Carta de Jon Sobrino
al P. General de los jesuítas
Jon
Sobrino conoció a través de su superior general
la
Notificatio
de la Congregación de la fe,
para la que se le pedía una adhesión sin
reservas. En esta carta explica por qué no puede
hacerlo. La publicamos (excepto algún párrafo
que el autor ha querido reservarse) a la espera
de poder hacer público también el texto oficial
del documento vaticano.
Querido P. Kolvenbach:
Ante todo le agradezco la carta que me escribió el 20 de
noviembre y todas las gestiones que ha hecho para
defender mis escritos y mi persona. Ahora me dice el
P. Idiáquez que le escriba a usted sobre mi postura
ante la
notificatio y las razones por las que no
me adhiero -“sin reservas”, dice usted en su carta-
a ellas. En un breve texto posterior expondré mi
reacción ante la
notificatio,
pues, como usted dice, lo normal es que la noticia
aparezca en los medios y que los colegas de la
teología esperen una palabra mía.
1. La razón fundamental.
La razón fundamental es la siguiente. Un buen número de
teólogos han leído mis dos libros antes de que fuese
publicado el texto de la Congregación de la fe de
2004. Varios de ellos leyeron también el texto de la
Congregación. Su juicio
unánime
es que en mis dos libros no hay nada que no sea
compatible con la fe de la Iglesia.
El primer libro,
Jesucristo liberador. Lectura histórico-teológica de
Jesús de Nazaret, fue publicado en
español en 1991, hace 15 años,y ha sido traducido al
portugués, inglés, alemán e italiano. La traducción
portuguesa tiene el
imprimatur
del Cadenal Arns, del 4 de diciembre de 1992.
Que yo sepa ninguna recensión o comentario teológico
oral cuestionó mi doctrina.
El texto del segundo libro, La fe en Jesucristo. Ensayo desde las víctimas, fue
publicado en 1999, hace siete años, y ha sido
tradcido al portugués, inglés e italiano. Fue
examinado muy cuidadosamente, antes de su
publicación, por varios teólogos, en algunos casos
por encargo del P. Provincial, Adán Cuadra, y en
otros a petición mía. Son los PP. J. I. González
Faus, J. Vives y X. Alegre, de San Cugat; el P.
Carlo Palacio, de Bello Horizonte; el Pbro. Gesteira,
de Comillas; el Pbro. Javier Vitoria, de Deusto; el
P. Martin Maier, de Stimmen der Zeit. Varios de
ellos son expertos en teología dogmática. Uno, en
exégesis. Y otro, en patrística.
Recientemente, el P. Sesboué, a petición de Martin Maier,
el año 2005 tuvo la gentileza de leer el segundo
libro, La fe
en Jesucristo, conociendo también, según
entiendo, el texto de la Congregación de la fe de
2004. El P. Maier le pidió que se fijase si había
algo en mi libro contra la fe de la Iglesia. Su
respuesta de 15 páginas en conjunto es laudatoria
para el libro. Y no encontró nada criticable desde
el punto de vista de la fe.
Sólo encontró un error, que él llama
técnico,
no doctrinal. “Mon intention est de montrer le centre de
gravité de l’ouvrage et combien il prend au serieux
les affirmations conciliares, comme les titres de
Crist dans le N.T. Je n’ai trouvè qu’une erreure
réelle, s’est son interpretation de la communication
des idiomes, mais c’este une errer technique en non
doctrinale“. (Afirmo desde ahora que no tengo ningún
inconveniente en esclarecer, en la medida de mis
posibilidades, ese error técnico).
Sobre el modo de analizar mi texto por parte de la
congregación dice lo siguiente:
“Je n’ai pas voulu répondre avec trop de précision au
document de la CDF qui vise aussi le premier livre
de Sobrino et me paraît tellement exagéré qu’il est
sans valeur. Talleyrand avait ce mot: “Ce qui est
exagéré est insignifiant!”. Avec cette méthode
délibérément soupçonneuse je peux lire bien des
hérésies dans les encycliques de J.P. II!
J’en ai tout de même tenu compte dans mon
évaluation.
J’ai voulu dire que ce livre me paraît plus
rigoureux dans ses formulations que le précédent.
J’ai aussi cité des textes de la tradition, ou
contemporains, ou même des papes qui vont dans le
sens de Sobrino (en cela je suis la méthode de la
CDF!).
Entregué una copia del texto del P. Sesboué al P. Idiáquez
y al P. Valentìn Menéndez.
Todos estos teólogos son buenos conocedores del tema
cristológico, al nivel teológico y doctrinal. Son
personas responsables. Se han fijado explícitamente
en posibles errores doctrinales míos. Son
respetuosos de la Iglesia. Y no han hallado errores
doctrinales ni afirmaciones peligrosas. Entonces no
puedo comprender cómo la
notificatio
lee mis textos de manera tan distinta y aun
contraria.
Esta es la primera y fundamental razón para no suscribir la
notificatio:
“no me siento representado en absoluto en el juicio
global de la notificatio”. Por ello no me parece
honrado suscribirla. Y además, sería una falta de
respeto a los teólogos mencionados.
2. 30 años de relaciones con la jerarquía
El documento de 2004 y la
notificatio no son una total sorpresa. Desde 1975 he tenido
que contestar a la Congregación para la Educación
católica, bajo el cardenal Garrone, en 1976, y a la
Congregación de la Fe, primero bajo el cardenal
Seper y después, varias veces, bajo el Cardenal
Ratzinger.
El P. Arrupe, sobre todo, pero también el P. Vincent
O’keefe, como vicario general, y el P. Paolo Dezza,
como delegado papal, siempre me animaron a responder
con honradez, fidelidad y humildad. Me agradecieron
mi buena disposición a responder y me daban a
entender que el modo de proceder las curias
vaticanas no siempre se distinguía por ser honrado y
muy evangélico. Mi experiencia, pues, viene de
lejos. Y usted conoce lo que ha ocurrido en los años
de su generalato.
Lo que quiero añadir ahora es que no sólo he tenido serias
advertencias y acusaciones de esas congregaciones,
sobre todo la de la fe, sino que desde muy pronto se
creó un ambiente en el Vaticano, en varias curias
diocesanas y entre varios obispos, en contra de mi
teología -y en general, contra la teología de la
liberación. Se generó un ambiente en contra de mi
teología, a
priori, sin necesidad de leer muchas
veces mis escritos.
Son 30 largos años de historia. Sólo voy a mencionar
algunos hechos significativos. Lo hago no porque ésa
sea una razón fundamental para suscribir la
notificatio,
sino para comprender la situación en que estamos y
qué difícil es, al menos para mí, y aun poniendo lo
mejor de mi parte, tratar honrada, humana y
evangélicamente, el problema.
Y para ser sincero, aunque ya he dicho que no es una razón
para no adherirme a la
notificatio,
siento que no es ético para mí “aprobar o apoyar”
con mi firma un modo de proceder poco evangélico,
que tiene dimensiones estructurales, en buena
medida, y que está bastante extendido. Pienso que
avalar esos procedimientos para nada ayuda a la
Iglesia de Jesús, ni a presentar el rostro de Dios
en nuestro mundo, ni a animar al seguimiento de
Jesús, ni a la “lucha crucial de nuestro tiempo”, la
fe y la justicia. Lo digo con gran modestia.
Algunos hechos del ambiente generalizado que se ha generado
contra mi teología, más allá de las acusaciones de
las congregaciones, son los siguientes.
Monseñor Romero escribe en su Diario el día 3 de mayo de
1979: “Visité al P. López Gall… Me dijo con
sencillez de amigo el juicio negativo que se tiene
en algunos sectores para con los escritos teológicos
de Jon Sobrino”. Por lo que toca a Monseñor Romero,
pocos meses después me pidió que le escribiera el
discurso que pronunció en la Universidad de Lovaina
el 2 de febrero de 1980 -en 1977 ya había redactado
para él la segunda carta pastoral “La Iglesia,
cuerpo de Cristo en la historia”. Escribí el
discurso de Lovaina. Le pareció muy bien, lo leyó
íntegramente y me lo agradeció.
Antes de su cambio como obispo, Monseñor me había acusado
de peligros doctrinales, lo que muestra que sabía
moverse en esa problemática (también escribió un
juicio crítico contra la “Teología Política” de
Ellacuría en 1974). Pero después, nunca me avisó de
tales peligros. Creo que mi teología le parecía
correcta doctrinalmente -al menos en lo sustancial.
(Sé muy bien que en el Vaticano un problema para su
canonización ha sido mi posible influjo en sus
escritos y homilías. Escribí un texto de unas 20
páginas sobre ellos. Y lo firmé).
Cuando Alfonso López Trujillo fue nombrado cardenal, dijo
poco después en un grupo, más o menos públicamente,
que iba a acabar con Gustavo Gutiérrez, Leonardo
Boff, Ronaldo Muñoz y Jon Sobrino. Así me lo
contaron, y me parece muy verosímil.
Las historias de López Trujillo con el P. Ellacuría -con
Monseñor Romero, sobre todo- y conmigo son
interminables. Continúan hasta el día de hoy. Y
empezaron pronto. Creo que en 1976 o 1977 habló en
contra de la teología de Ellacuría y de la mía en
una reunión de la Conferencia Episcopal de El
Salvador, a cuya reunión se autoinvitó. Después, en
carta a Ellacuría, negó tajantemente que hubiera
hablado de él y de mí en dicha conferencia. Pero
nosotros teníamos el testimonio, de primera mano, de
Mons. Rivera, quien estuvo presente en la reunión de
la conferencia episcopal.
En 1983 el cardenal Corripio, arzobispo de México, prohibió
la celebración de un congreso de teología. Lo
organizaban los pasionistas para celebrar, según su
carisma, el año de la redención, que estaba siendo
propiciado por Juan Pablo II. Querían tratar
teológicamente el tema de la cruz de Cristo y la de
nuestros pueblos. Me invitaron y acepté. Después me
comunicaron la prohibición del cardenal. La razón, o
una razón importante, era que yo iba a tener dos
conferencias en el congreso.
En Honduras, el arzobispo, regañó a un grupo de religiosas
porque habían ido a una diócesis cercana a escuchar
una conferencia mía. Me había invitado el obispo.
Creo que su nombre era Mons. Corrivau, canadiense.
Sólo un ejemplo más para no cansarle. En 1987 o 1988, más o
menos, recibí una invitación a hablar a un numeroso
grupo de laicos en Argentina, en la diócesis de
Mons. Hesayne. Se trataba de revitalizar a los
cristianos que habían sufrido durante la dictadura.
Y acepté.
Poco después recibí una carta de Mons. Hesayne diciéndome
que mi visita a su diócesis había sido objeto de
debate en una reunión de la Conferencia Episcopal.
El cardenal Primatesta dijo que le parecía muy mal
que yo fuese a hablar a Argentina. Monseñor Hesayne,
me defendió como persona y defendió mi ortodoxia. Le
preguntó al cardenal si había leído algún libro mío,
y reconoció que no. Sin embargo, el obispo se vio
obligado a cancelar la invitación. Me escribió y se
disculpó con mucho cariño y humildad, y me pidió que
comprendiese la situación. Le contesté que la
comprendía y que le agradecía.
De lo que he dicho hasta ahora sobre Argentina tengo
certeza. Lo que sigue lo oí a dos sacerdotes, no sé
si de Argentina o de Bolivia, que pasaron por la
UCA. Al verme, me dijeron que conocían lo que había
ocurrido en Argentina. En resumen, en la reunión de
la Conferencia Episcopal le habían dicho a Mons.
Hesayne que tenía que elegir: o invitaba a Jon
Sobrino a su diócesis, y el Papa no pasaría por ella
en la próxima visita a Argentina, o aceptaba la
visita del Papa a su diócesis y Jon Sobrino no podía
pasar por allí.
No quiero cansarle más, aunque créame que podría contar más
historias. También de obispos que se han opuesto a
que dé conferencias en España… Esta “mala fama” no
creo que fuese algo específicamente personal, sino
parte de la campaña contra la teología de la
liberación.
Y ahora formulo mi segunda razón para no adherirme. Tiene
que ver menos directamente con los documentos de la
Congregación de la fe, y más con el modo de proceder
del Vaticano en lo últimos 20 ó 30años. En esos
años, muchos teólogos y teólogas, gente buena, con
limitaciones por supuesto, con amor a Jesucristo y a
la Iglesia, y con gran amor a os pobres, han sido
perseguidos inmisericordemente.
Y no sólo ellos. También obispos, como usted sabe, Monseñor
Romero en vida (todavía hay quien no le quiere en el
Vaticano, al menos no quieren al Monseñor Romero
real, sino a un Monseñor Romero aguado), Don Helder
Camara tras su muerte, y Proaño, Don Samuel Ruiz y
un muy largo etcétera…
Han intentado descabezar, a veces con malas artes, a la
CLAR, y a miles de religiosas y religiosos de
inmensa generosidad, lo que es más doloroso por la
humildad de muchos de ellos. Y sobre todo, han hecho
lo posible para que desaparezcan las comunidades de
base, los pequeños, los privilegiados de Dios…
Adherirme a la
notificatio, que expresa en buena parte
esa campaña y ese modo de proceder, muchas veces
claramente injusto, contra tanta gente buena, siento
que sería avalarlo. No quiero pecar de arrogancia,
pero no creo que ayudaría a la causa de los pobres
de Jesús y de la iglesia de los pobres.
3. Las críticas a mi teología del teólogo Joseph Ratzinger
Este tema me parece importante para comprender dónde
estamos, aunque no es una razón para no suscribir la
notificatio.
Poco antes de publicar la primera
Instrucción sobre
algunos aspectos de la “Teología de la liberación”,
corrió, en forma manuscrita, un texto
del cardenal Joseph Ratzinger sobre dicha teología.
El Padre César Jerez, entonces provincial, recibió
el texto de un jesuita amigo, de Estados Unidos. El
texto fue publicado después en
30 giorni
III/3 (1984) pp. 48-55. Yo lo pude leer, ya
publicado, en
Il Regno. Documenti 21 (1984) pp. 220-223.
En este artículo se mencionan los nombres de cuatro
teólogos de la liberación: Gustavo Gutiérrez, Hugo
Assmann, Ignacio Ellacuría y el mío, que es el más
frecuentemente citado. Cito textualmente lo que dice
sobre mí. Las referencias son de mi libro
Jesús en América
Latina. Su significado para la fe la cristología,
San Salvador, 1982.
a) Ratzinger: “Respecto a la fe dice, por ejemplo, J.
Sobrino: La experiencia que Jesús tiene de Dios es
radicalmente histórica. “Su fe se convierte en
fidelidad”. Sobrino reemplaza fundamentalmente, por
consiguiente, la fe por la “fidelidad a la historia”
(fidelidad a la historia, 143-144).
Comentario. Lo que yo digo textualmente es: “su fe en el
misterio de Dios se convierte en fidelidad a ese
misterio”… con lo cual quiero recalcar la
procesualidad del acto de fe. Digo también que “la
carta (de los Hebreos) resume admirablemente cómo se
da en Jesús la fidelidad histórica y en la historia
a la práctica del amor a los hombres y la fidelidad
al misterio de Dios” (p. 144).
La interpretación de Ratzinger de remplazar la fe por la
fidelidad a la historia está injustificada. Repito
varias veces: “fidelidad al misterio de Dios”.
b) Ratzinger: “’Jesús es fiel a la profunda convicción de
que el misterio de la vida de los hombres… es
realmente lo último…’ (p. 144). Aquí se produce
aquella fusión entre Dios y la historia que hace
posible a Sobrino, conservar con respecto a Jesús la
fórmula de Calcedonia pero con un sentido totalmente
alterado: se ve cómo los criterios clásicos de la
ortodoxia no son aplicables al análisis de esta
teología”.
Comentario. El contexto de mi texto es que “la historia
hace creíble su fidelidad a Dios, y la fidelidad a
Dios, a quien le instituyo, desencadena la fidelidad
a la historia, al ‘ser a favor de otros’” (p. 144).
Para nada confundo Dios y la historia. Además, la fidelidad
no es a una historia abstracta, o alejada de Dios y
absolutizada, sino que es la fidelidad al amor a los
hermanos, lo que tiene una ultimidad específica en
el Nuevo Testamento y es mediación de la realidad de
Dios.
c) Ratzinger: “Ignacio Ellacuría insinúa este dato en la
tapa del libro sobre este tema: Sobrino “dice de
nuevo… que Jesús es Dios, pero añadiendo
inmediatamente que el Dios verdadero es sólo el que
se revela histórica y escandalosamente en Jesús y en
los pobres, quienes continúan su presencia. Sólo
quien mantiene tensa y unitariamente esas dos
afirmaciones es ortodoxo…”
Comentario. No veo qué tiene de malo las palabras de
Ellacuría.
d) Ratzinger: “El concepto fundamental de la predicación de
Jesús es “Reino de Dios”. Este concepto se encuentra
también en el núcleo de las teologías de la
liberación, pero leído sobre el trasfondo de la
hermenéutica marxista. Según J. Sobrino el reino no
debe comprenderse de modo espiritualista, ni
universalista, ni en el sentido de una reserva
escatológica abstracta. Debe ser entendido en forma
partidista y orientado hacia la praxis. Sólo a
partir de la praxis de Jesús, y no teóricamente, se
puede definir lo que significa el reino; trabajar
con la realidad histórica que nos rodea para
transformarla en el Reino” (166).
Comentario. Es falso que yo hable del reino de Dios en el
transfondo de la hermenéutica marxista. Sí es cierto
que doy importancia decisiva a reproducir la praxis
de Jesús para obtener un concepto que pueda
acercarnos al que tuvo Jesús. Pero esto último es
problema de epistemología filosófica, que tiene
también raíces en la comprensión bíblica de lo que
es conocer. Como dicen Jeremías y Oseas: “hacer
justicia, ¿no es eso conocerme?”.
e) Ratzinger: “En este contexto quisiera también mencionar
la interpretación impresionante, pero en definitiva
espantosa, de la muerte y de la resurrección que
hace J. Sobrino. Establece ante todo, en contra de
las concepciones universalistas, que la resurrección
es, en primer lugar, una esperanza para los
crucificados, los cuales constituyen la mayoría de
los hombres: todos estos millones a los cuales la
injusticia estructural se les impone como una lenta
crucifixión (176). El creyente toma parte también en
el reinado de Jesús sobre la historia a través de la
implantación del Reino, esto es, en la lucha para la
justicia y por la liberación integral, en la
transformación de las estructuras injustas en
estructuras más humanas. Este señorío sobre la
historia se ejerce, en la medida en que se repite en
la historia el gesto de Dios que resucita a Jesús,
esto es, dando vida a los crucificados de la
historia (181). El hombre asumió las gestas de Dios,
y en esto se manifiesta toda la transformación del
mensaje bíblico de modo casi trágico, si se piensa
cómo este intento de imitación de Dios se ha
efectuado y se efectúa”.
Comentario. Si la resurrección de Jesús es la de un
crucificado, me parece al menos plausible comprender
teológicamente la esperanza en primer lugar para los
crucificados. En esta esperanza podemos participar
“todos” en la medida en que participemos en la cruz.
Y “repetir en la historia el gesto de Dios” es obviamente
lenguaje metafórico. Nada tiene que ver con
hybris
y arrogancia. Hace resonar el ideal de Jesús: “sean
buenos del todo como el Padre celestial es bueno”.
Hasta aquí el comentario a las acusaciones de Ratzinger. No
reconozco mi teología en esta lectura de los textos.
Además, como usted recordará, el P. Alfaro escribió
un juicio sobre el libro del que Ratzinger saca las
citas, sin encontrar error alguno en su artículo
“Análisis del libro ‘Jesús en América Latina’ de Jon
Sobrino”,
Revista Latinoamericana de Teología 1,
1984, pp. 103-120). Por lo que toca a la ortodoxia
concluye textualmente:
“a) Expresa y repetida afirmación de fe en la divinidad
(filiación divina) de Cristo a lo largo de todo el
libro;
b) Reconocimiento creyente del carácter normativo y
vinculante de los dogmas cristológicos, definidos
por el magisterio eclesial en los concilios
ecuménicos;
c) Fe en la escatología cristiana, iniciada ya ahora
en el presente histórico como anticipación de su
plenitud venidera meta-histórica (más allá de la
muerte);
d) Fe en la liberación cristiana como “liberación
integral”, es decir, como salvación total del hombre
en su interioridad y en su corporalidad, en su
relación a Dios, a los otros, a la muerte y al
mundo.
Estas cuatro verdades de la fe cristiana son fundamentales
para toda cristología. Sobrino las afirma sin
ninguna ambigüedad” (p. 117-118).
Y es grave que, sin citar mi nombre, la
Instrucción
de 1984, IX. Traducción “teológica de este núcleo”,
repite algunas ideas que Ratzinger piensa haber
encontrado en mi libro. “Algunos llegan hasta el
límite de identificar a Dios y la historia, y a
definir la fe como ‘fidelidad a la historia’…” (n.
4).
Creo que el cardenal Ratzinger, en 1984, no entendió a
cabalidad la teología de la liberación, ni parece
haber aceptado las reflexiones críticas de Juan Luis
Segundo,
Teología de la liberación. Respuesta al cardenal
Ratzinger, Madrid, 1985, y de I.
Ellacuría, “Estudio teológico-pastoral de la
Instrucción sobre algunos aspecto de ‘la teología de
la liberación’”, Revista Latinoamericana de Teología 2 (1984) 145-178.
Personalmente creo que hasta el día de hoy le es difícil
comprenderla. Y me ha disgustado un comentario que
he leído al menos en dos ocasiones. Es poco objetivo
y puede llegar a ser injusto. La idea es que “lo que
buscan los (algunos) teólogos de la liberación es
conseguir fama, llamar la atención”.
Termino. No es fácil dialogar con la Congregación de la fe.
A veces parece imposible. Parece que está
obsesionada por encontrar cualquier limitación o
error, o por tener por tal lo que puede ser una
conceptualización distinta de alguna verdad de la
fe.
En mi opinión, hay aquí, en buena medida, ignorancia,
prejuicio y obsesión para acabar con la teología de
la liberación. Sinceramente no es fácil dialogar con
ese tipo de mentalidad.
Cuántas veces he recordado el presupuesto de los
Ejercicios: “todo buen cristiano ha de ser más
pronto a salvar la proposición del prójimo que a
condenarla”.
Y estos días he leído en la prensa un párrafo del libro de
Benedicto XVI, de próxima aparición, sobre Jesús de
Nazaret. “Creo que no es necesario decir
expresamente que este libro no es en absoluto un
acto magisterial, sino la expresión de mi búsqueda
personal del «rostro del Señor» (salmo 27) Por lo
tanto, cada quien tiene libertad para contradecirme.
Sólo pido a las lectoras y a los lectores el
anticipo de simpatía sin la cual no existe
comprensión posible”.
Personalmente le ofrezco al papa simpatía y comprensión. Y
deseo vehementemente que la Congregación de la fe
trate a los teólogos y teólogas de la misma manera.
4. Problemas de fondo importantes
En mi respuesta de marzo de 2005 traté de explicar mi
pensamiento. Ha sido en vano. Por eso ahora no voy a
comentar, una vez más, las acusaciones que me hace
la notificatio, pues fundamentalmente son las
mismas. Sólo quiero mencionar algunos temas
importantes, sobre los que en el futuro podamos
ofrecer algunas reflexiones.
1. Los pobres como lugar de hacer teología. Es un problema
de epistemología teológica, exigido o al menos
sugerido por la Escritura. Personalmente, no dudo de
que desde los pobres se ve mejor la realidad y se
comprende mejor la revelación de Dios.
2. El misterio de Cristo siempre nos desborda. Mantengo
como fundamental el que sea sacramento de Dios,
presencia de Dios en nuestro mundo. Y mantengo como
igualmente fundamental el que sea un ser humano e
histórico concreto. El docetismo me parece que sigue
siendo el mayor peligro de nuestra fe.
3. La relacionalidad constitutiva de Jesús con el
reino de Dios. En las palabras más sencillas
posibles, éste es un mundo como Dios lo quiere, en
el que haya justicia y paz, respeto y dignidad, y en
el que los pobres estén en el centro de interés de
los creyentes y de las iglesias. Igualmente, la
relacionalidad constitutiva de Jesús con un Dios que
es Padre, en quien confía totalmente, y en un Padre
que es Dios ante quien se pone en total
disponibilidad.
4. Jesús es hijo de Dios, la palabra hecha sarx. Y
en ello veo el misterio central de la fe: la
transcendencia
se ha hecho
transdescendencia para llegar a ser
condescendencia.
5. Jesús trae la salvación definitiva, la verdad y el amor
de Dios. La hace presente a través de su vida,
praxis, denuncia profética y anuncio utópico, cruz y
resurrección. Y Puebla, remitiéndose a Mt 25,
afirma: Cristo “ha querido identificarse con ternura
especial con los más débiles y pobres” (n. 196).
Ubi pauperes ibi
Christus.
6. Muchas otras cosas son importantes en la fe. Sólo
quiero mencionar una más, que Juan XXIII y el
cardenal Lercaro proclamaron en el Vaticano II: La
Iglesia como “Iglesia de los pobres”. Iglesia de
verdadera compasión, de profecía para defender a los
oprimidos y de utopía para darles esperanza.
7. Y en un mundo gravemente enfermo como el actual
proponemos como utopía que ”extra pauperes nulla
salus”.
De estos y de muchos otros temas hay que hablar más
despacio. Creo que es bueno que todos dialoguemos.
Personalmente estoy dispuesto a ello.
Querido Padre Kolvenbach, esto es lo que quería
comunicarle. Bien sabe usted que, aunque estas cosas
son desagradables, puedo decir que estoy en paz.
Esta viene del recuerdo de innumerables amigos y
amigas, muchos de ellos mártires. Estos días, el
recuerdo del P. Jon Cortina nos trae de nuevo la
alegría.
Si me permite hablarle con total sinceridad, no me siento
“en casa” en ese mundo de curias, diplomacias,
cálculos, poder, etc. Estar alejado de “ese mundo”,
aunque yo no lo haya buscado, no me produce
angustia. Si me entiende bien, hasta me produce
alivio.
Sí siento que la
notificatio producirá algún sufrimiento.
Por decirlo con sencillez, algo sufrirán mis amigos
y familiares, una hermana que tengo, muy cercana a
Monseñor Romero y a los mártires.
Pienso también que hará la vida más difícil, por ejemplo a
mi gran amigo el P. Rafael de Sivatte. Si no fuesen
pocos los problemas que ya tiene para mantener con
seriedad el Departamento de Teología -que lo
mantiene muy bien por su gran capacidad, dedicación
y ciencia- tendrá ahora que buscar otro profesor de
cristología, y, como usted sabrá, también tendrá que
buscar otro profesor de Historia de la Iglesia,
pues, injustamente, el P. Rodolfo Cardenal no va a
dar clases, pues no es bien visto por la jerarquía
del país.
No sé si esta larga carta le ayudará en sus conversaciones
con el Vaticano. Ojalá así sea. He procurado ser lo
más sincero posible. Y le agradezco todos los
esfuerzos que ha hecho para defendernos.
Le recuerdo con afecto ante el Señor.
Jon Sobrino
Archivado en
Observatorio romano,
Teología
Publicado en Atrio, 13-03-2007
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