498 MÁRTIRES
El próximo día 28, con toda solemnidad en la plaza de
San Pedro de Roma, serán beatificadas por el papa 498
personas que murieron asesinadas en la Guerra Civil
española de 1936 a 1939.
Nunca, en la larga historia de la Iglesia, habían
recibido los honores de la beatificación tantos
cristianos a la vez. Se trata, pues, de un hecho
enteramente singular que debería ser motivo de gozo para
toda la Iglesia, especialmente la española. Lo que
ocurre es que este hecho tan gozoso para la Iglesia no
puede ser motivo de alegría para todos sus miembros.
Porque los que van a ser elevados a tanta dignidad
pertenecían todos a uno de los bandos contendientes.
Y ahora nos encontramos con la desagradable coincidencia
de que entre quienes fueron asesinados en el otro bando
había también personas con creencias religiosas, pero
resulta que justamente en estos mismos días, cuando unos
españoles preparan gozosamente su viaje a Roma para
honrar a sus antepasados como heroicos mártires, hay
otros españoles que profesan las mismas creencias
religiosas, pero que se sienten, no sólo olvidados y
excluidos de la fiesta, sino además sin poder saber ni
dónde fueron enterrados sus difuntos.
Y hasta es posible que haya quienes se vean señalados
con el dedo como gentes que no son capaces de olvidar
agravios que todos tendríamos que borrar de la memoria.
La Iglesia es cuidadosa para que sólo suban a los
altares quienes dieron su vida por motivos religiosos,
nunca si hay sospecha de que fueron asesinados por
motivos políticos. En los años 70 y 80 del siglo pasado,
cuando en América Latina alcanzaron mayor crueldad las
dictaduras militares, fueron torturados y masacrados
muchos miles de cristianos: obispos, sacerdotes,
religiosas y religiosos, catequistas y laicos.
Las víctimas de aquellos horrores lo tienen muy crudo
para alcanzar la gloria que el día 28 van a conseguir
los que en España murieron en la “zona roja”. Los casos
más llamativos son los de Monseñor Angelelli, en
Argentina, y sobre todo el de Monseñor Romero, en El
Salvador, que fue ejecutado sobre el altar cuando estaba
celebrando la eucaristía. Ninguno de estos obispos ha
sido aún beatificado.
Muchos de los que murieron violentamente en América
Latina eran seguramente tan cristianos como los que
sufrieron tortura en las checas y muerte infame en las
cárceles de la República. La diferencia está en que
quienes fueron ejecutados en el bando republicano eran
creyentes y además de derechas, “gente de orden”.
Mientras que muchos de los cristianos asesinados por
Videla o Pinochet eran creyentes, pero creyentes de
izquierdas, “gente revolucionaria”. Y ya lo sabemos,
desde el punto de vista dominante en el Vaticano, el
“orden” sube a los altares, mientras que la “revolución”
baja a los infiernos.
Militares de “orden” y de derechas fueron Franco y
Pinochet. Sus víctimas difícilmente van a subir a los
altares. Ya se podrán dar por satisfechos sus familiares
si un día encuentran las tumbas de quienes fueron
ejecutados como “revolucionarios”.
Yo sé que remover el recuerdo de la Guerra Civil es un
asunto escabroso. Porque, en vez de curar viejas
heridas, puede echar más vinagre en cicatrices que no se
acaban de cerrar.
Sin embargo, y aun a riesgo de irritar a quienes ven las
cosas de otra manera, creo que es necesario hablar de
este asunto. Porque ahora nos estamos dando cuenta de
que, en la ejemplar transición tantas veces elogiada,
hubo una herida que curó en falso. Quizá no pudo ser de
otra manera.
Hoy somos muchos los que pensamos que ha llegado la hora
de sanear nuestra convivencia. Ahora bien, si alguien
tiene un papel determinante en esa tarea, es la Iglesia,
sobre todo los obispos.
El próximo día 28 van a estar casi todos los obispos
españoles en la plaza de San Pedro. Y luego vendrán las
celebraciones locales de los 498 mártires, en cada
ciudad, en cada parroquia, en cada pueblo. Vamos a tener
fiestas de mártires por toda España durante semanas.
Por más que el portavoz de los obispos, Martínez Camino,
nos diga que todo eso no tiene ninguna intencionalidad
política, sería necesario estar ciegos para no darse
cuenta de que así se le les facilitan las cosas, con
vistas a la campaña electoral, a quienes hoy se sienten
herederos del ejemplo de aquellos españoles que hoy son
considerados como mártires de una cruzada, justamente
cuando de los otros que cayeron no se quiere ni recordar
su memoria.
Cuando estalló la Guerra Civil, había en Linares un cura
que era el párroco de los mineros. En Linares mandaban
los republicanos. Y entre los mineros abundaba la gente
de izquierdas. Y sin embargo, nadie se metió con aquel
cura. No fue mártir. No pudo serlo. Porque antes de
empezar la guerra, y durante la guerra, se dedicó por
entero a aliviar el dolor de sus feligreses, que
trabajaban duro y ganaban jornales de miseria, sin la
debida seguridad y, sobre todo, sin dignidad.
El cura del que hablo era don Rafael Álvarez Lara.
Acabada la guerra fue nombrado obispo de Guadix y luego
de Mallorca. Él me ordenó a mí de sacerdote y siempre
tuve con él una excelente amistad. Fue un hombre bueno
de verdad.
No pretendo insinuar que los que ahora van a ser
venerados como mártires no fueron tan buenas personas
como lo pudo ser don Rafael. Lo que digo es que si los
curas y monjas, que había en España en los años 30,
hubieran sido vistos por los pobres, los obreros y los
trabajadores como los mineros de Linares veían a don
Rafael, seguramente ahora no tendríamos tantos mártires
en los altares, pero a lo mejor habría más cristianos en
las calles y más unidad, respeto y armonía en nuestra
sociedad.
José M. Castillo
El
Ideal de Granada,
11
de octubre, 2007
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