EL CURA DE ALBUÑOL Y SUS FIELES
Desconozco los motivos por los que el arzobispo de
Granada ha trasladado al párroco de Albuñol a otra
parroquia, Como tampoco sé las razones que aducen los
feligreses de Albuñol que se han encerrado en la iglesia
del pueblo o incluso han hecho una huelga de hambre para
impedir que se lleven al cura.
No pretendo aquí, por tanto, ni defender ni atacar a
nadie. En cualquier caso y sea lo que sea de todo este
asunto, el arzobispo de Granada, al trasladar al
párroco, no ha hecho sino lo que suelen hacer casi todos
los obispos cuando deciden cambiar a sus curas. Es la
práctica habitual de la Iglesia con los párrocos, con
los sacerdotes en general y también con los obispos.
Cada obispo con sus sacerdotes, y más el papa con
cualquier clérigo (ya sea cura, obispo o cardenal),
pueden quitar y poner, traer y llevar, sin consultar a
los interesados ni contar con los fieles cristianos que
se suelen enterar de los cambios y traslados el día que
menos lo esperan.
Insisto en que el arzobispo de Granada ha procedido en
este caso de acuerdo con las normas que establece el
Código de Derecho Canónico. Lo que yo me pregunto es si
esta legislación es lo mejor para la Iglesia. Me planteo
esta pregunta no sólo por el caso de Albuñol. También me
la formulé cuando, hace unos meses, mucha gente protestó
en Madrid por la decisión del cardenal Rouco al cerrar
la parroquia de san Carlos Borromeo.
El problema está en que la Iglesia funciona como una
gran empresa en la que sus gestores (los clérigos) son
los que mandan, mientras que los fieles no tienen más
misión que ser buenos y obedecer. El papa Pío X lo dijo
con toda precisión:
“En la sola jerarquía residen el derecho y la autoridad
necesaria para promover y dirigir a todos los miembros
hacia el fin de la sociedad. En cuanto a la multitud, no
tiene otro derecho que el de dejarse conducir y
dócilmente seguir a sus pastores” (Enc. Vehementer
Nos, 2.II.1906).
En los primeros tiempos del cristianismo, la Iglesia no
funcionaba así. Cuando Judas se suicidó, Pedro reunió a
la comunidad para nombrar un sustituto y fue la
comunidad quien decidió el procedimiento para designar a
Matías (Hech 1, 15-26).
Cuando en la comunidad de Jerusalén hubo problemas, se
reunieron todos y entre todos eligieron a siete
colaboradores para atender a los de origen griego (Hech
6, 1-6).
Algo después, Pablo y Bernabé designaban en las
comunidades, por votación a mano alzada (tal es el
sentido del verbo griego jeirotonéo), a los
presbíteros (Hech 14, 23; también 2 Cor 8, 19;
Didaché 15, 1; Ignacio de Antioquía, Pol. 7,
2).
Esta práctica se mantuvo en los siglos siguientes. A
mediados del siglo III, Cipriano, obispo de Cartago,
escribía a los presbíteros de su diócesis:
“Desde el principio de mi episcopado determiné no tomar
ninguna resolución por mi cuenta sin vuestro consejo y
el consentimiento de mi pueblo” (Epist. 14, 4).
Es más, esta misma práctica se observaba para el
nombramiento de obispos y papas. San León Magno (s. V)
lo dijo con precisión:
“El que debe ser puesto a la cabeza de todos, debe ser
elegido por todos” (Epist. X, 6).
De forma más tajante, el papa Celestino I estableció la
norma (Epist. IV, 5) que en el s. XI vuelve a
recoger el Decreto de Graciano:
“No se imponga ningún obispo a quienes no lo aceptan; se
debe requerir el consentimiento del clero y del pueblo”
(c. 13, D. LXI).
Más aún, cuando en la persecución de Decio (ao 250), los obispos de León, Astorga y Mérida no dieron el
debido ejemplo de fe, las comunidades de esas diócesis
se reunieron y los destituyeron. La situación llegó a
ser tan grave que san Cipriano convocó un concilio en
Cartago. Los 37 obispos allí reunidos redactaron un
documento que conocemos por la carta 67 de Cipriano. En
este documento se dicen tres cosas:
1) el pueblo tiene poder, por derecho divino, para
elegir a sus obispos;
2) el pueblo tiene también poder para quitar a los
ministros de la Iglesia cuando son indignos;
3) ni el recurso al obispo de Roma debe cambiar la
decisión comunitaria cuando tal recurso no se basa en la
verdad (Epist. 67, 3, 4 y 5).
La Iglesia
era, en aquellos siglos, tan Iglesia de Cristo como la
actual. Pero se parecía más a lo que quiso Jesús que lo
que se parece la Iglesia que ahora tenemos. Porque, en
la Iglesia primitiva, los obispos no habían acaparado
todo el poder, como ocurre ahora. El centro de la
Iglesia no estaba en el clero, sino en la comunidad de
los fieles. Por eso los feligreses no eran la clientela
de los clérigos. Todos los cristianos se sentían
responsables y participaban en la toma de decisiones. No
aceptaban, sin más, las decisiones que se tomaban sin
contar con la comunidad. El valor supremo de aquellos
cristianos no era la sumisión, sino la
responsabilidad.
Sin entrar en los motivos concretos de lo ocurrido en
Albuñol o en Vallecas, es evidente que ambos episodios
han puesto de manifiesto que en la Iglesia se habla
mucho de amor y de comunión, pero lo que importa es
afirmar y hacer notar el poder de los obispos, su
autoridad intocable y la sumisión a sus decisiones. Por
más que eso tenga el elevado coste de la resistencia de
algunos, el escándalo de otros y el daño que sufrimos
todos.
El resultado está a la vista: cada día las iglesias
están más vacías, los cristianos más desilusionados y
bastantes clérigos desconcertados, sin saber qué hacer.
Y según parece, con poco entusiasmo para emprender
caminos de renovación y puesta al día. La concentración
del poder produce sumisión y orden. La sumisión y el
orden generan miedo. Y el miedo, parálisis o incluso
marcha atrás.
José M. Castillo
El
Ideal de Granada, 17 de agosto, 2007
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