A vista de perro
Hace ya años, allá por entre los sesenta y setenta, tuve
ocasión de ver una colección de fotografías titulada
“París visto por un perro”. Las fotos no eran nada del
otro mundo: calles, papeleras, bancos, farolas... Pero
el fotógrafo había hecho todas las tomas desde una
altura no superior a la de un perro mediano, lo cual le
daba una perspectiva inusual a lo cotidiano.
Ponerse a la altura del otro para tratar de ver las cosas
como él las ve, no es lo corriente, sino un difícil
ejercicio que apenas hace nadie porque encierra el
riesgo de perder las ventajas que nos da la carencia de
empatía. Pero es la condición necesaria para entender
los puntos de vista, las opiniones, los sentimientos y
las acciones ajenas.
Algo de esto me vino a la mente cuando leí en su día el
artículo de Leonardo Boff “En la sala de la
Ex-Inquisición”
[KOINONIA/Boff/083].
En respuesta a los cargos que le hacía el Cardenal
Ratzinger, que le acusaba poco menos que de herejía,
Boff dice: «usted no tiene ojos para la teología de la
liberación porque ve el mundo de los pobres por esas
ventanas cuadradas por donde no llega su grito».
Elocuente cruce de acusaciones que dejaba claro donde
estaba cada cual.
Lo he recordado de nuevo hace muy pocos días al leer el
testimonio de unas cooperantes en los “asentamientos
humanos” de Chimbote, puerto de mar pesquero, en el
norte de Perú, con fábricas de harina de pescado que
emplean en precario, junto con la pesca cuando no hay
veda, a la mayor parte de la población obrera. Chozas
sin agua, calles de pura arena, son el “hábitat” de esa
creciente población hambrienta y marginada, explotada
por los ricos y pastoreada por un obispo, español para
más señas, que vive en una zona residencial fuertemente
custodiada, a la cual tampoco llegan los gritos
desgarrados de los pobres.
Es evidente que esta Iglesia Católica Romana mira desde lo
alto; que sólo se postra de rodillas y mira hacia arriba
cuando mira al cielo, pero que se mantiene altiva ante
la realidad del mundo en que vivimos. Ni por un instante
se le ocurre a esa alta clerecía salir de su
privilegiado entorno palaciego para mirar desde la
perspectiva de la población doliente, cargada de penas y
privada en su realidad de los más elementales derechos
por la dureza de corazón de los amos del mundo.
La miseria humana a ras de suelo, a vista de perro, no es
lo que quieren ver esos clérigos encumbrados, sepulcros
blanqueados, corazones de piedra, amantes del bienestar
material, de los honores mundanos, de los atributos del
poder.
Desde la libertad de pensamiento que ofrece la no adhesión
a ninguna confesión religiosa, sin la mirada excelsa de
quienes tienen su mente acomodada a celestiales visiones
y a doctrinales interpretaciones, el hereje impenitente
que esto escribe ve como pura vergüenza las referidas
conductas, episcopal y cardenalicia, tan distantes de
esas capas de población miserable, excluida, marginada.
Ni rastro de Buena Nueva se vislumbra en sus
comportamientos; ni una brizna de amor ni de compasión
en sus corazones ante tanta humanidad lacerada.
¿Imagina alguien a Jesús ignorando altivamente al leproso
que le suplica?
Pero Jesús anunciaba el Reino de Dios, no la Iglesia,
que es lo que llegó en su lugar, como bien señaló Alfred
Loisy. Jesús no se mantenía alejado de los pobres, pero
la Iglesia instituida a fuerza de concilios vive
instalada en el mundo rico. Sólidos muros de piedra, de
sentimientos y de intereses separan a los de arriba de
quienes viven en el polvo y en el barro. Ni el mensaje
de Jesús ni el llanto de los pobres pueden atravesar
esas colosales murallas. Ni uno ni otro pueden ser
escuchados desde los suntuosos aposentos de quienes se
erigen en representantes divinos.
A
quien esto escribe no le es fácil ver la sede de Pedro
bajo la cúpula vaticana, sino más bien la de Constantino
y quienes le sucedieron. Diez y seis largos siglos de
alianza y connivencia con los poderes terrenales, de
ignorancia voluntaria del sufrimiento de millones de
seres bajo el domino de las clases pudientes así lo
atestiguan.
Posiblemente quien esto lea pensará que quien lo escribe
no goza de la altitud de miras que da la fe en la Santa
Madre Iglesia Católica. Nada más cierto. Tal vez si la
tuviera su perspectiva sería otra, mucho más excelsa.
Tal vez entonces no pensaría, como piensa ahora, que los
millares de “madres teresas” y de “santos romeros” que
ha habido y hay en diversos lugares del mundo no bastan
para compensar el daño que hace el mundo rico, ni para
blanquear la podredumbre que encierra el fausto
clerical. Tal vez. Pero ya advertimos desde un buen
comienzo que estamos mirando desde abajo, a vista de
perro.
Pepcastelló