DIOS EN LA IGLESIA CATÓLICA IMPERIAL
En 325,
Constantino convocó el primer concilio ecuménico, que se celebró
en su residencia de Nicea. Había advertido que una división
ideológica amenazaba la unidad de un imperio que acababa de
unificarse políticamente bajo su único mandato.
Una vez
que se garantizó la libertad religiosa, que tanto se había
anhelado, las tensiones religiosas en el seno del cristianismo,
que habían estado latentes durante tanto tiempo salieron a la
luz, sobre todo debido a una cristología interpretada en
términos helenísticos.
Pues
cuanto más se equiparaban Jesús y el Hijo –en contrate con el
paradigma judeocristiano- al mismo nivel que Dios Padre y se
describía la relación entre Padre e Hijo según las categorías y
nociones naturalistas propias del helenismo, más difícil
resultaba reconciliar el monoteísmo con el hecho de la
existencia de un Hijo divino de Dios. Parecían dos Dioses.
Ahora todo
quedaba progresivamente dominado por el lema “un Dios, un
emperador, un imperio, una iglesia, una fe”.
Según esta
fe, Jesucristo no había sido creado antes de los tiempos (el
punto de vista de Arrio, que fue condenado en el concilio: el
presbítero alejandrino Arrio defendía que el Hijo, Cristo, había
sido creado antes de los tiempos, pero que aún así era una
criatura).
Antes
bien, como ”Hijo” (este término, más natural, sustituyó al
término “Logos”, que aparece en el Evangelio de Juan y en la
filosofía griega) es también “Dios de Dios, luz de luz, Dios
verdadero del Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma
sustancia del Padre”.
La
subordinación del Hijo a un solo Dios y Padre (“el” Dios), tal
como indicaban generalmente las enseñanzas de Orígenes y los
teólogos del período anterior, quedaba reemplazada por una
igualdad esencial y sustancial del Hijo con el Padre, de modo
que en el futuro será posible hablar de “Dios Hijo” y “Dios
Padre”.
La
religión cristiana del estado quedó coronada por el dogma de la
Trinidad. Sólo pudo utilizarse ese término a partir del segundo
concilio ecuménico de Constantinopla, convocado en 382 por el
emperador Teodosio el Grande, un estricto ortodoxo español,
cuando también se definió la identidad de la sustancia del
Espíritu Santo junto con el Padre y el Hijo.
Después de
ese concilio, lo que los “tres capadocios” (de Capadocia, en
Asia Menor), Basilio el Grande, Gregorio Nacianceno y Gregorio
de Nisa, habían elaborado, se consideró la fórmula ortodoxa de
la Trinidad: Trinidad = un ser divino (sustancia, naturaleza) en
tres personas (Padre, Hijo y Espíritu Santo).
En el
cuarto concilio ecuménico de Calcedonia de 451 se completó con
la fórmula cristológica clásica: Jesucristo = “una persona
(divina) en dos naturalezas (una divina y otra humana)”. La
definición cristológica es de León I Magno, obispo de
Roma, sólido teólogo y excelente jurista (440-461).
Los padres
de la iglesia griega siempre se remitían al Dios Padre único,
que para ellos, como para el Nuevo Testamento, era “el Dios”.
Definían la relación de Dios Padre con el Hijo y el Espíritu a
la luz de ese Dios Padre.
Agustín
disentía de esa idea: en lugar de comenzar con un Dios Padre
comenzó con la naturaleza única de Dios, o suistancia divina,
que era común al Padre, al Hijo y al Espíritu. Para los teólogos
latinos, el principio de unidad no era el Padre sino la
naturaleza o sustancia divina.
Agustín
utilizó categorías psicológicas de un modo novedoso: vio una
similitud entre el Dios triple y el espíritu humano
tridimensional: entre el Padre y la memoria, entre el Hijo y la
inteligencia, y entre el Espíritu y la voluntad. A la luz de
esta analogía la Trinidad podía interpretarse como sigue:
El Hijo es
“engendrado” por el Padre “según el intelecto”. El Padre
reconoce y engendra al Hijo de acuerdo con su propia palabra e
imagen.
Pero el
Espíritu “procede” del Padre (como amante) y del Hijo (como
amado), “según su voluntad”. El Espíritu es el amor entre el
Padre y el Hijo hecho persona: procede tanto del Padre como del
Hijo. (Era el término latino que definía este procedimiento como
también proveniente del Hijo, filioque, el gran escollo
para los griegos. Su punto de vista era que procedía únicamente
del Padre).
Hans
Küng
La Iglesia
Católica.
Mondadori.
Extracto
páginas 61-80
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