IGLESIA     

                             
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SECULARIZACIÓN

 

Ya no es algún que otro sacerdote que cuelga los hábitos (dicen que entre sesenta y ochenta mil hasta ahora en el mundo), son todos los efectivos de la casta sacerdotal los que acabarán trasvasados al laicado. Si bien se mira, no es pérdida sino ganancia.

 

Este fenómeno de adelgazamiento de la clerecía y trasvase al laicado que es una de las formas de la secularización que se inició en la Ilustración, espanta a la institución eclesial, libera el buen metal de la ganga en el crisol, alivia de traumas muchas conciencias clericales, sanea el mundo de lo religioso, y anuncia un retorno a la limpieza del evangelio de Jesús.

 La transformación de la época, en todos los ámbitos, es tan acelerada que, si no se está atento, puede ocurrir que cuando creemos alcanzar una meta… ya la hayamos superado. Sería absurdo tomar el ramal de un centro urbano si pretendemos ir más allá y existe una circunvalación.

 

En estos últimos tiempos suenan algunas reivindicaciones más específicas del pensamiento cristiano alternativo que están pidiendo paso cual mascarones de proa. Se pide al Papa que acabe cediendo al clamor de las bases y concediendo la libertad del celibato en los sacerdotes y el acceso de la mujer al ministerio ordenado.

 

Lo que ya pocos nos atrevemos a reclamar –aunque algunos lo practicamos tímidamente- es celebrar la eucaristía cuando falta el sacerdote.

 

La cosa no es fácil y hay “progres” que hacen trampa: algunos sacerdotes secularizados que, por lo tanto, no pueden oficiar lícitamente sin supuesto pecado grave, viven una penosa ambigüedad. Celebran misa con buen criterio por el bien de la comunidad que se lo solicita, Es decir, con tal de garantizar la consagración muchos no ponen reparo en que celebre un secularizado.

 

Estos tres casos constituyen precisamente un ejemplo de cómo la falta de objetivos claros induce a perseguir metas intermedias falsas. Celibato opcional, ordenación de mujeres y misas a medias (sólo con un diácono o con hostias pre-consagradas) son, para algunos, una necesidad para obviar la creciente escasez de clero.

 

Mientras que para otros el hecho de consolidar las tres metas mencionadas sólo serviría a prolongar la crisis de la iglesia.

 

Está en peligro la identidad y supervivencia del clero. Si el sacerdote para el bautizo no es necesario, si en las bodas es sólo testigo, si ya no confiesa y, ahora, puede haber misas sin él… ¿qué le queda al clero?

 

Si observamos de cerca, el punto clave es el clero: curas casados, señoras curas, misas sin cura… A bote pronto se me ocurren tres observaciones:

 

Como en tantas ocasiones, no esperemos a que nos llegue de arriba algo que depende de abajo. Por otro lado ¿quién puede señalar en el devenir de la iglesia alguna nueva ley, o norma liberalizadora de algo, que no haya sido precedida por una costumbre anterior contra o praeter legem? La lengua popular en la liturgia, la comunión bajo las dos especies, o en la mano, la vestimenta civil en curas y religiosos, etc. De modo que lo quiera o no la jerarquía, acabará aceptando lo ahora inconcebible cuando haya prevalecido la costumbre contraria.

 

Lo que vaticino en teoría es ya realidad práctica aunque todavía tímida y minoritaria. Los obispos saben de sobra que comienzan a proliferar curas casados o que viven en pareja. Y, al parecer, desvían la mirada para otro lado y sólo piden discreción. Últimamente han sido ordenadas como sacerdotes o sacerdotisas católicas unas cuantas señoras. En otras iglesias cristianas el hecho es ya normal; en la nuestra llegará a serlo por mucho que se resista la jerarquía; el movimiento es imparable.

 

Lo de la misa sin cura, por muy extraño que parezca, es lo que más va a propiciar los cambios de fondo. Estoy constatando que el fenómeno se extiende: se multiplican los casos de eucaristías presididas y animadas por curas casados y, más aún, por ‘simples’ laicos, ya sean varones, ya sean mujeres… Son hechos y contra los hechos no valen razones, contra facta nihil. Pero es que, además, los hechos son portadores de mucho significado

 

Es inútil que la jerarquía reaccione asegurando que tales comportamientos se sitúan fuera de la iglesia. Cada día son más quienes no la creen ni entienden justificados tales criterios sobre la pertenencia a la iglesia o sobre su unidad. No es inteligente, señores obispos, patalear contra el viento. Crece el número de seguidores de Jesús a quienes nos sobran todas las leyes y nos bastan Jesús y los hermanos.

 

Decía que lo de las misas sin cura, a mi modesto entender, es lo más significativo de por dónde se van a superar los otros problemas y se van a dejar atrás las metas que hoy todavía perseguimos. Si ya no acudimos al ‘confesor’ y ahora dejamos de hacernos problemas en cuanto a esa necesidad de juntarnos entre hermanos para “la fracción del pan”, es decir, para el más bello gesto comunitario de compartir el alimento como símbolo de vida compartida (que en eso consiste la ‘presencia real’ de Jesús) ¿qué papel le queda a la jerarquía? Ya ha perdido el poder de dominación del pensamiento y de las conciencias: ¿cuántos cristianos leen documentos papales o pastorales episcopales? Pues bien, en cuanto pierdan el poder mágico sobre “el cuerpo y la sangre del Señor”, se habrá acabado el poder sagrado que eso significa jerarquía.

 

Todo llegará. Pero que nadie se alarme. Las comunidades cristianas, no menos -¡ni más!- que cualquier grupo humano es realidad viva pero articulada.  Jesús rechazó cualquier tipo de poder  (¿Lo de los jefes de las naciones? ¡Nada de eso entre vosotros!) San Pablo habló de carismas o aptitudes al servicio de la comunidad. Todos tenemos algo en qué servir a los demás.

 

Por eso toda comunidad organiza sus coordinadores, escucha a sus mayores (sus presbíteros), envía a sus delegados a otras comunidades… y hasta llegará el día en que alguna buena persona, estilo Dalai Lama, en alguna modesta vivienda, simbolice la unión de todos los cristianos.  Pero de ahí a asegurar que la verdad y el poder de Dios, por revelación y disposición suya, se han materializado en un cuerpo de sacerdotes… hay un abismo.

 

No cabe duda que poderes y jerarquías son algo muy en lo más negativo de la naturaleza humana pero el estamento jerárquico es el colmo de la perversión. Lo que representa el virus de la magia en la ideología religiosa, lo representa el estamento jerárquico en la organización: ambas realidades pervierten la médula misma del evangelio de Jesús.

 

 

Juan Luís Herrero del Pozo

herrero.pozo@telefonica.net

 

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