y de
orientación sexual un lugar para la marginación, la
discriminación, la exclusión sino un lugar para vivir
gozosamente la unidad fundamental que somos, en pluralidad y
singularidad.
Hacemos verdad el amor de eros cuando los cuerpos, en
verdad, libertad y respeto se encuentran para gozar del amor
que se hace erotismo, placer compartido, com-penetración,
éxtasis de sí para entrar en la persona amada.
Finalmente hacemos verdad el amor eros cuando nuestra
boca aprende a convertirse en “degustadora” de la vida,
aprendiendo a gustar los sabores de la verdad, de la
justicia, del Reino en la vida cotidiana y ayuda a otros a
degustarlos; cuando aprender a hablar y callar como lenguaje
de amor, que sabe bendecir y renuncia a la maledicencia,
mal-dición, que sabe besar y hace del beso sacramento del
amor, que sabe sonreír con sentido del humor para no
tomarnos a nosotros mismos demasiado en serio y no permitir
que nos amarguen la vida.
Cuando todo esto acontezca, seremos testigos corporales del
amor. Quizás nos pase lo que le pasó a Jesús de Nazaret, que
los que vivieron con él dijeron: lo que han visto nuestros
ojos, oído nuestros oídos y tocado nuestras manos, es que el
Dios de los cristianos es Amor y merece la pena creer en El.
Emma
Martínez Ocaña