TAREAS PARA UN PAPA EN EL
SIGLO XXI
El largo
pontificado de Juan Pablo II ha vivido muchas vicisitudes
eclesiales y seculares. A inicios del siglo XXI, deja un mundo
con muchos nubarrones e incertidumbres. Y respecto a la
situación de la Iglesia católica ¿qué herencia deja el papa Wojtila a su sucesor? ¿Qué desafíos deberá afrontar el nuevo
papa?
1. El
fin del cristianismo de cristiandad. Venga de donde venga,
el nuevo pontífice se las verá con un Noratlántico,
concretamente Europa, en tránsito hacia un nuevo tipo de
cristianismo. El cristianismo que denominamos de cristiandad,
es decir, el basado, como dirá Ch.Duquoc, en el grandioso
proyecto de una sociedad, cultura y políticas con la marca
“cristiana”, toca a su fin. Será preciso acompañar este proceso
y hacer que el cristianismo europeo, aunque sea minoritario, no
deje de ser significativo desde el punto de vista de la fe y el
Evangelio.
2. El
desplazamiento del cristianismo hacia el Sur. Los
datos lo dicen muy expresivamente: alrededor del 80% de los
cristianos católicos vive ya en el Sur. Es decir, los seguidores
del Nazareno son ya hoy mayoritariamente pobres y de color. Para
una fe que busca la justicia, ¿qué exigencias plantea frente a
una globalización neoliberal del materialismo consumista y de la
exclusión social? Y ¿qué significa un cristianismo del Tercer
Mundo para una teología, para una moral, para una liturgia y
para una organización y cuidado pastorales? No se podrá seguir
pensando u orientando pastoral-mente como si el catolicismo
viviera en una parroquia de un barrio de una ciudad europea.
3.
Entre la religiosidad difusa y el fundamentalismo. El
nuevo gobierno eclesial tendrá que impulsar la fe
cristiana en un clima religioso que se mueve entre las búsquedas
personales de una experiencia directa del Misterio de Dios y las
de los que piden seguridad y certidumbre a cualquier precio. Hay
que responder a la sed de Misterio que parece no encuentra
siempre el agua suficiente dentro de la Iglesia y las
tendencias neofundamentalistas que tienden a la rigidez
doctrinal y el anquilosamiento de las formas.
La
preponderancia que en el anterior pontificado han tenido los
Nuevos Movimientos Eclesiales debiera ser compensada con formas
religiosas más abiertas, dialogantes con la sociedad y cultura,
más sensibles a los problemas de la justicia y más autocríticas
respecto a la propia institución eclesial.
Desde el
mundo de la espiritualidad contemplativa se avista un momento en
que la religión en el mundo está en profunda transformación. Hay
un giro hacia la interioridad. La Iglesia Católica debiera
apuntarse a esta revolución espiritual sin perder la dimensión
de la justicia.
4. La
organización eclesial. El papa Juan Pablo II ejerció un
enorme liderazgo que, junto con una política eclesial de
protagonismo de los Nuncios y disminución de las conferencias
episcopales y la colegialidad, volvió a un gobierno eclesial
centralista. Este liderazgo papal ha corrido el riesgo de
liquidar el principio, tan católico, de la subsidiariedad.
Terminó asumiendo casi la única voz eclesial. Esta situación no
es buena para la comunidad eclesial ni para el mismo papado.
¿Tendrá la habilidad el nuevo papa de dejar crecer otras voces
junto a la suya? ¿Sabrá y querrá descentralizar el gobierno
eclesial según las orientaciones del Vaticano II?
5. La
moral sexual. El nuevo papa se encuentra confrontado
a una situación en la que objetivamente el mundo católico
se encuentra dividido: por una parte, la mayoría de los
católicos –y moralistas- tienen un comportamiento muy libre y
personalmente responsable sobre el uso de los métodos
contraceptivos y, por otra, camina la doctrina oficial, que ha
dado un paso más en la rigidez e intransigencia desde Pablo VI.
Esta esquizofrenia no hace ningún bien ni a los creyentes ni a
la moral oficial. Y le hace perder fuerza crítica frente al uso
banal y explotador de la sexualidad en nuestra sociedad.
6.
El rol de la mujer en la Iglesia. En un siglo que
se declara de la mujer, la institución eclesial católica muestra
una cerrazón respecto al tema del acceso al sacerdocio por parte
de la mujer, que no justifica hoy una teología informada y
sensata. Es un tema pastoralmente delicado y con resonancias
distintas en los diferentes lugares del mundo, pero que deberá
afrontar este papado. Como, sin duda, deberá hacer frente al
descenso de vocaciones sacerdotales y religiosas y la
posibilidad de sacerdotes casados.
7. El
encuentro interreligioso. Uno de los logros del
papado de Juan Pablo II fue el de reunir en Asís a prácticamente
todas las religiones para orar a esa Realidad última que todos
reconocen y nombran de diferente manera. El siglo de la
globalización que tenemos delante es ya hoy un terreno sometido
al encuentro interreligioso, a nivel académico y del
experimentalismo extra-académico. Este hecho no podrá ser
evitado por el nuevo pontificado. El catolicismo ha iniciado un
diálogo que ya no puede dar marcha atrás. Las consecuencias para
nuestra comprensión de Dios y de la función mediadora de
Jesucristo serán muy grandes.
Dentro ya
del ecumenismo, quizá esperan pasos menos reticentes respecto a
las confesiones cristianas. El desencuentro con la ortodoxia,
especialmente rusa, espera ser subsanado y cabe caminar más
adelante con las grandes Iglesias de la Reforma, superado ya el
escollo de la justificación.
Enormes
tareas y desafíos que el nuevo papa tiene delante y con él todos
los creyentes. Se abre, sin duda, una etapa de esperanzas y
posibilidades. Un hombre no puede cambiar todo de la noche a la
mañana, pero puede producir unas expectativas y facilitar unos
cauces por donde circule más fácilmente el Espíritu.
José
María Mardones
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