Caritas in Veritate: una encíclica con demasiado lastre
la cuestión social como
cuestión antropológica
Creo que
hay que comenzar leyendo los números 75 y 78.
Son fundamentales para situarse en la interpretación
teológico-antropológica. Pues de esto se trata, ante
todo, de una presentación de la cuestión social como
cuestión antropológica.
Una
antropología integral, y por ende religioso-cristiana, es el
quicio del desarrollo personal y social auténtico.
Éste es el motivo central de la encíclica, y el hilo
conductor que sostiene todos los argumentos y respuestas.
Las respuestas son sociales, morales, culturales y
espirituales, pero todas ellas, todas, se articulan
alrededor de un concepto de persona referido a Dios.
Este
conocimiento de quién es el ser humano, en su identidad más
radical, a la luz de la razón y de la fe, es el único capaz
de salvarlo, como individuo y como humanidad, de un
desarrollo falso y plagado de abusos.
Sólo en
referencia a su origen en Dios, el ser humano se descubre
como hijo del don y realizado en la donación;
sólo en Dios, la conciencia innata que nos hace reconocer la
verdad del ser en cada uno, en los otros y en toda la
realidad creada, adquiere raíces que la nutren por siempre.
Las culturas, los sistemas sociales, las leyes, las
asociaciones y las familias, que no atiendan a esta
matriz moral, espiritual y religiosa de la condición humana,
no pueden conseguir un desarrollo digno del ser humano.
Nuestro tiempo, el de al globalización y crisis general, es
un ejemplo meridiano de esto.
Ésta es
la tesis de la encíclica, y a partir de aquí, o con esto en
su seno, se va desarrollando todo, como en un remolino, que
lo va atrayendo todo a su alrededor.
Se podría
decir que la encíclica es como un remolino que lo va
absorbiendo todo en su movimiento, en torno siempre,
a ese vector antropológico y teológico que es el
concepto cristiano de persona.
Evidentemente, la encíclica asume que cualquiera que haga un
planteamiento correcto y equilibrado de la fe y la razón,
como vías de conocimiento humano, va a dar con una síntesis
antropológica de la misma naturaleza a la que aquí se
postula.
Por el
contrario, quien no consiga una síntesis análoga, merece
respeto, por supuesto, pero no tiene ninguna oportunidad de
llegar a buen puerto, “el de la persona y la humanidad como
familia común”, ni en el terreno de los derechos humanos, ni
en el de la economía o la política, ni en el de la técnica,
ni en de la espiritualidad.
Lo
más original creo que es el capítulo de la técnica como
ideología, nn 68-77.
Lo considero muy interesante en relación a la cultura, la
economía y la vida social, el pensamiento, los derechos
humanos, la bioética; muy interesante; por supuesto, en la
clave de la ley natural según vengo explicando. Pero hace
pensar a cualquiera. No todos lo compartirán, claro está; ni
siquiera en la Iglesia. Al cabo es la cuestión social
como cuestión antropológica. Ya estaba en Pablo VI y,
más aún, en Juan Pablo II pero, ahora, lo ocupa todo.
Aquí sí que aparece un aspecto que debió mejorarse
claramente. En el número 75, cuando se critica la
percepción de los derechos humanos que tiene el mundo
moderno, todo se atribuye a un error de fondo en cuanto a la
persona, pero no se dice que, mucho antes de que viniera la
modernidad y sus ideologías, la indiferencia moral hacia las
víctimas del sistema, el olvido de los pobres, ya estaba
ahí; luego sería necesario profundizar más, y unido a que
todo tiene un componente antropológico y metafísico, habría
que destacar mucho más qué estructuras sociales hacen
casi imposible que la caridad camine en la verdad.
Sin duda,
este recurso antropológico tan acertado, llevado a su
límite, hace que la encíclica cometa a menudo este error de
bulto que yo lo calificaría “idealismo moral” en el que
concurren como una daga los peligros de derivar en
ideología teológica. Debemos pensar esto con mucha
libertad y honradez.
Muy
interesantes las aportaciones sobre el gobierno político de
la globalización, por supuesto, democrática, y bajo el
principio de subsidiaridad y solidaridad; y sobre el
desarrollo respetuoso de la ecología ambiental, humana y
social, además de universal e intergeneracional.
El
mercado, de facto, en su lógica propia, debiera
merecer una crítica mucho más severa (n 36), como
institución menos aséptica en cuanto tal; no sólo refleja
vicios de las personas en su funcionamiento depredador.
Habría
que ahondar más en esta cuestión. De hecho, en la literatura
social, la que brinda elementos de juicio a la moral, está
mucho más desarrollada la problemática del despilfarro de
recursos, los procesos de concentración de la propiedad, las
relaciones de dependencia entre pueblos y economías, el
control de los mercados más importantes de materias primas y
recursos varios, la manipulación artificial de las mismos,
la casi imposibilidad de la democracia de los ciudadanos
cerca de ellos, una vez alcanzado un nivel de poder
intratable, de cómo los mercados más rentables son los más
inhumanos, etc.
Sin duda,
la misma institución, como de hecho se da, y en relación al
concepto persona con un trabajo decente, y que puede vivir
dignamente, merece una crítica más severa y concreta del
mercado.
A mi
juicio, la encíclica es demasiado larga. Recoge tantos
aspectos e introduce tantos matices, que difícilmente puedes
ver algo tratado en profundidad, salvo en cuanto a la
antropología teológica que la sustenta. También la
concreción en cuanto al gobierno democrático, subsidiario y
solidario, del mundo y sus procesos de globalización (ONU).
(He estado tentado de compararla con un hipermercado; hay de
todo y para todos los gustos. No debería hacer esta
comparación).
Es
curioso que no se plantee la cuestión del “decrecimiento”
como forma de cambiar los estilos de vida (n 21 y 51), o
como la manera objetivamente más justa de posibilitar ese
cambio en los estilos de vida.
Se sigue
creyendo en el crecimiento “humano” con cierta ingenuidad.
La confianza en el cambio de valores en las personas y en la
cultura, hace que no se atienda tanto, o muy poco, a si no
tenemos que vivir de otro modo, para vivir todos; y si este
modo no debería incluir el decrecimiento, para vivir
como menos; y no sólo todos, sino quiénes más y por qué.
El
planteamiento ecológico de la encíclica lo apunta, pero no
sale del planteamiento del crecer con equilibrio y
compartir. Creo que la moral social cristina está en
condiciones de decir y exigir algo más alternativo, en
clave de decrecimiento.
La
cuestión de que las pobrezas más hondas (n 53) están
en relación radical con la soledad y la falta de amor, sí,
pero suena idealista entre tanta carencia de lo más
elemental en términos “más materiales, legales o
institucionales”; esto habría que mejorarlo y darle más
cuajo material e histórico a las pobrezas que el ser humano
padece.
Seguramente, si las personas que están detrás de la
encíclica padecieran necesidades más tangibles y dolorosas,
la formulación sería más dialéctica.
La moral
social cristiana está en condiciones de ser más crítica
en cuanto al interrogante que los pobres y excluidos
introducen en la verdad de la caridad. El primer
componente de la verdad que rige la caridad, son los más
pobres y débiles de la vida en cualquier sentido y sin culpa
propia, las víctimas en sentido propio. Tenemos que ser más
exigentes en esto. Es la dignidad de los que, de hecho, se
ven obligados a vivir como si no la tuvieran.
La crítica del mundo financiero yo la esperaba más dura y concreta; otra vez la cuestión
de la lógica interna, su opacidad, su desarrollo como
estructura de poder… Debió ser mucho más cuestionada.
La
reivindicación de las pautas éticas que nunca deben saltarse
en ese mundo, acertadas, pero muy “personalistas”. Por todas
partes hay una moral social cristiana, y laica, que advierte
de que el sistema financiero internacional campa a sus
anchas, frente a la política democrática y los derechos de
la ciudadanía.
No es que
sepamos qué hacer, a ciencia cierta, pero sí lo que no
podemos consentir en valores, y en estructuras. Sería
necesario cuestionar más directamente esas estructuras del
sistema financiero internacional, y decir lo que no es
moralmente de recibo. Hay también ideas en términos de
fiscalidad sobre el sistema financiero (Tasa Tobin) que
hubiese estado bien decir que por ahí puede haber un camino
de socialización de capitales especulativos.
En casi
todas las cuestiones, la Iglesia es como si estuviera fuera
del escenario de los errores y excesos sociales. Falta
autocrítica. Algo así como, “nosotros ya sabíamos lo que
iba a pasar, y hemos sido espectadores; ahora os presentamos
el remedio moral, la verdad sobre el hombre, a la luz de la
razón humana, iluminada por la fe en Jesucristo”.
Pero todo
esto ha sucedido en su ámbito de influencia, el mundo de
“cultura cristiana”, y con ella misma en el sistema social.
La moral social cristiana es capaz de una mayor crítica
social, y conviene desarrollar ya la moral social cristiana
para la Iglesia; no sólo “de la Iglesia”, sino “para la
Iglesia”.
Precisamente ese “idealismo” moral tan característico, ¡yo
creo que muy superior al de la DSI en Juan Pablo II!, y
entiendo por tal, ese volver a la verdad antropológica como
magma que todo lo explica y resuelve, permite a la Iglesia
contemplarse, ante todo, como maestra benigna y amistosa,
pero casi fuera del escenario.
En suma,
una encíclica para seguir pensando, ante la que es difícil
quedar indiferente, con aportaciones muy importantes, pero
muy lastrada por una falta de análisis social, en
directo, y una proyección “social” más atrevida de las
potencialidades del concepto cristiano de persona, y
de la tradición moral de las bienaventuranzas
evangélicas, sobre las situaciones sociales más inhumanas.
José Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete